CAPÍTULO 2 — La antítesis de la lógica
La antítesis de la lógica
El consultorio de la doctora Milena Guerra no tenía diplomas ostentosos en las paredes ni un diván de cuero italiano.
Era un espacio inusualmente luminoso, amueblado apenas con un par de sillones de tela gris, una mesa baja de madera clara y unas cuantas plantas que crecían a su aire cerca de la ventana. Olía a café recién hecho, no a clínica.
Milena, de treinta y un años, estaba sentada con una pierna cruzada bajo el muslo, vistiendo un suéter holgado color tierra y unos jeans cómodos.
Su cabello castaño estaba recogido en un moño descuidado, y no llevaba más maquillaje que su propia expresión atenta.
Era una mujer de una sencillez desconcertante, con esa clase de tranquilidad natural que suele incomodar a las personas que viven en eterna tensión.
Cuando la puerta se abrió, Julián Benavídez entró como si tomara posesión de un escenario.
Alto, pulcro, su presencia llenó la habitación.
Milena notó de inmediato la mirada penetrante de sus ojos miel.
Era un hombre guapo, de facciones marcadas y una postura imponente que gritaba éxito.
Sin embargo, antes de que él pudiera articular palabra, la intuición de Milena —ese radar natural que perfeccionó con los años— captó tres detalles: la ligera rigidez en sus hombros, la mandíbula demasiado apretada y la forma en que sus dedos se aferraban con demasiada fuerza al cuero de su maletín.
«Está asustado», pensó Milena, aunque el rostro de Julián proyectara la seguridad de un rey. «Y está haciendo un esfuerzo monumental para que no lo note».
—Buenas tardes, doctora Guerra —dijo Julián, con una voz pausada, varonil y perfectamente modulada. Hizo una sutil pausa, dejando que sus ojos recorrieran el consultorio sencillo y la vestimenta
relajada
de
la
Una
chispa
de
psiquiatra.
condescendencia cruzó su mirada.
Esperaba
a una eminente colega con traje formal, no a una mujer que parecía una estudiante de postgrado—.
Buenas tardes, profesor Benavídez. Tome asiento, por favor —respondió Milena con una sonrisa ligera, transmitiendo esa calma natural que la caracterizaba.
Indicó el sillón frente a ella—. ¿Le costó llegar?
—Para nada. Soy un hombre de métodos; calculo bien el tráfico y mis tiempos —replicó Julián, sentándose con la espalda recta, impecable—. Aunque debo confesar que me sorprende un poco el ambiente. Es… minimalista.
—Es cómodo —respondió ella con tono despreocupado, acomodándose en su asiento—. La mente ya tiene demasiado ruido afuera. Pero cuénteme, Julián, ¿cómo prefiere que empecemos hoy? Sé que viene de otros procesos, pero me gustaría escucharlo de usted.
Julián se acomodó en el sillón, cruzando la pierna con elegancia. Sonrió con esa amabilidad distante que usaba en sus clases. Estaba aliviado de que ella no fuera directa al grano con los historiales médicos; eso le daba el control de la narrativa.
—Agradezco el espacio, doctora Guerra. Verá, los procesos de la melancolía son complejos.
Creo que mis anteriores médicos se concentraron demasiado en la química de mi cerebro y no en la raíz existencial de mi situación.
Cuando uno sufre una fractura tan profunda en su estructura vital, el orden racional del mundo se rompe.
He intentado aplicar el estoicismo, el control de las pasiones que enseño a mi alumnado, pero el vacío sigue ahí.
Tres años es mucho tiempo para estar estancado en el mismo lugar tras una ausencia.
Milena lo escuchaba con una atención genuina, manteniendo el contacto visual. No lo interrumpió. Dejó que Julián se refugiara en sus términos abstractos y en su discurso perfectamente ensayado. Sin embargo, su intuición empezó a notar pequeños detalles. Julián hablaba de esa “ausencia” como
quien expone una tesis doctoral: con orgullo, con precisión...
—Entiendo —dijo Milena suavemente cuando él hizo una pausa—.
El estoicismo es una gran herramienta, pero a veces la teoría se queda corta ante la realidad.
Tres años es un viaje largo para cargar con ese peso usted solo.
Si le parece bien, y a su propio ritmo, me gustaría que nos alejáramos un poco de los conceptos filosóficos.
Cuénteme cómo se manifiesta ese vacío en su día a día.
¿Qué rutina o qué dinámicas siente que colapsaron tras esa fractura?
Julián parpadeó, sutilmente descolocado por el cambio de rumbo, pero mantuvo la sonrisa impecable.
Se reincorporó un poco en el sillón y la miró fijamente con sus ojos miel, dejando que el silencio pesara un instante antes de responder.
—Ese es exactamente el problema, doctora Guerra.
Saber qué es lo que me fractura es lo que intento buscar, y la consulta es para que usted lo logre.
Los demás doctores con los que he ido me dicen que es soledad; otros diagnósticos aseguran que simplemente me aferro a algo del pasado.
Llevo tres años escuchando etiquetas que no resuelven nada.
Así que dígame usted… ¿qué es lo que tengo?
Milena no se movió. Recibió la mirada desafiante del profesor con una calma imperturbable. Apoyó la barbilla en su mano, procesando no solo sus palabras, sino la intensa necesidad de control que Julián ocultaba detrás de su soberbia intelectual.
No había el titubeo, la voz quebrada o la mirada evasiva de alguien que sintiera un vacío.
Su mente ha construido un laberinto muy sofisticado para protegerse, Julián —respondió Milena con voz mansa pero firme—.
Mis colegas intentaron darle un nombre rápido al laberinto.
Mi trabajo no es adivinarlo hoy, sino averiguar junto a usted qué hay en el centro de esa estructura que colapsó.
Pero para resolverlo, vamos a tener que dejar los libros afuera. La sesión de hoy ha terminado.