Perdida en Nueva York (Love NYC 1) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—Manhattan es… —busca la palabra— es una agresión constante.

Todo el tiempo. Sirenas, obras, gente gritando “ I’m walking here ” aunque nadie se lo esté impidiendo.

—Se encoge de hombros—. El Upper West me parece un pacto con el universo.

Sigues en la ciudad, pero la ciudad no te pisa la garganta todo el rato.

Le miro como si acabara de confesar que tiene alma.

Qué tragedia. Así que don perfecto también sufre la ciudad… Interesante.

—No pegabas con esa frase —digo.

—¿Con cuál?

—Con… cualquier cosa que suene a pensamiento.

Él se ríe, pero no con maldad. Se ríe como si le divirtiera que yo lo subestime.

—Tú tampoco pegas con traer exámenes a cenar.

—Yo pego con todo —miento.

Discuto con Frank para decirle que me voy a tomar más de una copa. Y las que hagan falta. El camarero trae una botella con más vino. Él me sirve. Lo hace con cuidado. Muy de cerca. Y aquí viene mi ruina.

Mientras él habla —algo de que su oficina está en Midtown y que prefiere caminar antes que subirse al metro si puede, y yo pienso “este hombre está loco o es rico”— yo hago un gesto con la mano. Un gesto mínimo. Un gesto español. Un gesto de “déjame explicarte”.

Mi codo roza la base de la copa.

La copa se inclina.

Y el vino, ese tinto oscuro, cae en cámara lenta sobre el montón de exámenes como si fuera una maldición bíblica.

El vino se derrama. No un poco. No un goteo elegante. No. Se vuelca la copa entera sobre los exámenes como si alguien hubiera decidido que el tinto italiano necesitaba un lienzo donde expresarse.

—Joder. Joder. Joder .

Me levanto de un salto. La silla que no cojea chirría. Tres mesas me miran. Los exámenes están empapados. Tinta corrida. Manchas rojas que parecen escenas de crimen gramatical.

—No —susurro.

—Sara… —dice Frank, y su tono no es burlón. Es… alerta.

Yo miro los exámenes. El papel absorbe el vino con una rapidez indecente. El rojo se extiende, y por un momento parece un mapa: una mancha con forma de España, irónicamente. La patria, empapada.

—Me acabo de cargar el futuro académico de cinco personas —digo, con voz de funeral.

Frank se levanta rápido. Coge servilletas. Muchas. Me las planta delante como si estuviéramos en una sala de emergencias.

—No te quedes quieta. Absorbe, no frotes.

—¿Absorbe? ¿Qué eres, una enfermera intentando parar una hemorragia?

—Soy alguien que ha derramado café sobre documentos importantes. —Me mira—. Más de una vez.

Qué alivio saber que el señor perfecto también es humano. Aunque sea por torpeza controlada.

Empiezo a presionar servilletas sobre los exámenes. La tinta roja se corre. El bolígrafo rojo se convierte en acuarela. La vida, en general, también.

—Podemos… —digo, buscando una salida absurda— podemos decir que esto es… evaluación por acuarela.

Frank suelta una risa. Una risa real.

—¿Eso existe?

—A partir de hoy sí. Es pedagogía innovadora. Multisensorial. El alumno siente el trauma de la corrección. Es vanguardista. Es pedagógico. Es... una gilipollez, pero suena bien. "La mancha roja indica tu nivel de pasión por el español, Bradley. Enhorabuena, tienes un sobresaliente alto".

—Me encanta —dice él—. Eres un peligro. Eso parece un asesinato premeditado.

—El vino atacó primero.

Frank mira los papeles empapados y me pasa más servilletas y me dedica una expresión que no sé si es compasión o burla sofisticada.

—¿Necesitas más ayuda o prefieres seguir improvisando excusas pedagógicas?

—No necesito ayuda. Necesito una máquina del tiempo. O un exorcista para mi torpeza.

—El exorcista va a tardar. Pero podemos pedir algo de comer. Prometo no acercarme a los exámenes.

Me quedo callada. Más bien, los dos nos quedamos en silencio. Un silencio que no es incómodo, lo cual es peor. Porque los silencios incómodos puedes romperlos con sarcasmo. Los silencios cómodos son peligrosos. Te hacen bajar la guardia.

Frank se inclina un poco hacia delante.

—¿Sabes lo que me gusta de este sitio?

—¿Que está oscuro y nadie te reconoce?

—Que parece un secreto. —Señala alrededor—. Nueva York está llena de secretos. Lugares que existen solo si sabes dónde mirar. Como ese bar detrás de la cabina telefónica. O esa librería de viejo en la calle 12 que huele a moho y a promesas rotas. O este sitio.

—Suenas a guía turística existencial.

—Y tú suenas a alguien que necesita que le enseñen más secretos.

