CAPÍTULO 7
Mi móvil vibra con una notificación con la que casi me da un microinfarto. Miro: no es inmigración, no es el banco, no es la MTA riéndose de mí. Es un mensaje.
Me quedo mirando la pantalla como si fuera un mensaje en arameo.
¿Desde cuándo es Frank en mi agenda? ¿Qué ha sido de Mr. Coffee?
Y ese “no es que haya cogido el metro equivocado”.
¿Y el código postal? Dios santo. Respiro profundamente.
No sé cómo he llegado hasta aquí, pero aún estoy a tiempo de dar la vuelta.
¿Estoy teniendo una cita con Mr. Coffee?
Yo no recuerdo haber dicho que sí. Yo no recuerdo haber aceptado.
Yo… ¿qué? De repente, como una bofetada recuerdo una conversación en el rellano.
Me encuentro con él cuando vuelvo con una bolsa de supermercado que pesa como un resentimiento antiguo.
Él sale impecable, como siempre, con su abrigo de abogado y su cara de “yo he dormido ocho horas porque el mundo me respeta”.
Me da mi blusa. Sí: mi blusa blanca. Limpia.
Plancha perfecta. Dobladita. Como si la hubiera operado un cirujano textil.
—Tu prenda rescatada —dice, y lo dice como si me estuviera devolviendo un rehén.
—No era un rehén —gruño.
—Lo era. Olía a avellana y desesperación.
Le digo que no necesito favores. Él me dice que no es un favor, que es higiene básica. Yo le digo que se vaya a la mierda. Él sonríe. Y, de pronto, suelta:
—¿Cena? ¿El viernes? Tengo un sitio. Pisticci. No es de turistas. No es ruidoso. No te va a dar urticaria social.
—¿Pisticci? —comento irónicamente—. Suena a nombre de mafioso que sale en los Soprano y muere en el segundo capítulo.
—Suena a la mejor pasta casera al norte de la calle 96. Sara. Tienes cara de necesitar carbohidratos.
Me río. Me río porque no sé qué más hacer. Odio que tenga razón. Siempre tengo cara de necesitar carbohidratos. Es mi estado natural.
—¿Por qué iba a cenar contigo?
—Porque hoy te he visto la cara cuando has mencionado “formularios” —dice—. Y porque… —pausa mínima— porque me apetece.
Y ahí pasa lo peor.
Que a mí también. Y porque estoy empezando a pensar que para sobrevivir en esta ciudad necesito un guardaespaldas.
Así que, contra toda lógica, aquí estoy. En La Salle, una de esas calles raras de Nueva York que parecen un error de la matrix, una interrupción diagonal en la cuadrícula perfecta de la ciudad.
En el borde de la acera hay bolsas negras hinchadas, como cadáveres blanditos de consumo, esperando a que el camión de basura las destripe a las tres de la mañana.
Un perro minúsculo, vestido con un abrigo acolchado más caro que mis zapatillas, hace caca con dignidad.
Y yo, con una carpeta de exámenes bajo el brazo (subjuntivo: el crimen perfecto), avanzo hacia un sitio que promete calor, vino y olvido temporal: Pisticci.
Mis prejuicios basados en los Soprano estaban equivocados. Pisticci es uno de esos lugares que te hace sentir en una película, aunque estés arruinada y con ropa de rebajas. Suena a pistacho y a Italia y a que mi cuenta bancaria se va a poner a llorar en silencio. Spoiler: llora.
Dejo atrás la parte superior del restaurante donde predominan los colores azules y ventanas directas a la calle, y por consejo de Frank entro en un lugar más íntimo.
La entrada del comedor inferior es discreta, casi como si esa parte del restaurante estuviera escondiéndose de la ciudad.
Hay que bajar unas escaleras hacia un sótano —sí, un sótano, como si estuviéramos entrando en un secreto compartido por la gente que vive aquí y no necesita demostrar nada, como si te estuviera diciendo "vale, te dejo respirar, pero solo si bajas la cabeza primero" — y de pronto el mundo cambia de textura.
Cambia el aire. Cambia el sonido. Cambia mi cara, aunque yo intente mantenerla en modo “yo no necesito a nadie”.
Lo recuerdo muy bien: la luz aquí es dorada, tangible, como si alguien hubiera decidido que este sótano italiano necesitaba su propio filtro de Instagram permanente.
Hay lámparas de pared que parecen sacadas de una trattoria de los sesenta, paredes de ladrillo visto que han escuchado conversaciones en tres idiomas simultáneos, y mesas de madera tan gastadas que tienen más historia que mi abuela.
El aire huele a ajo confitado, a masa de pizza recién horneada y a ese aceite de oliva caro que seguramente cuesta más que mi alquiler de una semana.
También hay un toque a madera vieja y a albahaca fresca que te golpea en la nariz cuando pasas por la cocina abierta, y ese ruido de fondo —cubiertos, risas bajas, una conversación en italiano entre los camareros— que hace que el mundo exterior, con su prisa y su hostilidad, parezca una broma pesada.
En una esquina, un radiador suelta ese chasquido de metal expandiéndose, como si el sitio respirara.
Vuelvo a fijarme en la luz dorada, antigua, de película italiana donde todo el mundo es guapo y nadie tiene que rellenar formularios para demostrar que no va a derrocar un país con tortillas de patata.
