Perdida CAPÍTULO 17 — Solo amigos
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CAPÍTULO 17 — Solo amigos

Solo amigos

El sábado amaneció despejado.

Hacía semanas que Julián no salía sin un destino relacionado con el trabajo o la terapia. Aquella mañana caminó por la ciudad dejándose llevar por la memoria.

Cuando levantó la vista, ya estaba frente a la cafetería.

Sonrió.

No recordaba haber decidido ir hasta allí.

Simplemente había llegado.

Empujó la puerta.

El tintinear de la campana sobre el marco anunció su entrada.

Todo seguía casi igual.

Las mesas de madera.

El aroma del café recién molido.

La vieja estantería llena de libros que los clientes podían leer mientras esperaban.

Cuántas tardes habían pasado allí.

Él siempre pedía café negro.

Ella, un capuchino con canela.

Nunca cambiaba de elección.

Julián ocupó la mesa junto a la ventana.

La misma de siempre.

—Profesor Julián…

Levantó la cabeza.

Detrás del mostrador apareció don Ernesto, el dueño del lugar.

Tenía algunas canas más que la última vez.

Pero conservaba la misma sonrisa amable.

—¡Cuánto tiempo!

Julián se levantó para saludarlo.

—También me alegra verlo.

—Pensé que se había mudado.

—No… solo dejé de venir.

Don Ernesto sonrió con cierta nostalgia.

—Hace años que no los veía por aquí.

Julián siguió la dirección de su mirada.

Durante un instante creyó que ella iba a entrar por la puerta con el cabello todavía húmedo por la lluvia, que dejaría el bolso sobre la silla y le preguntaría qué libro estaba leyendo.

Pero la puerta permaneció cerrada.

—Sí…

Su voz salió apenas como un susurro.

—Hace mucho.

Don Ernesto limpió distraídamente una taza.

—Siempre me alegraba verlos.

Eran inseparables.

Julián sonrió.

—Lo éramos.

El hombre soltó una pequeña risa.

—Ya casi no existen amistades como la de ustedes.

La palabra cayó con absoluta naturalidad.

Amistades.

Don Ernesto siguió trabajando.

Para él no había dicho nada extraordinario.

Pero Julián dejó de escuchar el ruido de la cafetería.

El sonido de la máquina de café.

Las conversaciones.

La música suave.

Todo quedó lejano.

“Amistades…”

Repitió la palabra en silencio.

No sintió rabia.

Sintió desconcierto.

Porque no era la primera vez que alguien describía así lo que habían sido.

Don Ernesto regresó con una taza de café.

La dejó sobre la mesa.

—Invita la casa.

Julián sonrió con gratitud.

—Gracias.

El hombre lo observó unos segundos.

—Ella siempre decía que aquí el café sabía mejor porque nadie los apuraba para irse.

Julián dejó escapar una sonrisa.

—Sí… podía pasar horas hablando.

—Y tú escuchándola.

—Era buena para hablar.

—Y tú para escuchar.

Los dos rieron.

Por un momento todo volvió a sentirse ligero.

Antes de regresar al mostrador, don Ernesto añadió: —Cuídese mucho, profesor, y no desaparezca otros tantos años.

La cafetería volvió a quedarse en silencio.

Julián dio un sorbo al café.

Era exactamente el mismo sabor que recordaba.

Miró la silla vacía frente a él.

Podía imaginarla perfectamente.

Las manos rodeando la taza caliente.

La nariz arrugándose cuando la canela era demasiada.

Las discusiones interminables sobre libros.

Las risas.

Todo seguía vivo.

Entonces volvió a escuchar aquella palabra.

Amistad.

Terminó el café y salió a caminar.

Sin darse cuenta llegó al parque que estaba a pocas calles.

Se sentó en una banca.

Observó a una pareja caminar de la mano.

Más allá, dos ancianos compartían el mismo banco en silencio.

Un grupo de estudiantes reía alrededor de un teléfono.

Julián respiró hondo.

¿Por qué aquella palabra le resultaba tan incómoda?

No porque la rechazara.

Ellos habían sido amigos.

Los mejores.

Eso nunca estuvo en duda.

Entonces…

¿Por qué sentía que faltaba algo?

Cerró los ojos.

Intentó recordar el día en que ambos habían dejado de ser solo amigos.

Buscó una conversación.

Un beso.

Una promesa.

Una pregunta.

Algo.

Lo único que encontró fueron años de recuerdos.

Abrazos.

Viajes.

Llamadas de madrugada.

Navidades compartidas.

Cumpleaños.

Silencios cómodos.

Una vida entera.

Pero ningún instante donde pudiera decir: “Aquí empezó nuestra historia de amor.”

Abrió los ojos de golpe.

El aire pareció escaparse de sus pulmones.

No.

Tenía que existir.

Solo que aún no lograba recordarlo.

Se levantó de la banca.

Mientras regresaba a casa, una idea empezó a perseguirlo con una insistencia que jamás había sentido.

No era una certeza.

Ni siquiera era una sospecha.

Era apenas un murmullo.

Uno tan débil que todavía podía ignorarlo.

Pero ya no podía dejar de escucharlo.

¿Y si el recuerdo que buscaba… nunca había existido?