Perdida en Nueva York (Love NYC 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La estación de Chambers Street huele a historia y a orina vieja. Es una combinación olfativa compleja. Los azulejos están sucios, el techo es bajo y hay una humedad que se te mete en los huesos. Aquí abajo, el aire es denso, masticable.

Hoy mi misión no es enseñar el subjuntivo a millonarios, sino justificar mi propia existencia ante la administración.

Tengo una cita para un trámite de visado en el Federal Plaza.

Llevo una carpeta azul bajo el brazo que abrazo con la fuerza de una madre protegiendo a su primogénito.

Dentro van mi pasaporte, mi contrato de alquiler (ese que me cuesta un riñón y medio hígado), y trescientos formularios que juran que no soy una espía, ni una comunista, ni tengo intenciones de derrocar el gobierno a base de tortillas de patata.

Me limpio el sudor del labio superior. Estoy nerviosa. Mi "optimismo de los idiotas", según el Dr. Molina, hoy está de vacaciones. Hoy solo queda el pánico.

Miro el reloj. Voy con tiempo. "No la líes, Sara", me digo. "Solo tienes que coger el metro de vuelta a casa, cambiarte y fingir que eres una persona funcional. Tú ya eres una local. Has sobrevivido a Queens, a máquinas expendedoras racistas y a ventanas que rugen. Tú puedes con esto.”

Entro en el andén. Veo un tren azul acercándose. La línea A, C, E. En mi cabeza, azul es azul. En Madrid, la línea 1 es la línea 1. Para siempre. Hasta que el sol explote. Aquí no. Aquí el sistema de metro es un ser vivo, caprichoso y cruel.

El tren llega con un estruendo que hace vibrar las paredes de la estación. Las puertas se abren. Entro. Consigo sentarme en un hueco entre un señor que duerme con la boca abierta y una chica que se está maquillando con la precisión de un cirujano plástico en medio de un terremoto.

El tren arranca. — This is a Brooklyn-bound A Express train —dice la voz del conductor. Suena rápido. Suena urgente. Yo sonrío. "Express". Eso suena bien. Express significa rápido. Express significa llegar antes a casa y poder quitarme estos zapatos que me están matando.

El tren coge velocidad. Mucha velocidad. Pasamos la estación de Fulton Street. Bien. Pasamos High Street. Bien. Entonces, el tren empieza a rugir. Las luces del túnel se convierten en un borrón continuo. Siento una presión en los oídos. Estamos bajando. O subiendo. O cruzando al inframundo.

Miro el mapa pegado en la pared de enfrente, justo encima de un anuncio de un dermatólogo llamado Dr. Zizmor (o alguien muy parecido) que promete curarte el acné y el alma con láseres de los años noventa.

El tipo tiene una sonrisa de arcoíris y piel de delfín.

Sigo la línea azul con la mirada. La A y la C van juntas.

.. hasta que dejan de ir juntas. La C hace todas las paradas.

La C es amable, lenta, comprensiva. La C es "Local".

La A es un misil balístico. La A es "Express".

El tren pasa por una estación sin parar. Veo a gente en el andén convertida en manchas de colores. Pasa otra. Y otra. Mi sonrisa se congela. — Next stop: Nostrand Avenue —dice el conductor. Miro el mapa. Nostrand Avenue. Eso está en Brooklyn. Eso está muy adentro en Brooklyn.

—No, no, no... —murmuro. ¿Otra vez perdida?

La chica del maquillaje me mira de reojo, termina de delinearse el ojo de gato perfecto y vuelve a su móvil.

Para ella, mi pánico es solo ruido de fondo.

Me levanto. Me pego al cristal de la puerta.

Veo pasar mi vida y las estaciones de Manhattan.

Canal Street, Spring Street, West 4th...

Todas esas paradas útiles y necesarias se desvanecen en la oscuridad del túnel.

El tren cruza el East River por debajo. Siento el peso del agua sobre mi cabeza. Algo malo. Algo pernicioso. Esta vez no es una premonición, es un hecho geográfico. Me estoy yendo del estado, prácticamente.

Cuando el tren por fin se digna a frenar en Nostrand Avenue, salgo disparada al andén como si el vagón estuviera ardiendo.

El aire aquí es diferente. Huele menos a turismo y más a barrio de verdad.