Esto no es una exageración: esa luz te engaña.
Te hace creer que eres una persona con tiempo. Y con futuro.
Ahora sí. Esta vez he llegado al sitio sin perderme y yo solita.
Sin ayuda. Ya solo necesito sentarme, pedir una copa de vino (una, porque soy adulta, supuestamente) y corregir exámenes sin que el mundo me humille.
Los exámenes son del Grupo B, los del “si yo fuera rica” y “ojalá tú entendieras que el subjuntivo no es opcional”.
Vengo con el bolígrafo rojo como si fuera un arma blanca legal. Vengo con cara de profesora seria.
Vengo, en resumen, a fingir. Voy con el escudo puesto. No quiero que parezca una cita de verdad, y ese escudo se llama: exámenes de español.
Me quito el abrigo y noto el sudor frío en la espalda, ese sudor traicionero que te deja el metro, una vez más. Me siento en una mesa pequeña, pegada a una pared de ladrillo. La silla cojea un poquito. Me gusta. Las sillas que cojean son honestas.
Saco los exámenes, los apilo, los alineo. Como si el orden externo pudiera arreglar el caos interno.
Nota mental:
No beber mucho.
No pensar en Frank.
No pensar en Frank en un restaurante italiano con luz de película.
No pensar en Frank nunca, en general.
El camarero aparece con una profesionalidad suave, de barrio. No sonríe de más. No se explica. Aquí te traen las cosas como si fueras alguien que sabe vivir. Me mira los papeles y luego me mira a mí, como si intentara resolver el misterio: “¿por qué esta mujer se castiga en público?”
—¿Vino? —pregunta.
—Una copa del tinto de la casa —digo, intentando sonar casual, como si no estuviera pagando terapia líquida.
Me la trae. La copa es grande. Demasiado grande para una vida como la mía. Me tomo un sorbo y… vale. Vale. No está mal. No es “vino español que te hace reconciliarte con tu pasado”, pero tampoco es “zumo de uva con resentimiento”.
Abro el primero de los documentos. Coloco el examen de Bradley (un ejecutivo que cree que "yo soy bueno en español" es una frase correcta) justo al lado de mi copa.
“Si yo sería…”
Cierro los ojos.
Mis alumnos tienen la gramática de quien aprende español viendo narcos en Netflix y pensando que con "pendejo" y "qué pasa, tío" ya dominan el idioma. Estoy a punto de escribir un comentario pedagógico que suene a sermón, cuando mi móvil vuelve a vibrar.
Frank: Llegando. Puedes ir pidiendo el vino de la casa. Suelen poner un vino italiano bastante bueno. Pero solo pídete una copa.
¿Por qué este tío es tan controlador? Siempre va diciendo lo que tengo que hacer o no. Ahora pienso pedirme dos. Doy un sorbo grande y sigo con mi copa. Con mis exámenes. Con mi dignidad haciendo equilibrios sobre una silla coja.
Oigo pasos en la escalera. Un abrigo rozando la pared. Un “excuse me” dicho con esa entonación neoyorquina que suena a orden disfrazada de educación.
Frank baja.
No viene en modo “vecino del 6B”. Viene en modo “hombre que conoce este sitio”.
Saluda al camarero con un gesto pequeño, como si tuviera una segunda vida aquí.
El camarero asiente. Nada de efusividad.
Solo reconocimiento. Eso me irrita. ¿Por qué me irrita que él pertenezca a un lugar? ¿Qué clase de inseguridad es esta?
Se acerca a mi mesa y me mira los papeles.
—¿Trajiste exámenes? —dice, con una mezcla de admiración y condena.
—Soy una profesional —suena mejor que decir que la app me obliga a subir unos resultados de evaluación. O que vengo aquí a corregir exámenes porque mi apartamento tiene el encanto de una celda de castigo y la iluminación de un quirófano en huelga.
—Eres una mártir —corrige—. Vámonos.
—Estoy bien aquí.
—Sara. Vamos.
Mi nombre en su boca suena raro. No sé por qué, pero me pone nerviosa.
—¿A dónde?
—A una mesa que no cojea. —Y añade, con una media sonrisa—. Un pacto con el universo.
Me levanto con mi copa en la mano, los exámenes debajo del brazo, el bolso colgando como un órgano extra. Lo sigo por un pasillo estrecho. Pasamos junto a una pared con fotos antiguas en blanco y negro. Gente comiendo. Gente sonriendo. Gente que seguramente no está corrigiendo subjuntivos.
Su “mesa secreta” está en una esquina más recogida, con un banco tapizado que parece haber visto varias rupturas amorosas y al menos tres reconciliaciones. Hay una vela dentro de una botella, con la cera derramada como una herida bonita. La luz aquí es todavía más dorada. Más tramposa.
—¿Ves? —dice él—. Aquí el mundo no entra tanto.
—El mundo entra igual —digo—. Solo que con pasta.
Nos sentamos. El camarero le trae vino sin que hubiera mirado la carta. Como si lo conociera desde la infancia.
—¿Vienes mucho? —pregunto, intentando sonar indiferente.
—Lo suficiente para que no me pregunten si quiero agua con gas o sin gas. —Me mira—. Odio el ruido de Manhattan.
Me quedo quieta, bolígrafo rojo en el aire.
—¿Perdón?