CAPÍTULO 8 #2
—¡Joder! —repito, porque no tengo otras palabras.
Frank me mira. Está intentando no reírse. Lo veo en sus ojos. Esa chispa de diversión que está conteniendo con toda su fuerza de voluntad.
—No te rías —le advierto.
—No me estoy riendo.
—Sí que te estás riendo. Por dentro. Lo noto.
—Está bien —dice, y entonces se ríe. Una risa abierta, limpia, que me desarma por completo—. Es que... pareces un perro callejero.
—¿Perdón?
—Un perro mojado. Con dignidad, eso sí. Pero mojado.
Le miro con odio. Un odio que no es odio del todo. Es algo más complicado. Algo que incluye ganas de pegarle, de reírme, de llorar, y de dejar que me siga tapando con su paraguas ridículamente grande.
Seguimos caminando. Nos pegamos más. En parte porque el paraguas no da para tanto espacio. En parte porque el viento nos empuja. En parte porque, y esto me niego a admitirlo en voz alta, su cercanía me calma.
Huele a sándalo. Otra vez. Ese olor limpio, ordenado, que choca con mi olor a lluvia y estrés acumulado.
El momento parece perfecto. Pero no es perfecto. Porque mientras caminamos, noto su brazo rozando el mío. Noto el calor de su cuerpo a través del abrigo mojado. Noto que me está mirando de reojo, como si quisiera decir algo, pero no supiera cómo.
Y entonces pasa.
Una ráfaga de viento. Más fuerte. Más cabrona. El paraguas se invierte. Se dobla hacia arriba como una flor ridícula, mostrando sus varillas de metal que se retuercen con un sonido patético.
—Mierda —masculla Frank.
—¿Qué pasa?
—El paraguas —dice, intentando enderezarlo—. Se ha rendido.
Lo miro. El paraguas ahora parece un murciélago muerto. Las varillas rotas apuntan en todas direcciones. El tejido cuelga como una bandera derrotada.
Así que sus paraguas también se rompen y también suelta tacos. ¿Quién parece ahora un perro mojado?
—¿Era caro? —pregunto.
—No especialmente. Pero era funcional.
—Ya no lo es.
—Gracias por la observación.
Nos quedamos parados en medio de la acera, bajo la lluvia que ahora cae sin piedad sobre nuestras cabezas. Frank intenta cerrar el paraguas. Es imposible. El paraguas ha muerto.
—Déjalo —le digo.
—No puedo dejarlo aquí. Es basura.
—Frank. Es basura con varillas de metal. Déjalo en ese contenedor.
Señalo un contenedor de basura verde que está a dos metros. Él mira el paraguas. Mira el contenedor. Suspira. Y entonces, con una solemnidad ridícula, camina hasta el contenedor y lo tira dentro.
—Descansa en paz —dice.
—¿Le has hecho un funeral al paraguas?
—Merecía un cierre digno.
—Yo tiré el mío en una papelera. Un cementerio low cost. Me costó 5 dólares.
Él no contesta. Nos miramos. Estamos empapados. Completamente empapados. Mi pelo gotea. Su pelo, que normalmente está peinado con esa perfección irritante, ahora tiene un mechón pegado en la frente. Parece humano. Parece real.
—Al metro —dice Frank, como si fuera una orden de evacuación—. Si nos quedamos aquí, nos rehidratan hasta el alma.
Bajamos a la estación más cercana, tragándonos el olor a hierro mojado y a humanidad cansada.
En el torno, Frank pasa el móvil con una calma ofensiva (OMNY: la gente rica no busca monedas, invoca puertas).
Yo intento rescatar mi MetroCard del monedero empapado y la tarjeta se me pega a los dedos como una loncha de queso triste.
Nos subimos al 1. Varias paradas hacia arriba. El vagón va caliente y pegajoso, y yo goteo como una planta mal cuidada. Frank se queda de pie a mi lado, demasiado cerca por culpa del gentío, fingiendo que no me está “protegiendo” con el cuerpo ahora que el paraguas ha pasado a mejor vida.
Cuando salimos por la boca de Broadway más cercana a nuestro apartamento, el viento nos da la bienvenida como un matón con prisa. Y entonces echo a correr.
