Perdida CAPÍTULO 5 — El arqueo de los días
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CAPÍTULO 5 — El arqueo de los días

El arqueo de los días

Había pasado una semana desde la primera sesión con la doctora Milena Guerra.

Durante esos días, Julián volvió a refugiarse en aquello que mejor sabía hacer.

Las clases continuaron con la misma precisión de siempre. Corrigió ensayos, avanzó en un artículo para la revista de la facultad y rechazó, con la elegancia habitual, cualquier invitación que interrumpiera su rutina.

Desde afuera, nada había cambiado.

Pero había una pregunta que regresaba cada noche con una insistencia incómoda.

¿Cómo se manifiesta ese vacío cuando llega?

Por más que intentaba responderla, terminaba haciendo lo mismo de siempre: pensar, analizar, teorizar.

Nunca sentir.

Aquella tarde volvió al consultorio.

Milena Guerra lo recibió con la misma serenidad de la primera vez.

La luz entraba suavemente por la ventana. Sobre la mesa descansaban una taza de té y una libreta cerrada.

—Buenas tardes, Julián.

—Buenas tardes, doctora.

Él tomó asiento con la espalda recta y acomodó las solapas del saco gris.

Era un gesto automático.

Casi un ritual.

—¿Cómo estuvo su semana?

—Productiva. Mis clases avanzan según lo previsto y he podido concentrarme en un artículo que tenía pendiente.

Hizo una breve pausa.

—También pensé en nuestra última conversación.

Milena esperó.

—Usted dijo que mi mente había construido un laberinto. Sigo preguntándome qué herramientas piensa utilizar para ayudarme a salir de él.

Ella sonrió apenas.

—Las herramientas las construiremos juntos.

Julián guardó silencio.

Esperaba una explicación más elaborada.

—Pero antes necesito entender cómo se construyó ese laberinto.

Abrió la libreta.

No escribió.

Simplemente levantó la vista.

—Cuénteme algo.

—La escucho.

—¿Cómo era Julián Benavídez cuando tenía diez años?

Él parpadeó.

La pregunta era tan sencilla que resultaba desconcertante.

Esperaba hablar de ansiedad.

De síntomas.

De diagnósticos.

No de un niño que había dejado de existir hacía casi tres décadas.

Una sonrisa cortés apareció en sus labios.

—Pensé que intentaríamos resolver un problema del presente.

—Lo haremos.

—Entonces… ¿por qué volver tan atrás?

Milena apoyó la libreta sobre sus piernas.

—Porque las personas no empiezan el día en que llegan a consulta.

Empiezan mucho antes.

El silencio se instaló entre los dos.

Julián sostuvo su mirada durante varios segundos.

Por primera vez desde que la conocía, no tenía preparada una respuesta inmediata.

Milena no rompió el silencio.

Esperó.

Y, por primera vez desde que cruzó la puerta del consultorio, Julián sintió que el verdadero inicio de aquella terapia acababa de comenzar.