CAPÍTULO 4 — El soltero de oro
El soltero de oro
A las ocho de la mañana, la cafetería de la Facultad de Filosofía bullía entre el aroma del espresso y las conversaciones apresuradas de estudiantes y profesores.
Julián Benavídez entró como cada mañana.
Los saludos comenzaron antes de que llegara a la barra.
—¡Buenos días, profesor!
—Buenos días, Julián.
—Nos vemos en la conferencia de esta tarde.
Respondió a todos con la misma cortesía serena. Una sonrisa discreta. Una inclinación de cabeza. La palabra justa.
Era un ritual tan ensayado que parecía suceder sin esfuerzo.
—Buenos días, Julián. Te guardé una mesa por si no habías desayunado.
La doctora Clara Méndez le hizo un gesto desde una de las mesas cercanas a la ventana.
—Muchas gracias, Clara. Eres muy considerada, pero ya desayuné en casa.
—Algún día voy a lograr que aceptes una invitación.
Julián sonrió.
—No pierdas la esperanza.
Ella soltó una pequeña risa.
Sabía que era otra forma elegante de decirle que no.
Antes de que pudiera responder, apareció el doctor Mateo Silva con una taza de café en la mano.
—Justo al hombre que buscaba.
Julián levantó una ceja.
—Eso suena peligroso.
—Mi esposa organiza una cena este sábado. Vendrá una prima desde Madrid. Arquitecta, inteligente, divertida… En cuanto la conocimos dijimos: “Tenemos que presentársela a Benavídez”. Ya es hora de que dejes de casarte únicamente con tus libros.
Clara sonrió con complicidad.
—Estoy de acuerdo.
Julián sostuvo la taza de café entre las manos.
—Les agradezco el interés, de verdad.
Hizo una pausa.
—Pero este fin de semana debo terminar un artículo para la revista de la facultad. No creo poder asistir.
—Algún día vas a descubrir que la vida también ocurre fuera de la universidad.
—Es una posibilidad que sigo estudiando.
Los tres rieron.
En ese instante, una carcajada resonó al otro extremo de la cafetería.
Fue apenas un sonido.
Una risa cualquiera.
Pero algo en ella atravesó a Julián.
Durante una fracción de segundo dejó de escuchar la conversación.
El café perdió el aroma.
Las voces se apagaron.
Solo quedó aquel eco.
Cuando volvió en sí, Clara lo observaba.
—¿Julián?
Él parpadeó.
—Perdón… me distraje un momento.
—¿Todo bien?
La sonrisa regresó con la precisión de un mecanismo perfectamente aceitado.
—Claro. Solo estaba pensando en la clase.
Nadie hizo más preguntas.
Después de despedirse, salió de la cafetería con el mismo porte impecable con el que había entrado.
Los estudiantes seguían saludándolo al cruzarse con él.
Él respondía uno por uno.
Cuando dobló la esquina del pasillo y desapareció de la vista de todos, la sonrisa se deshizo lentamente.
Respiró hondo.
Por primera vez en toda la mañana, nadie lo estaba mirando.
Y, aun así, siguió fingiendo.