CAPÍTULO 6 — Los cimientos del orden
Los cimientos del orden
Julián desvió la mirada por un instante.
La pregunta seguía suspendida entre ambos.
¿Cómo era Julián Benavídez cuando tenía diez años?
Apoyó la espalda en el sillón y dejó escapar una sonrisa discreta.
—Hace mucho tiempo que nadie me hace una pregunta como esa.
Milena esperó.
Sabía que el silencio también era una forma de escuchar.
—Era un niño tranquilo —comenzó él al fin—. Me gustaba estudiar. Mientras otros salían a jugar, yo prefería quedarme leyendo. Los horarios me daban tranquilidad. Siempre hacía las tareas antes de tiempo y rara vez necesitaban llamarme la atención.
Milena tomó una nota.
—¿Y eso era algo que disfrutaba… o algo que sentía que debía hacer?
Julián frunció apenas el ceño.
—Nunca lo pensé de esa manera.
—Piénselo ahora.
Él permaneció unos segundos en silencio.
—Supongo que ambas cosas.
Milena asintió.
—Hábleme de su familia.
La respuesta llegó con rapidez.
Demasiada rapidez.
—Una familia normal.
—¿Qué significa “normal” para usted?
Julián dejó escapar una breve risa.
—Padres trabajadores. Un hogar organizado. Buena educación. Nada fuera de lo común.
Milena observó cómo, mientras hablaba, sus manos acomodaban por tercera vez el reloj de pulsera.
Un gesto pequeño.
Casi imperceptible.
Pero constante.
—¿Quién era más estricto?
Él tardó un poco más en responder.
—Mi padre.
—¿Y su madre?
—Más afectuosa.
La palabra salió sin convicción.
Como si hubiera sido elegida por costumbre y no por recuerdo.
Milena no profundizó.
Todavía no.
—Cuando algo no salía como esperaba… ¿qué hacía ese niño de diez años?
Julián sonrió.
—Lo intentaba otra vez.
—¿Y si tampoco funcionaba?
La sonrisa perdió fuerza.
—Volvía a intentarlo.
—¿Y si seguía sin funcionar?
El silencio se instaló lentamente.
Julián bajó la mirada hacia sus manos.
No recordaba la última vez que alguien le había hecho tantas preguntas seguidas sin intentar darle una respuesta.
—No lo sé.
Aquellas tres palabras parecían pesar más que cualquier conferencia que hubiera dado en su vida.
Milena cerró la libreta.
No porque la conversación hubiera terminado.
Sino porque había encontrado algo importante.
—A veces aprendemos muy temprano que equivocarnos tiene un precio.
Julián levantó la vista.
—¿Está diciendo que mi problema comenzó en la infancia?
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No.
Hizo una pausa.
—Estoy diciendo que, antes de entender por qué una casa se agrieta, conviene conocer cómo fueron construidos sus cimientos.
Julián permaneció en silencio.
Por primera vez desde que inició la terapia, no sintió la necesidad de llevarle la contraria.
Al despedirse, salió del consultorio con la misma postura impecable de siempre.
Sin embargo, mientras caminaba hacia el estacionamiento, una idea comenzó a perseguirlo.
No recordaba casi nada de aquel niño de diez años.
Y esa ausencia de recuerdos le resultó más inquietante que cualquiera de los diagnósticos que había recibido en los últimos tres años.