Perdida en Nueva York (Love NYC 1) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

Frank suelta una risa breve. No se burla. Le hace gracia de verdad. Y eso, por alguna razón, me molesta más que el rosa.

—Vale. —Se arremanga un poco, como si fuera a operar—. No está todo perdido.

—Mis blancos están literalmente teñidos de vergüenza.

—Hay un truco.

—Claro que hay un truco. En esta ciudad siempre hay un truco. Y siempre cuesta dinero.

Frank mete la mano en el bolsillo de su abrigo y saca… una bolsita pequeña. Como un sobre de té, pero con letras.

—Color catcher —dice.

Me lo enseña.

—¿Llevas eso encima?

—Siempre.

—¿Siempre? ¿Qué eres? ¿Un soltero preparado para el apocalipsis textil?

—Soy un neoyorquino que ha aprendido por las malas. —Me mira—. Y tú… acabas de aprender por las malas.

Quiero ofenderme. Pero toso. Una tos fea. De señora de 70 años en una novela rusa. Me doblo un poco y siento cómo me sube el calor a la cara.

Frank, en vez de hacer comentario, se mueve hacia mí con un gesto automático, como si fuera a sostenerme. Se detiene a medio camino. Yo lo noto. Él también lo nota. Hay un silencio raro, cargado, como electricidad estática pero emocional.

—Estoy bien —digo rápido, como si mi orgullo fuera un órgano vital.

—Claro. —No me discute. Eso me desarma un poco.

La lavadora gira y el agua rosa hace un remolino. Mis camisetas dan vueltas como si fueran chicle.

Frank se agacha frente a la máquina, mira el panel, y con una calma insultante pulsa un botón.

—Cuando termine, re-lavas en frío con esto —me explica, agitando el sobre—. Y sin secadora hasta que hayas repetido. Si metes el rosa en calor… lo fijas. Y ya es para siempre.

—Como los traumas —murmuro.

—Exacto —dice él, y su sonrisa es mínima, pero está.

Me quedo mirándole las manos. Manos de abogado: uñas limpias, dedos largos, sin anillos. Manos que, sin embargo, están ahora hablando de detergente y supervivencia doméstica. No me gusta que esto me parezca… íntimo. No me gusta nada.

Me apoyo en la mesa de doblado y siento el calor húmedo de las secadoras en la espalda. Es raro: es como si la lavandería fuese un útero metálico. Un lugar feo, pero cálido. Y yo, con fiebre, estoy más blanda. Guardias bajas. Todo mal.

Frank abre su bolsa y saca una sábana bajera blanca. Una de esas con goma que, en mi opinión, fueron inventadas por alguien que odiaba a los humanos.

La extiende sobre la mesa.

—Voy a doblar esto antes de que llegue alguien y me robe el espacio —dice, y mira la nota de “ PLEASE BE CONSIDERATE ” como si fuera un enemigo viejo—. Aquí abajo hay jerarquías.

—¿Jerarquías?

—Sí. Los que limpian el filtro de pelusa son la aristocracia.

Señala la secadora. Me fijo en el filtro de pelusa: hay un pequeño cartelito: “ CLEAN LINT TRAP AFTER EACH USE ”. Y al lado, un montón de pelusa gris que alguien ha dejado como ofrenda.

Detalle raro número uno: la pelusa tiene una textura casi orgánica, como si fuera el pelo de un animal pequeño. Me dan ganas de pedirle perdón a la naturaleza por esto.

Frank empieza a doblar la sábana.

Yo me río por dentro, porque nadie dobla una sábana bajera. La gente la hace bola y la mete en el armario como un secreto oscuro. Es el pacto social: fingimos que se dobla, pero nadie lo hace.

Frank, en cambio, hace algo… técnico.

Mete una mano en un rincón, busca otro rincón, junta las esquinas como si estuviera resolviendo un cubo de Rubik de tela.

—No —digo, sin querer.

Él me mira.

—¿Qué?

—Nada. Es que… —me señalo la garganta, el resfriado, la fiebre—. Estoy alucinando.

—No estás alucinando. Mira.

Me coloca frente a él, al otro lado de la mesa.

—Mete la mano aquí —me indica—. Busca la esquina. Sí. Eso. Ahora junta con la otra.

Obedezco. Mis dedos entran en la tela tibia. La sábana está caliente por haber estado junto a las secadoras. Huele a limpio caro. Huele a “yo tengo mi vida medio controlada”.

Y entonces mis dedos rozan los suyos. Una vez más.

Un roce mínimo. Nada. Una tontería.

Pero mi cuerpo decide reaccionar como si hubiera tocado un cable pelado.

Se me eriza la piel del brazo. Me quedo un segundo quieta, respirando mal, con la nariz estúpida.

