Perdida CAPÍTULO 11 — El árbol de manzanas
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CAPÍTULO 11 — El árbol de manzanas

El árbol de manzanas

La fotografía permaneció sobre la mesa durante varios minutos.

Julián no apartaba la mirada de ella.

No necesitaba recordar su nombre.

Nunca lo había olvidado.

Ella había estado presente en casi todos los momentos importantes de su vida. Era una de esas personas cuya existencia parecía tan natural que uno dejaba de preguntarse cómo sería el mundo si no estuviera.

Lo que no entendía era cuándo había dejado de ser suficiente con tenerla cerca.

Cerró los ojos.

Y por primera vez en años, no intentó analizar el recuerdo.

Simplemente dejó que llegara.

Tenían once años.

Había sido un sábado de verano, en el jardín trasero que unía sus casas.

Ella había subido al viejo árbol de manzanas, ignorando las advertencias de sus padres y la lógica de la gravedad.

Julián la observaba desde el suelo, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón corto, calculando la distancia entre las ramas y el césped con una seriedad que no correspondía a un niño de su edad.

—¡Mira, Julián! ¡Puedo ver todo el vecindario desde aquí! —había gritado ella entre risas, balanceándose sobre una rama delgada.

Él levantó la mirada con preocupación.

—Baja de ahí.

Ella soltó una carcajada.

—¿Por qué?

—Porque esa rama no parece segura.

—Siempre dices eso.

Julián frunció el ceño.

—Porque normalmente tengo razón.

Ella negó con la cabeza, divertida.

—Ese es tu problema, Julián. Siempre estás pensando en lo que puede salir mal.

Él abrió la boca para responder, pero no encontró una respuesta inmediata.

Porque, en el fondo, sabía que ella tenía razón.

Entonces la rama crujió.

Fue un sonido pequeño.

Pero para Julián fue suficiente.

Todo ocurrió en segundos.

Ella perdió el equilibrio y su cuerpo se inclinó hacia atrás.

Él corrió.

Sin pensar.

Sin calcular.

Sin hacer una lista mental de posibilidades.

Por primera vez en mucho tiempo, actuó antes de analizar.

Ambos cayeron sobre el césped.

Durante unos segundos solo escuchó su propia respiración acelerada.

Luego ella comenzó a reír.

Julián la miró confundido.

—Pudiste haberte lastimado.

Ella se incorporó y limpió un poco de tierra de su vestido.

—Pero no pasó.

Él negó con la cabeza.

No entendía cómo podía reír después de haber estado a punto de caer.

Para él, el peligro seguía existiendo aunque ya hubiera terminado.

Ella, en cambio, parecía capaz de dejar ir las cosas en cuanto pasaban.

—Algún día vas a entender que no todo se puede controlar —le dijo con una sonrisa.

Julián recordó haber pensado que esa era una frase absurda.

Porque todo tenía una causa.

Todo tenía una consecuencia.

Todo podía prevenirse si uno era lo suficientemente cuidadoso.

O al menos eso creía.

Abrió los ojos.

El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado.

La fotografía seguía frente a él.

Julián tomó aire lentamente.

Durante años había pensado que ella era la persona que más necesitaba.

Pero quizás nunca se había detenido a preguntarse algo más difícil.

¿Por qué?

¿Qué había visto realmente en ella?

¿La había amado por quien era?

¿O porque representaba todo aquello que él nunca se había permitido ser?

Miró nuevamente la imagen de ambos niños.

El niño serio junto a la niña que sonreía como si el mundo no tuviera reglas.

Dos formas completamente distintas de mirar la vida.

Y, sin saberlo todavía, esas diferencias serían las mismas que algún día los separarían.