CAPÍTULO 10 — Fragmentos
Fragmentos
La fotografía permanecía entre sus manos.
Julián la observó durante largo rato, como si esperar unos segundos más fuera suficiente para obligar a su memoria a despertar.
No ocurrió.
Con cuidado, la dejó sobre la mesa.
Tomó el siguiente objeto.
Era un pequeño reloj de cuerda, de metal plateado, con algunos arañazos en la tapa.
Las agujas permanecían inmóviles sobre las cuatro y cuarto.
Intentó darle cuerda.
Una vez.
Después otra.
El mecanismo no respondió.
Las agujas siguieron detenidas.
Lo dejó junto a la fotografía.
Debajo apareció un cuaderno de dibujo de tapas azules, desgastadas por el uso.
Las primeras páginas estaban llenas de garabatos infantiles.
Casas de techos triangulares.
Árboles desproporcionados.
Nubes con forma de espiral.
Un sol inmenso ocupando medio cielo.
Por primera vez en toda la noche, una sonrisa apenas perceptible cruzó el rostro de Julián.
Aquel niño dibujaba con una libertad que le resultaba desconocida.
Continuó pasando las hojas.
Entonces se detuvo.
Un mismo dibujo aparecía una y otra vez.
Un faro.
En unas páginas estaba solo.
En otras, rodeado por el mar.
A veces tenía una pequeña banca cerca.
En otra, una cometa volaba sobre él.
Frunció el ceño.
Levantó la vista hacia la mesa.
El llavero con forma de faro seguía donde lo había dejado.
Lo tomó entre los dedos.
La pintura estaba desgastada por los años.
Era evidente que, alguna vez, alguien lo había llevado consigo todos los días.
Cerró los ojos.
Durante un instante…
El olor salado del mar.
El viento golpeándole el rostro.
Una risa infantil.
La sensación cálida de una mano sujetando la suya.
Nada más.
Abrió los ojos de golpe.
La imagen había desaparecido.
No era un recuerdo completo.
Era apenas un destello.
Como un sueño que se desvanece justo antes de despertar.
Julián respiró hondo.
Por primera vez en mucho tiempo comprendió que su memoria no estaba vacía.
Seguía allí.
Oculta.
Esperando algo.
O a alguien.
Julián volvió a mirar la fotografía.
No necesitaba una explicación.
No necesitaba un nombre.
Sabía perfectamente quién era.
Había pronunciado ese nombre miles de veces a lo largo de su vida. Lo había asociado con tardes de lluvia, conversaciones interminables y una presencia que parecía haber estado allí desde siempre.
Ella no era un recuerdo perdido.
Ese era precisamente el problema.
Julián recordaba demasiado bien quién era ella.
Lo que no podía entender era en qué momento una historia que para él parecía tan clara había terminado convirtiéndose en algo completamente distinto.
Dejó la fotografía sobre la mesa.
Por primera vez, la pregunta que lo perseguía no era por qué se había ido.
Era otra.
Una mucho más difícil de aceptar.
¿Habían vivido realmente la misma historia?