Perdida CAPÍTULO 1 — El efecto de la corriente
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Perdida

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Por Sindy Naranjo

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CAPÍTULO 1 — El efecto de la corriente

El efecto de la corriente

El marcador se deslizó por la pizarra con la precisión de un bisturí.

El profesor Julián Benavídez se giró hacia el auditorio y acomodó, casi por costumbre, las solapas de su saco oscuro. Sus ojos recorrieron el salón con calma, deteniéndose apenas un instante en cada estudiante. Bastaba esa mirada serena para que los murmullos desaparecieran.

—Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces —dijo, dejando la tiza sobre el borde de la pizarra—. Eso nos enseñó Heráclito. Creemos que las cosas permanecen estables, pero el agua fluye, cambia. Y nosotros cambiamos con ella. El error del ser humano es creer que puede detener esa corriente.

Un estudiante levantó la mano desde la tercera fila.

—Profesor, pero si uno se esfuerza lo suficiente y es metódico, ¿no puede decidir hacia dónde va ese río?

Julián dibujó una leve sonrisa.

—El esfuerzo importa. El método también. No elegimos la corriente, pero sí la forma en que aprendemos a movernos en ella. Cuando algo falla, antes de culpar al río, conviene revisar cómo estamos remando.

El joven asintió mientras anotaba la respuesta. El resto de la clase permanecía en un silencio atento.

La campana anunció el final de la cátedra.

Los estudiantes comenzaron a guardar sus cuadernos. Algunos se acercaron para hacer una última pregunta; otros se despidieron con una mezcla de admiración y confianza. Julián respondió a cada uno con la misma cortesía tranquila.

Solo cuando el último alumno cruzó la puerta, el aula quedó en silencio.

Entonces ocurrió.

Su respiración se quebró.

El aire, un instante antes suficiente, se volvió pesado, espeso, como si alguien hubiera reducido el oxígeno de la habitación. Su mano derecha comenzó a temblar. Después la izquierda.

Un sudor frío descendió lentamente por su frente.

El río del que tanto hablaba acababa de convertirse en un remolino oscuro dentro de su pecho.

Cerró los ojos e intentó recuperar el control.

Inspirar.

Cuatro segundos.

Sostener.

Cuatro segundos.

Exhalar.

Nada.

Los latidos seguían golpeándole las costillas con una violencia absurda.

Apoyó ambas manos sobre el escritorio para evitar que las piernas cedieran. El temblor era apenas perceptible para cualquiera que entrara en ese momento, pero para él era un terremoto.

Abrió los ojos y miró el reloj de pulsera.

Faltaban dos horas.

Permaneció inmóvil unos segundos más, esperando que el cuerpo obedeciera.

No lo hizo.

Tomó el maletín con dedos todavía inseguros. Frente al reflejo del ventanal acomodó nuevamente las solapas del saco, enderezó los hombros y recompuso la expresión serena que todos conocían.

No debía parecer cansado.

Mucho menos vulnerable.

Abrió la puerta del aula y salió al pasillo como si nada hubiera ocurrido.