CAPÍTULO 9 — El peso del cartón
El peso del cartón
Julián abandonó la universidad sin recordar el camino hasta el estacionamiento.
Las llaves tintinearon entre sus dedos mientras intentaba ordenar el caos que se había instalado en su cabeza. Encendió el automóvil y condujo por la ciudad casi de forma automática.
No recordó un solo semáforo.
No recordó la música de la radio.
Solo una idea repetía el mismo recorrido una y otra vez.
Si el método había dejado de funcionar incluso en el aula… ¿qué me queda?
Cuando abrió la puerta de su apartamento, el silencio volvió a recibirlo.
Y allí seguía.
En el centro de la mesa de la sala, bajo la tenue luz de la tarde, descansaba la caja.
No dejó el maletín.
No se quitó el abrigo.
Caminó directamente hacia ella.
El polvo que cubría el cartón parecía una frontera levantada por él mismo muchos años atrás. Una línea invisible entre el hombre que era y el niño que había decidido olvidar.
La voz de Milena volvió a cruzar su memoria.
—¿Cómo era Julián Benavídez cuando tenía diez años?
Apretó la mandíbula.
No iba a permitir que aquella psiquiatra siguiera ocupando cada rincón de sus pensamientos.
Con un movimiento más brusco de lo habitual, rompió la cinta adhesiva que mantenía cerrada la tapa.
El sonido del cartón rasgó el silencio del apartamento.
Durante un instante no ocurrió nada.
Luego, el olor a papel envejecido y madera guardada durante años escapó lentamente de la caja.
Julián contuvo el aliento.
Esperaba encontrar algo terrible.
Un recuerdo capaz de explicar el derrumbe de su vida.
Pero dentro solo había los restos tranquilos de una infancia cualquiera.
Un cuaderno de dibujo con las esquinas gastadas.
Un pequeño automóvil de madera con una rueda rota.
Un llavero con forma de faro.
Algunas fotografías.
Nada parecía extraordinario.
Y, sin embargo, sintió un peso inexplicable sobre el pecho.
Tomó una de las fotografías con la delicadeza con la que un arqueólogo sostiene una pieza antigua.
La imagen estaba ligeramente descolorida por el paso del tiempo.
En ella aparecía un niño de unos diez años, de cabello oscuro y expresión sorprendentemente seria para su edad. Sostenía un libro contra el pecho como si fuera un tesoro.
Ese niño era él.
A su lado, una niña sujetaba una pequeña flor silvestre mientras sonreía con una naturalidad que parecía iluminar toda la fotografía.
Julián permaneció inmóvil.
Frunció levemente el ceño.
Sabía que conocía ese rostro.
Lo sentía.
Pero el recuerdo no llegaba.
Era como intentar atrapar agua entre las manos.
Solo quedaba una sensación.
Una presencia.
Una risa que parecía existir en algún rincón de su memoria, demasiado lejos para alcanzarla.
Sus dedos rozaron el borde de la fotografía.
Por primera vez en mucho tiempo, Julián no buscó una explicación lógica.
Solo permaneció allí, observando aquella imagen como si esperara que, en cualquier momento, el pasado decidiera hablar por sí solo.