Me quedo paralizada. ¿Es una propuesta? ¿Es una invitación? ¿Es Frank siendo amable o está jugando a algo que no entiendo?

—¿Me estás diciendo que tienes una lista de sitios secretos? —pregunto, con escepticismo profesional.

—Digamos que tengo... conocimientos locales.

—Qué misterioso. Eres como un agente del MI6 pero con mejor ropa.

El camarero aparece, nos ve el desastre y no se inmuta. Eso es Nueva York: nada te sorprende del todo, aunque los exámenes parecieran víctimas de una guerra.

Pedimos. Él pidió Cavatelli con cordero. Yo pedí Gnocchi , porque necesito cosas blandas que me consuelen.

—Seltzer para los dos—añade Frank.

El camarero asiente y trae agua con gas como si estuviera apagando un incendio elegante.

Seguimos secando papeles. Yo murmuro insultos en español. Frank entiende algunos. Eso me horroriza un poco.

—¿Qué has dicho?

—Nada.

—Eso no era “nada”. Sonó a… ¿“maldito sea”?

Cierro los ojos.

—Sabes demasiado.

—Sé poco. Pero aprendo. —Y entonces, con una seguridad irritante, suelta en español—: Si yo fuera tú, pediría otra copa.

Lo dice bien. Casi perfecto. El subjuntivo, correcto.

Le miro, estrechando los ojos.

—Eso está bien dicho.

—Claro que está bien dicho.

—No te crezcas.

—No me crezco. Solo… —se inclina un poco— …me gusta cuando me das una nota alta.

Ahí está. Subtexto. Como una bofetada suave.

Me quedo un segundo sin aire. Luego finjo que me concentro en los exámenes, como si el papel mojado fuera lo más interesante del mundo.

—Pues hoy llevas un… notable raspado —digo.

—¿Notable? —levanta una ceja—. Eso en mi país es como decir “me tolero”.

—Exacto.

Nos miramos. En esa luz dorada, él parece menos irritante y más… atractivo. Yo parezco menos gruñona y más… peligrosa para mí misma.

La vela chisporrotea. La cera cae un poquito más por la botella. Afuera, el mundo sigue. Pero aquí dentro, por un rato, el ruido de Manhattan está amortiguado. Y eso, claro, no puede salir gratis.

Cuando por fin conseguimos salvar lo salvable, los exámenes huelen a vino como si fueran poetas bohemios. Los apilo de nuevo, con cuidado. Frank me pasa la copa nueva.

—Brindemos —dice— por la evaluación por acuarela.

—Brindemos —contesto— por no demandar al restaurante por daño emocional y existencial.

—Esa obsesión tuya con las demandas te hace ser tan… tan de aquí.

—Intento integrarme.

Él sonríe. Y no es una sonrisa de “te gano”. Es una sonrisa de “vas bien”.

Y eso me da más miedo que el metro bajo el East River.

Pagamos.

Nota mental: ¿Es normal en este país que no te inviten en una primera cita? ¿O realmente no era una cita? Tengo que consultarlo en Google.

Salimos al exterior y es como si hubiéramos cruzado un portal hacia otro mundo.

Desaparece la magia italiana y la calle nos golpea con frío y realidad.

Caminamos juntos hacia el edificio como dos personas que no saben cómo llamar a lo que acaban de hacer.

¿Cena? ¿Accidente? ¿Tregua? ¿Corregir exámenes?

¿Pacto con el universo versión low cost ?

En el portal, bajo la luz fea del vestíbulo, mi glamur desaparece. Vuelvo a ser yo. Mis medias bajadas. Mi pelo encrespado. Mis exámenes húmedos. Mi vida precaria.

Frank me abre la puerta del ascensor. Entra. Yo entro. Silencio.

—Oye —dice él, mirando mis papeles—. Si quieres, puedo ayudarte a… no sé… pasarlos a limpio. Escanearlos. Lo que sea.

—¿Tú? —me burlo, porque es mi forma de respirar—. ¿Vas a corregir el subjuntivo? ¿O pensabas meterlos en la lavadora con tu detergente caro? Esto no es una blusa.

—No. Pero han acabado casi igual. Acercarse a ti empieza a parecerse a un deporte de riesgo.

—¿Has dicho que quieres alejarte?

—Yo no he dicho eso.

El ascensor sube. El cable cruje. Mi corazón hace una cosa rara, como un salto pequeño.

Llegamos a mi planta. Se abren las puertas. Salgo.

—Buenas noches, Sara —dice él, y su voz suena… demasiado bien.

Camino hacia mi puerta, saco las llaves, peleo con la cerradura (temperamental, como yo). Entro. Dejo los exámenes en la mesa. Me quito el abrigo. Suspiro.

Y entonces me doy cuenta.

Querría cualquier cosa menos que se alejara.

Y eso es un problema. Un problema grave. Malo y pernicioso.