Estoy en Bed-Stuy. O cerca. No lo sé. Mi brújula interna sigue dimitida.

Miro el reloj. He perdido veinte minutos en la dirección equivocada.

Ahora tengo que esperar al tren de vuelta, volver a cruzar el río, volver a la casilla de salida.

Me siento en un banco de madera barnizada que ha visto mejores décadas. Saco el móvil. Sin cobertura, obviamente. Me apoyo la cabeza en las manos. La carpeta azul con mis documentos resbala y cae al suelo, abriéndose en abanico.

—¡Joder! —grito.

Me agacho a recoger los papeles del gobierno. "Formulario I-tal", "Anexo Cual". Una mano aparece en mi campo de visión. Una mano grande, de dedos largos, con un reloj analógico en la muñeca. No puede ser.

Levanto la vista. Ahí está. El abrigo impecable. La postura de quien posee el espacio que ocupa. La media sonrisa arrogante. Frank. Mr. Coffee. El vecino del 6B.

—Creo que esto es tuyo —dice, recogiendo mi fotocopia del pasaporte con una delicadeza irritante. Me quedo paralizada, con el culo en pompa y la dignidad por los suelos (literalmente). Le arranco el papel de la mano. Me levanto de un salto, alisándome la falda.

—¿Qué haces aquí? —le espeto. Ni "hola", ni "gracias". Ataque preventivo.

—Vivo en Nueva York, Sara. A veces salgo de mi apartamento —dice él, con esa calma que me dan ganas de despeinarle a bofetadas—.¿Y tú? ¿Turismo de aventura en la línea A? ¿Otra vez dando una vuelta por el sur?

Siento que me arden las orejas. Ese “otra vez” ha sido especialmente dañino.

—He tenido un... error de cálculo táctico.

—Sara, es la novatada del Express. Un clásico de esta ciudad. Seguro que has cogido el Express pensando que era el Local —traduce él. No es una pregunta. Es una sentencia.

—¡Son del mismo color! —me defiendo, señalando el cartel azul—. ¡Es una trampa para daltónicos y europeos! En mi país, si pintas dos cosas igual, es que son lo mismo. Es lógica aristotélica. Lo aprendí en el instituto.

—Es lógica de la MTA —corrige él—. La A es para los valientes. O para los que tienen prisa. Tú tenías prisa, ¿verdad?

Odio que tenga razón. Odio que me haya visto recogiendo papeles del suelo en Brooklyn cuando debería estar en Manhattan. Y odio, sobre todo, que hoy lleve una bufanda de cachemira gris que parece más suave que cualquier cosa que yo haya tocado en mi vida.

—No tengo prisa —miento—. Me gusta ver mundo. Brooklyn es... encantador en esta época del año.

—Estamos en un túnel, Sara.

—Tiene una acústica preciosa.

Frank suelta una risa corta. Esa risa seca que me pone nerviosa. El tren de vuelta a Manhattan retumba a lo lejos.

Nos quedamos en silencio un momento. Él mira mis papeles, que ahora abrazo contra mi pecho de forma desordenada.

—Parece importante —señala con la barbilla.

—Burocracia. El deporte nacional.

—¿Es una demanda contra la ciudad? ¿Por sus máquinas racistas? ¿o por sus palomas asesinas?

—Es más bien, supervivencia administrativa. Renovación de visados. No debí poner que venía a matar al presidente.

—¿Lo pusiste?

—Claro que no. ¿No sabes lo que es una broma?

—Contigo no acabo de pillarlas. Aunque me haces reír bastante. Volviendo a los papeles ¿Tenías cita?

—Sí. Y ahora mismo mi cita se está yendo a tomar un donut sin mí.

Se apoya en una columna. Parece que hasta cuando se apoya lo hace bien. Me irrita.

—¿A dónde ibas exactamente?

Le digo el edificio, la calle, el horario. Él escucha y asiente con una seriedad inesperada.

—Vale. Entonces necesitas volver ya. —Me mira—. Y probablemente aceptar que no controlas el metro.

—Yo controlo el metro.

—Sara. Estás en Brooklyn.

Me quedo callada, porque la lógica es un puñal.

Para no morirme de vergüenza, lo ataco donde duele.