Frank también se queda quieto. No retira la mano rápido. No hace chiste. Solo… sostiene el contacto un segundo más de lo necesario.

Silencio.

El zumbido de las máquinas se vuelve más fuerte. El calor húmedo se pega a la nuca. Mis ojos, por culpa del resfriado, están brillantes, y odio que parezca que voy a llorar.

—Estás temblando —dice él, bajito.

—Es fiebre —miento. O quizá no. No lo sé con certeza.

Frank aparta la mano despacio. Como si el movimiento tuviera consecuencias. Traga saliva.

—Vale. —Su voz vuelve al modo normal—. Entonces lo hago yo.

Y lo hace.

Dobla la sábana bajera.

La dobla bien.

En un rectángulo limpio, perfecto, humillante.

Detalle raro número dos: al doblarla, la goma hace un pequeño snap suave, como una coletilla en el aire. Ese sonido, ridículo, me da una paz absurda. Como si el universo, por un segundo, estuviera en su sitio.

Me quedo mirando el rectángulo.

—¿Qué clase de infancia tuviste? —pregunto, intentando recuperar el sarcasmo—. ¿Te criaron monjes? ¿Un internado suizo? ¿Un culto doméstico?

Frank sonríe.

—Mi madre tenía una regla: “si puedes defender un caso, puedes doblar una sábana”. —Hace una pausa—. Y mi madre no aceptaba excusas.

Eso me da una punzada rara en el pecho. No por romanticismo barato, sino porque de pronto Frank tiene… origen. Vida. Historia. No solo perfume caro y cara de “yo siempre llego a tiempo”.

Yo toso otra vez, más flojo. Me limpio la nariz con la manga y siento que estoy a un paso de convertirme en un meme humano.

Frank mira mi gesto.

—Te estás cuidando fatal.

—Estoy sobreviviendo.

—En Nueva York no es lo mismo.

Me quedo callada, porque tiene razón y eso es insoportable.

La lavadora hace un pitido. Termina su ciclo.

Yo me acerco con miedo.

Abro.

Y saco mis prendas: la camiseta blanca ahora es rosa pálido, los calcetines parecen de bebé, y la toalla tiene un tono “flamingo deprimido”. Mis bragas rojas salen triunfantes, como si nada. Como si hubieran ganado.

—Perfecto —digo, con una calma falsa—. Ahora voy a parecer una profesora de español que trabaja en una pastelería.

Frank me da el sobre de color catcher .

Sus dedos vuelven a rozar los míos.

Y esta vez me doy cuenta de algo horrible: no me molesta. Me calma.

Algo malo. Algo pernicioso.

—Gracias —digo, y mi voz suena más baja de lo que pretendía.

—De nada, Sara.

Dice mi nombre como si fuera normal decirlo. Como si no me desarmara.

Me mira un segundo más. Sus ojos no van a mis ojeras ni a mi moño horrible. Van a mí. A lo que soy cuando no estoy gruñendo.

Yo aparto la mirada hacia la nota de “PLEASE BE CONSIDERATE”, porque es más fácil enfadarse con un papel que con un hombre.

—Odio esta nota —confieso, como si fuera una debilidad.

Frank la mira también.

—Es el código del sótano —dice—. Aquí abajo todos fingen que son civilizados. Y luego se roban las secadoras.

—¿Te han robado una secadora?

—Me robaron una vez una funda de almohada. —Se encoge de hombros—. Desde entonces, soy aristocracia de filtro de pelusa.

Yo suelto una risa tonta. Y mi risa suena enferma. Y me da vergüenza. Y, aun así, no paro.

Frank me observa como si ese sonido le sorprendiera.

Yo me limpio la nariz otra vez. Mis ojos pican.

Y, sin pedir permiso, pienso: qué peligroso es que alguien te vea en baja resolución.

Frank recoge su sábana doblada, la mete en su bolsa con una delicadeza obscena, y antes de irse se queda un segundo en la puerta.

—Re-lava en frío. Dos veces si hace falta. Y no uses secadora todavía.

—Sí, señor.

—Y… —duda—. Bebe algo caliente.

Mi pecho hace una cosa rara. Una especie de “gracias” que no sabe salir.

—Claro —digo, y me odia un poco mi propio tono.

Frank asiente, abre la puerta, y el aire frío del pasillo se cuela un segundo en la lavandería como un recordatorio de que el mundo sigue siendo hostil.

Se va.

Yo me quedo con mi colada rosa, mi resfriado del copón y el sobre mágico en la mano.

Pienso en la sábana que él ha doblado antes de marcharse, perfecta, como un insulto. Luego miro mis camisetas rosadas, como una derrota.

Y pienso, sin poder evitarlo:

“Sabe doblar sábanas bajeras. ¿Qué clase de brujería es esta?”