Perdida CAPÍTULO 8 — El eco en la pizarra
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CAPÍTULO 8 — El eco en la pizarra

El eco en la pizarra

La caja permaneció sobre la mesa del apartamento toda la noche.

Julián pasó junto a ella varias veces.

No la abrió.

Cada vez que sus ojos se detenían sobre el cartón cubierto de polvo, encontraba una excusa distinta para seguir de largo.

Aún no.

A la mañana siguiente salió de casa más temprano de lo habitual.

Necesitaba recuperar el orden.

La universidad siempre había sido su lugar más seguro.

Allí las ideas seguían una estructura, las preguntas tenían argumentos y el conocimiento ofrecía una sensación de control que el resto del mundo rara vez concedía.

Cuando entró al aula de Ética Avanzada, los estudiantes ya lo esperaban.

El murmullo cesó apenas lo vieron acercarse a la pizarra.

Julián tomó el marcador.

Por un instante, todo volvió a sentirse familiar.

—Para Aristóteles —comenzó, haciendo girar el marcador entre sus dedos con la elegancia habitual—, la felicidad no es un estado emocional pasajero.

Es una actividad del alma conforme a la virtud.

Requiere disciplina, requiere hábitos, requiere una vida orientada hacia un propósito.

Desde esa perspectiva, el carácter se construye con nuestras acciones cotidianas.

Escribió una palabra sobre la pizarra.

Eudaimonía.

—No se trata de sentirse bien todo el tiempo, sino de vivir de acuerdo con aquello que nos permite florecer como seres humanos.

Un estudiante levantó la mano desde la última fila.

—Profesor…

Julián asintió.

—¿Qué ocurre cuando alguien hace todo lo correcto? Quiero decir… estudia, trabaja, actúa con disciplina, sigue el método al pie de la letra… ¿y aun así siente un vacío que no consigue explicar? ¿Aristóteles contempla el peso de lo impredecible?

El marcador quedó suspendido a pocos centímetros de la pizarra.

Durante un instante, el salón desapareció.

La voz del estudiante se confundió con otra.

“¿Cómo era Julián Benavídez cuando tenía diez años?”

Sintió un frío recorrerle la espalda.

Después llegó el conocido temblor en las manos.

Respiró con cuidado.

No.

No allí.

No frente a sesenta estudiantes.

—¿Profesor?

La voz del muchacho lo devolvió al aula.

Julián tragó saliva y dejó el marcador sobre la bandeja de la pizarra antes de que alguien notara el leve temblor de sus dedos.

—Es… una excelente pregunta.

Su voz seguía sonando firme.

Solo él sabía el esfuerzo que requería mantenerla así.

—Aristóteles probablemente respondería que la virtud no elimina el sufrimiento. Ninguna filosofía puede garantizar una vida libre de pérdidas o de incertidumbre.

Hizo una breve pausa.

—Pero esa discusión merece más tiempo del que nos queda hoy.

Cerró el libro que tenía sobre el escritorio.

—Continuaremos la próxima clase.

Los estudiantes comenzaron a guardar sus cuadernos con cierta extrañeza.

Faltaban casi quince minutos para terminar la sesión.

Nunca antes el profesor Benavídez había concluido una clase antes de tiempo.

Cuando el último alumno abandonó el salón, Julián permaneció inmóvil.

Observó la palabra escrita en la pizarra.

Eudaimonía.

La borró lentamente.

El polvo blanco cayó sobre la bandeja.

Apoyó ambas manos contra el escritorio e inclinó la cabeza.

La universidad.

Las clases.

Los libros.

Durante años había creído que aquel lugar era inexpugnable.

Y, sin embargo, una simple pregunta había conseguido atravesar el único refugio donde siempre se había sentido invencible.

Al salir del aula, una idea comenzó a abrirse paso entre todas las demás.

La caja seguía esperándolo en casa.

Y, por primera vez, regresar a ella le producía más miedo que cualquiera de sus ataques de ansiedad.