—¿Y tú qué haces aquí, Mr. Perfecto? ¿Te has venido a experimentar “la autenticidad” como los turistas que dicen que Williamsburg es “raw”?

Él arquea una ceja.

—Trabajo. Tengo… cosas.

—“Cosas”. —Sonrío con maldad—. Qué misterio. ¿Eres un espía? ¿Un asesino elegante? ¿Un señor que vive de herencias?

Frank me mira un segundo, y por primera vez parece… humano. Como si el personaje perfecto tuviera una grieta.

—Tenía una reunión en una fábrica textil en Navy Yard. Soy un simple abogado. No es glamuroso.

Como no, don perfecto es abogado, pero se quita importancia. Faltaría más. Como dice mi madre: “no te fíes de los abogados”. Y yo añado: sobre todo si tienen una sonrisa irresistible e irritante a la vez.

El tren llega. Entramos. Esta vez me aseguro de que ponga lo que tiene que poner. Nos quedamos de pie, agarrados a la barra central. Otra vez esa proximidad forzada. Huele a sándalo y a ese café caro que me persigue. Es un olor limpio, ordenado, que choca con mi olor a estrés y a metro rancio.

Frank carraspea. Me mira de reojo. Parece que está pensando algo.

— Yo... eh... comprendo tu problema —dice de repente en español.

Me giro bruscamente.

—¿Perdón?

— El metro —continúa, pronunciando con un esfuerzo visible, masticando las vocales—. Es... muy difícil. Yo soy perdido muchas veces también.

Parpadeo. Mi cerebro de profesora de español hace un reboot de emergencia. Ha intentado hablar español. Tiene un acento atroz. Un acento de turista rico que pide "dos cervesas, por favor" en Ibiza. Un acento de gringo de manual. Pero lo ha intentado.

Y, sin embargo...

—"Estoy" —digo automáticamente. Es un reflejo condicionado. No puedo evitarlo. Él frunce el ceño.

—¿Qué?

—Has dicho "Yo soy perdido". Es "Estoy perdido". Verbo estar. Estado temporal. A no ser que seas un caso perdido por naturaleza, lo cual, viendo tu historial de arrogancia, es debatible, pero gramaticalmente incorrecto en este contexto.

Frank me mira, sorprendido. Luego, una sombra de diversión cruza sus ojos oscuros.

—Ah. Soy vs Estoy . La pesadilla existencial de vuestro idioma.

—No es una pesadilla. Es precisión. "Ser" es esencia. "Estar" es estado. Tú eres americano. Tú estás en un vagón de metro intentando impresionarme con tu español de nivel A1.

—No intentaba impresionarte. Intentaba ser... simpático .

—Pues te ha salido regular.

Él sonríe. Una sonrisa completa esta vez, que le llega a los ojos.

—¿Por qué aprendes español? —pregunto, bajando un poco la guardia. Solo un poco.

—Negocios. —Se encoge de hombros—. Y porque mi vecina de abajo grita mucho en español cuando se pelea con su lavadora y me gustaría saber si me está insultando.

Siento un calor repentino en el cuello.

—No le grito a la lavadora. Le hablo con firmeza. Es una máquina rebelde.

—El otro día dijiste algo sobre... ¿una paloma diabética? —arquea una ceja—. Eso lo entendí.

—Tienes buen oído para el drama.

Frank me mira y baja la voz:

—Si te sirve, yo también me he equivocado alguna vez. Una vez acabé en Far Rockaway.

—Mentiroso.

—Te lo juro.

—Igual me equivoco, pero creo que estás intentando humanizarte para caerme mejor.

—¿Funciona?

Yo lo fulmino con la mirada. Pero mi cuerpo, el traidor, hace otra cosa: se calma. Como si su presencia le dijera a mi ansiedad: “vale, por lo menos no estás sola en este tutorial de humillación”.

—No —le digo—. No funciona.

Frank asiente, como si aceptara el golpe con deportividad.

—Perfecto.

Y me deja esa palabra flotando entre los dos, como si “perfecto” fuera una manera de decir “me importas” sin admitirlo.

El tren avanza hacia Manhattan. Mi carpeta pesa menos, o quizá es mi cabeza la que pesa menos. No sé.

Solo sé que me irrita que me guste su voz.

Y que me guste que se equivoque en subjuntivo.