Perdida en Nueva York (Love NYC 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Amanezco con la garganta como si me hubiera tragado una alfombra. No una alfombra bonita de catálogo escandinavo, no. Una alfombra de pasillo de hotel barato: vieja, con polvo ancestral y un olor a “nadie ha pasado la aspiradora desde la administración de Obama”.

En mi apartamento, el patio interior ruge lo mismo de siempre, claro.

Los aires acondicionados no creen en el resfriado.

Ellos siguen con su trepidación prehistórica, como si fueran el corazón mecánico de Manhattan bombeando aire sucio por pura maldad.

Yo me arrastro por el parqué astillado en calcetines, envuelta en un abrigo de felpa que en España sería “ropa de estar por casa” y aquí es “un testimonio judicial”.

Me preparo un té. O lo intento. El agua sale de mi grifo con una presión triste, como si el edificio también estuviera resfriado.

La taza huele a limón, pero mi nariz no lo capta; mi nariz hoy es un adorno rojo, ornamental, inútil.

Me miro al espejo y parezco una versión low cost de mí misma: ojos llorosos, labio seco, y esa cara de “yo no me he venido a Nueva York para esto” que, según empiezo a sospechar, es el lema oficial de la ciudad.

He cancelado clases. Ayer la app me penalizó por enfermar, como si el sistema dijera: “¿Que tienes fiebre? Genial. Multa.” Sinceramente, empiezo a creer que el sueño americano incluye pagar por estornudar. Y ahora, porque el universo tiene un sentido del humor cruel, me toca bajar a la lavandería.

La ropa sucia ha empezado a desarrollar personalidad propia en la cesta. Hay un calcetín que juraría que se ha movido solo esta mañana. O quizás es la fiebre residual hablando.

Bajo al sótano con una bolsa de lona barata (comprada en un bazar chino de Canal Street por 8 dólares) que pesa como mi dignidad y con el cuerpo envuelto en capas: camiseta vieja, leggings, sudadera, y un moño improvisado que parece un nido de palomas con depresión.

Meto una mano en el bolsillo y saco un pañuelo de papel.

Está húmedo. No sé si por la lluvia residual o por mi propia humanidad.

Me da asco. Lo vuelvo a meter. (Decisiones excelentes, Sara.)

El pasillo hacia el sótano está frío. Las paredes son de ese blanco amarillento de “pintura barata + humedad + resignación”.

La luz parpadea. La puerta metálica de la lavandería tiene una pegatina medio despegada de “NO SMOKING” como si alguien en algún momento hubiera pensado: “¿Y si aquí abajo, entre secadoras, montamos un club de jazz con cigarrillos?”

Empujo la puerta con el hombro, porque soy europea pero también soy práctica cuando estoy medio moribunda.

Y me golpea el calor.

Ese calor húmedo de secadoras en invierno que te envuelve como un abrazo industrial.

Reconfortante, sí… pero con el aroma de suavizante ajeno y detergente que ha vivido demasiadas vidas.

La lavandería del edificio siempre ha sido una mezcla de sauna pobre y quirófano triste: vapor, metal, lejía, y un zumbido constante que parece el sonido de la ciudad masticando gente.

El sótano huele a humedad y a suavizante industrial.

Es un olor reconfortante, en parte porque me recuerda que la ciudad sigue funcionando, aunque yo haya estado desconectada del mundo, tirada en mi cama como un pingüino moribundo.

Las paredes de cemento sudan. Las tuberías crujen.

El fluorescente del techo parpadea de forma epiléptica y me recuerda que este sitio fue construido antes de que existieran las normas de seguridad.

Hay cuatro lavadoras y cuatro secadoras. Todas con esa pegatina de instrucciones que nunca coincide con la realidad. El suelo tiene manchas antiguas, círculos grises de agua derramada que ya son parte del patrimonio cultural del sótano.

Una de las lavadoras tiene un cartel: "OUT OF ORDER. DO NOT USE". Escrito a mano, con Sharpie negro. Lleva ahí dos semanas. Nadie lo va a arreglar. Esta es Nueva York: las cosas se rompen y se quedan rotas hasta que alguien con suficiente dinero decide que le molestan.

Y en la pared, justo encima de la mesa de plástico donde la gente dobla la ropa como si estuviera negociando tratados de paz, hay una nota.

Una nota nueva.

Impreso. En mayúsculas. Con un celo mal puesto en cada esquina.

PLEASE BE CONSIDERATE.

REMOVE YOUR ITEMS PROMPTLY.

CLEAN THE LINT TRAP.

THIS IS A SHARED SPACE.

La leo una vez. La leo dos.

Y mi cerebro, resfriado pero creativo, hace lo que mejor se le da: paranoia.

¿ BE CONSIDERATE ? ¿Considerada? ¿Perdona? ¿A quién le está hablando esta hoja? ¿A mí? ¿A mi bolsa de ropa? ¿A mi cara congestionada? ¿A mi historial de vida entera?

Esto no es una exageración: en Nueva York cualquier frase neutra puede sonar a amenaza.

Un “ have a nice day ” puede significar “te vigilo”.

Un “ excuse me ” puede significar “apártate o te arrollo”.

Y un “ PLEASE BE CONSIDERATE ” en una lavandería puede significar: “Sara, eres una vergüenza como ser humano y además dejas pelusa.”

