CAPÍTULO 7 — La caja del desorden
La caja del desorden
El apartamento estaba en silencio.
Julián dejó las llaves sobre la consola de la entrada y permaneció inmóvil unos segundos, con la mirada perdida en el ventanal que daba a la ciudad. La noche comenzaba a extenderse sobre los edificios, tiñendo de naranja las últimas franjas de luz.
Se aflojó el nudo de la corbata.
Dejó el maletín junto al escritorio.
Fue hasta la cocina y preparó un café.
Cuando dio el primer sorbo, descubrió que ya estaba frío.
Lo dejó sobre la encimera.
Intentó leer.
Abrió el artículo que llevaba días escribiendo para la revista de la facultad.
Leyó el mismo párrafo tres veces.
No entendió una sola palabra.
Cerró el portátil con un suspiro contenido.
Aquello empezaba a irritarlo.
Toda su vida había encontrado refugio en el orden. Bastaba un horario bien organizado, una clase por preparar o un libro por terminar para recuperar el control.
Aquella noche, nada funcionaba.
La voz de Milena volvió a abrirse paso entre el silencio.
¿Cómo era Julián Benavídez cuando tenía diez años?
Cerró los ojos.
No obtuvo una respuesta.
Solo una sensación incómoda.
Como si estuviera intentando recordar un lugar que alguna vez conoció, pero cuyo camino había desaparecido con los años.
Se levantó del sofá.
Comenzó a caminar por el apartamento sin un rumbo claro.
Pasó frente a la biblioteca.
Frente al escritorio.
Frente al armario del pasillo.
Se detuvo.
No recordaba la última vez que había abierto el compartimiento superior.
Subió a una silla y deslizó una caja de cartón cubierta por una fina capa de polvo.
La sostuvo entre las manos.
Era sorprendentemente ligera.
Se quedó observándola durante un largo instante.
No sabía qué esperaba encontrar.
Ni siquiera estaba seguro de por qué la había bajado.
Con el pulgar retiró el polvo de la tapa.
Debajo apareció una palabra escrita con tinta negra, ya desvanecida por el tiempo.
Infancia.
Julián tragó saliva.
Le pareció absurdo sentir temor frente a una simple caja de cartón.
Aun así, sus manos tardaron varios segundos en decidirse.
Levantó la tapa.
Dentro había fotografías, algunos cuadernos escolares, un par de dibujos infantiles y un pequeño automóvil de madera con una rueda rota.
El olor del papel envejecido llenó el apartamento.
Tomó una fotografía al azar.
Un niño de cabello oscuro sonreía con los dientes incompletos mientras sostenía un trofeo escolar demasiado grande para sus manos.
Julián observó la imagen durante largo rato.
Sabía que ese niño era él.
Pero le resultaba extrañamente familiar.
Como si estuviera mirando la vida de otra persona.
Volteó la fotografía.
En la parte de atrás, con una letra que reconoció de inmediato, alguien había escrito:
“Para que nunca olvides lo orgullosos que estamos de ti.”
Julián sintió un leve nudo en la garganta.
No recordaba ese día.
Ni el trofeo.
Ni quién había tomado la fotografía.
Solo recordaba la sensación.
La necesidad de hacerlo todo bien.
Guardó la fotografía con cuidado.
No quiso seguir mirando.
Todavía no.
Cerró la caja despacio y la dejó sobre la mesa de la sala.
Aquella noche comprendió que Milena no le había pedido recordar su infancia.
Le había pedido algo mucho más difícil.
Volver a encontrarse con un niño al que llevaba demasiados años sin mirar.