—¡Vamos! —grito.
Él me sigue. Corremos por Broadway como dos idiotas mojados. La gente nos mira desde los portales, desde las cafeterías, desde los taxis que pasan. Nos miran como si fuéramos personajes de una película mala. Una comedia romántica de esas que nunca te tomarías en serio.
Llegamos al edificio. Nuestro edificio. El portal con la luz fea, las escaleras con olor a desinfectante, el ascensor que cruje.
Frank saca las llaves. Abre la puerta del portal. Entramos. El agua resbala de nuestros abrigos y forma charcos en el suelo de mármol falso. Respiro agitada. Él también. Nos miramos.
—Estás hecha un cuadro—dice él, pero lo dice con ternura. Con una ternura que no sabía que tenía.
—Tú también —contesto.
Y es verdad. Está mojado, despeinado, tiene los zapatos empapados, y aun así sigue siendo irritantemente atractivo. ¿Cómo es posible?
Subimos las escaleras. El ascensor nos parece demasiado lento para el estado en el que estamos. Necesitamos movernos. Necesitamos calor. Necesitamos quitarnos esta ropa que pesa como una condena.
Llegamos a mi planta. Saco las llaves con dedos temblorosos. Están mojadas. Todo está mojado. Intento meter la llave en la cerradura. Fallo.
—Mierda —susurro.
—Déjame —dice Frank, acercándose.
—Yo puedo.
—Sara. Déjame.
Me hago a un lado. Él coge mis llaves. Sus dedos rozan los míos un segundo. Están fríos. Pero el roce es cálido. Eléctrico. Como si hubiera pasado una chispa entre los dos.
Mete la llave. La gira con cuidado. La cerradura cede. Abre la puerta.
—Ya está —dice, devolviéndome las llaves.
—Gracias —digo. Y lo digo en serio. No con sarcasmo. No con ironía. Con una sinceridad que me duele.
Nos quedamos ahí, en el umbral. Él en el pasillo. Yo en la puerta de mi apartamento. El agua sigue goteando de nuestros abrigos. El silencio es denso, cargado, como si el aire estuviera esperando algo.
—Deberías cambiarte —dice él, mirando mi ropa empapada.
—Sí.
—Y secarte el pelo.
—Sí.
Pero no me muevo. Y él tampoco.
—Sara —dice, y mi nombre sigue sonando raro en su boca. Suena a algo que no sé cómo llamar.
—¿Qué?
—Nada. —Se pasa una mano por el pelo mojado—. Solo... cuídate.
—¿Cuidarme? —me burlo, porque es mi forma de no derrumbarme—. Frank, acabo de cruzar una avenida bajo una tormenta con un paraguas suicida. Ya me estoy cuidando.
Él sonríe. Esa media sonrisa que me pone nerviosa.
—Ya veo. Te debo ese cortado para cuando salga el sol. Si es que vuelve a salir.
Se da la vuelta. Empieza a subir las escaleras hacia su apartamento. Lo veo alejarse. Veo su espalda mojada, sus hombros anchos, su forma de caminar que parece decir "yo tengo todo bajo control, aunque mi paraguas haya muerto".
Entro en mi apartamento. Cierro la puerta. Me apoyo contra ella. Respiro.
Y entonces me viene el olor.
Huele a lluvia y a sándalo.
El olor de mi abrigo mojado mezclado con el suyo.
Y tengo ganas de llorar.
Tengo ganas de llorar y no sé por qué.
No es por la lluvia. No es por el frío. No es por la carpeta azul arrugada que ahora está sobre la mesa como un cadáver de burocracia.
Es por él.
Por cómo me ha cubierto con el paraguas. Por cómo me ha abierto la puerta. Por cómo ha dicho mi nombre. Por cómo me mira como si viera algo en mí que yo no veo.
Y eso me da más miedo que cualquier tormenta.
Porque algo malo. Algo pernicioso. Está pasando.
Y esta vez no es la ciudad.
Soy yo.
Abro la app de la academia.
CANCELAR CLASES MAÑANA. Motivo: Fuerza mayor. (O un resfriado del copón que se avecina, lo que el sistema prefiera).
Respuesta del sistema: Agenda reasignada. La penalización será descontada de su nómina.