Me acerco a la nota como si fuera una citación judicial. La huelo. No huele a nada. A tinta, quizá. A superioridad. A ese pasivo-agresivo limpio que tienen las comunidades de vecinos cuando alguien ha dejado una secadora ocupada durante una hora y media.

Mi primera idea es arrancarla. Mi segunda idea es escribir debajo con rotulador: “YO SOY CONSIDERADA, LO QUE PASA ES QUE ESTOY ENFERMA Y VUESTRO SISTEMA DE VENTILACIÓN ES DEL PLEISTOCENO.” Mi tercera idea es toser encima, como venganza biológica.

Pero eso sería terrorismo vírico y, además, tengo valores.

Respiro. Bueno. Intento respirar. Sueno como una armónica rota.

Me pongo a trabajar.

Abro mi bolsa y separo blancos y colores con un instinto de supervivencia doméstica.

Camisetas blancas, calcetines claros, una toalla, una sudadera gris, y…

mi ropa interior. Mis bragas. Mis bragas son un tema.

No tengo muchas. Y hoy, por alguna razón misteriosa, aparece entre los blancos una pieza roja.

Roja.

Rojo pasión. Rojo "compré esto en un momento de optimismo irracional pensando que mi vida sería diferente”.

Rojo “yo soy una mujer segura de mí misma” (mentira).

Rojo “si alguien ve esto, creerá que tengo una vida sexual activa” (más mentira).

No recuerdo haberlas metido ahí. No recuerdo muchas cosas ahora mismo, en parte porque mi cerebro está ocupadísimo produciendo mocos como si fueran petróleo.

Las saco y las miro con odio.

—Tú no —les digo en voz baja, porque claramente esto es normal.

Las aparto. Las dejo encima de la lavadora. Ahí. Seguras. Controladas.

Me vuelvo, meto los blancos en la lavadora número 2, echo detergente, cierro… y cuando giro para coger las bragas rojas y meterlas con los colores, ya no están.

No están.

Me quedo quieta. La fiebre me hace un zoom mental. Miro encima de la lavadora. Nada. Miro en la mesa. Nada. Miro en el suelo. Nada.

Y entonces, como una escena de crimen, veo un borde rojo asomando dentro de la lavadora número 2.

No puede ser.

Me acerco. Miro el interior.

Ahí están.

Dentro.

Con los blancos.

Como una agente infiltrada.

Me quedo mirando ese rojo como si fuera una declaración de guerra. Quiero creer que puedo arreglarlo. Quiero creer que puedo sacar la prenda, reiniciar, fingir que nada ha pasado.

Pero claro, en Nueva York la vida no te deja deshacer.

La lavadora hace clic. Empieza.

La puerta se bloquea.

Y mis bragas rojo pasión empiezan a girar con mis camisetas blancas como si fueran el tambor de una ruleta rusa.

—Mierda. No… —susurro, y mi voz sale nasal, patética, de personaje secundario en una película de catástrofes.

Me quedo frente al cristal viendo el agua volverse ligeramente rosada. Primero es un tono tímido, como un blush . Luego, con cada giro, se intensifica. El tambor da vueltas y el rojo se desangra con alegría.

Los blancos se rinden.

Mis camisetas se tiñen.

Mis calcetines se convierten en salmoncito corporativo .

Esto no es una exageración: veo cómo mi vida se vuelve rosa en tiempo real. Y yo, enferma, sin energía, me apoyo en la pared como si acabara de ver un accidente de tráfico.

Es en ese momento cuando oigo la puerta.

El chirrido metálico.

Y unos pasos.

No necesito mirar para saber quién es. Hay pasos que pertenecen a la gente normal y pasos que pertenecen a Frank: medidos, seguros, como si el sótano le debiera respeto.

—Sara.

La voz me llega por detrás, grave, limpia, y yo siento una irritación absurda porque él no está resfriado. Él siempre parece diseñado por un comité de marketing.

Me giro.

Frank está ahí con una bolsa de lona y una funda de almohada blanca doblada como si viniera de una sesión de fotos. Lleva abrigo oscuro, el pelo impecable, y ese olor a sándalo que me está empezando a dar problemas en el sistema nervioso.

Sus ojos bajan a mi cara. A mi nariz roja. A mi moño-bicho. A mi postura de gremlin .

—Estás fatal —dice, sin crueldad. Como un diagnóstico simple.

—Gracias por el informe médico, doctor Molina —respondo, y mi sarcasmo sale con congestión, como si tuviera espuma en la garganta.

—¿Quién es ese Molina?

—No importa.

—Te oí toser hace dos noches. Sonaba... apocalíptico.

—Gracias. Muy reconfortante.

—¿Fuiste al médico? Me refiero a uno de verdad…

—Molina es de verdad. Pero no. Me automediqué con ibuprofeno y Netflix. Funciona igual de bien y es más barato.

Él mira la nota de la pared.

—Ah, han vuelto a poner el manifiesto de la lavandería.

—¿Han vuelto? —pregunto, indignada, como si me hubieran puesto una multa por existir—. O sea que esto es… ¿una tradición?

Frank asiente, deja su bolsa en la mesa y se acerca a la lavadora. Mira el cristal. Mira el agua rosada. Mira el pequeño borde rojo bailando con mis camisetas.

Levanta una ceja.

—No.

Yo cierro los ojos.

—Sí.

—¿Has metido… eso… con los blancos?

—No lo he metido. Se ha infiltrado. —Señalo la prenda como si fuera un espía—. Ha sido una operación encubierta.