CAPÍTULO 3 — El eco de las paredes
El eco de las paredes
La noche siempre desarmaba a Julián.
Durante el día, el aula, las miradas de los estudiantes y el eco de sus propias cátedras funcionaban como un andamiaje perfecto que lo mantenía en pie. Pero a las dos de la mañana, en el silencio de su apartamento de techos altos y diseño impecable, aquel andamiaje se venía abajo.
La sesión con Milena Guerra seguía rondándole la cabeza.
Esa mujer pretendía empezar de cero. Como si tres años de consultas, diagnósticos y teorías pudieran borrarse con una sola pregunta.
¿Cómo se manifiesta ese vacío?
Julián caminó descalzo por la sala con un vaso de whisky en la mano que ni siquiera había probado. El hielo tintineaba contra el cristal con un sonido seco, casi hipnótico.
Se detuvo frente al ventanal.
La ciudad seguía despierta bajo un mar de luces, indiferente a todo.
En el reflejo del vidrio, su rostro parecía más cansado de lo que estaba dispuesto a admitir. El apartamento, impecable durante el día, se había convertido en una casa demasiado grande donde cada objeto parecía haber perdido su propósito.
Bajó la mirada.
Sin pedir permiso, la memoria hizo lo que siempre hacía.
Recordó el olor a lluvia de las tardes de octubre.
Recordó una risa expansiva, de esas que llenaban cualquier habitación.
Recordó una mano pequeña y cálida apoyándose sobre su hombro, como si aquel simple gesto bastara para aflojar la tensión que él llevaba encima incluso en los días tranquilos.
Y después…
El sonido de una puerta al cerrarse.
No fue un portazo.
Solo un clic.
Suave.
Definitivo.
Como el sonido de una vida que se clausura desde el otro lado.
«¿Por qué no estás aquí?»
La pregunta atravesó el silencio del apartamento sin encontrar respuesta.
Tomó un sorbo de whisky.
El ardor descendió por su garganta, pero no consiguió apagar el peso que llevaba dentro.
Había noches en las que aquella ausencia parecía definitiva.
Otras, en cambio, tenía el sabor amargo de una pregunta que nunca lograba responder.
Apretó el vaso entre los dedos.
Él, que dedicaba su vida a enseñar que todo podía comprenderse mediante la razón, era incapaz de explicar aquello que más lo atormentaba.
Apoyó el vaso sobre la encimera.
El apartamento volvió a quedar en silencio.
Entonces recordó la voz serena de Milena.
—¿Cómo se siente ese vacío cuando llega?
Cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, comprendió que no tenía una respuesta.
Y eso lo asustó más que el propio silencio.