CAPÍTULO 5
El sol aquí no llega al suelo; se queda rebotando en las fachadas de cristal de los rascacielos, cegándote sin calentarte, como un foco de interrogatorio policial. Todo es gris, plateado y hostil.
Las suelas se me pegan al suelo por culpa de algo pegajoso que no sé si es refresco, jarabe o lágrimas de becario. Un camión de reparto se traga la calle con un pitido de marcha atrás que suena a alarma de “tu vida no te pertenece”.
Me noto la piel tirante por la falta de sueño y el exceso de calefacción del metro. Llevo una blusa blanca. Blanca . Una decisión estilística que mi madre calificaría de “temeraria” y yo, ahora mismo, clasifico como “suicidio táctico”. Podría mancharse con solo mirarla.
Mi misión es simple. Ridículamente simple. Necesito cafeína. Pero parece que estoy intentando atravesar el Amazonas en tacones. Sí, la misma selva que Mr. Perfecto (estoy pensando en cambiarle el nombre) dice que me estoy cargando.
Camino hacia el Starbucks más cercano, que en Manhattan significa: el Starbucks que está a cien metros del Starbucks.
Entro en el Starbucks de la esquina de la Sexta Avenida.
Hay una cola que da la vuelta a la manzana, llena de turistas en chándal y ejecutivos gritándole a sus AirPods .
¿Por qué empieza la actividad tan temprano?
En España estaría peleándome por encontrar una cafetería abierta.
En la cola todo el mundo está impecable y, sin embargo, todos tienen esa mirada de “si me hablas, te denuncio”.
—Un cortado, por favor, con poquita leche —pido, con esa ingenuidad europea que todavía no se me ha curado del todo.
Una de las cuestiones vitales que más me está costando para mi adaptación cultural es que todavía no sé muy bien cómo pedir los cafés.
Y sí, eso me supera. Hago el gesto universal de “pequeño” para indicar que quiero poca leche con los dedos, pero en Nueva York ese gesto significa “tienes un problema”.
El chico de la barra, que lleva un delantal verde y con cara de adolescente, pero con treinta años, parpadea como si le hubiera pedido un gazpacho con DNI . Suspira y escribe algo en el vaso, gritando:
— ¡One tall hazelnut oatmilk latte extra hot! ¡With caramel!
—No, perdona, he dicho un…
—¡Siguiente!
No discuto. En Nueva York aprendes rápido que discutir con la cadena de montaje alimenticia es perder energía vital. Acepto el vaso. Pesa medio kilo. Solo quería un simple café. No un batido, no un postre líquido. Quemaba como el núcleo de Chernóbil.
Cojo la piscina de leche hirviendo con caramelo y un recuerdo lejano, allá al fondo, de algo que quizá fue café cuando era joven y tenía sueños y salgo a la calle.
Intento dar un sorbo. Me quemo la lengua.
Me quemo el alma. Trago igual, porque tengo clase y porque soy un ser humano lleno de decisiones malas pero consistentes.
Avanzo entre gente que sostiene sus vasos como si fueran las escrituras notariales de sus viviendas.
Esquivo a un tipo disfrazado de Estatua de la Libertad que está fumando un cigarrillo electrónico y, entonces, sucede.
La física, esa ciencia exacta y cruel, decide intervenir.
Alguien me empuja con un maletín rígido —probablemente lleno de secretos financieros o sándwiches de atún— y la tapa de mi vaso, mal ajustada, salta por los aires.
El líquido hirviendo no cae al suelo. No.
Cae en parábola perfecta sobre mi pecho.
Grito. Un grito ahogado, poco digno. La mancha marrón se expande por la seda blanca con la velocidad de un virus tropical.
Y lo peor no es el dolor térmico, ni la vergüenza.
Lo peor es el olor. Ahora huelo a avellana sintética, a sirope barato y a desesperación corporativa.
Soy un muffin humano caminando hacia una reunión de alto nivel.
Voy corriendo hacia el edificio de cristal donde desde hace unos días doy clase a los vicepresidentes de no-sé-qué fondo de inversión.
El vestíbulo es de mármol negro, tan pulido que puedes ver tus pecados reflejados en el suelo.
Paso los tornos de seguridad con mi tarjeta de visitante (que nunca funciona a la primera, claro) y me lanzo hacia los ascensores.
Dentro del ascensor, un hombre impecable me mira, observa la mancha, y vuelve a mirar al frente.
—Joder, me arden las tetas —susurro en español, porque el dolor es real.
El hombre no mueve un músculo. El ascensor se dispara hacia arriba.
Estos ascensores de Midtown son una trampa fisiológica.
Suben tan rápido que las rodillas se te doblan y los oídos se te taponan con un pop doloroso.
Te suben cincuenta pisos en diez segundos y te bajan la autoestima en cinco.
Antes de llegar a la planta 40, tomo una decisión ejecutiva.
Saco el móvil. Abro la app de la academia.
CANCELAR CLASE. Motivo: Fuerza mayor. (O estupidez mayor, lo que el sistema prefiera).
Respuesta del sistema: Ramón va de camino. La penalización será descontada de su nómina.
¿Quién demonios es Ramón? No me importa. Me bajo en la planta equivocada, cruzo el pasillo y bajo por las escaleras de emergencia para no cruzarme con nadie más. Huyo.
Treinta minutos después, llego a la puerta de mi apartamento. El viaje de vuelta en el metro oliendo a cafetería industrial ha sido humillante. Solo quiero entrar, ducharme y quemar esta ropa.
Pero claro, Nueva York nunca te da tregua. Justo cuando estoy metiendo la llave, la puerta de al lado se abre.
Él . Mister Coffee. Va vestido normal, lo cual en él significa insultantemente guapo sin esfuerzo.
—Vaya —dice, apoyándose en la pared del pasillo—. ¿Qué le ha pasado a tu pijama de ositos?
Me mira de arriba abajo. La camisa blanca, mojada y manchada de café, se ha vuelto traslúcida. Se me pega al cuerpo. Y, por si fuera poco, el frío de la calle ha hecho que mis pezones decidan saludar al vecindario.
Me cruzo de brazos violentamente.
—Se está lavando con el detergente barato —miento, con la dignidad de una reina en el exilio.
—No sabía que el detergente olía a Latte de avellana —sonríe. Esa sonrisa torcida. Odiosa. Brillante—. Dame esa blusa.
—¿Perdona?
—Dámela. Trabajo con tejidos. Sé cómo sacar esa mancha sin destrozar la seda. Si la metes en agua caliente tú sola, la vas a fijar para siempre.
Me quedo paralizada. Estoy pegajosa, huelo a azúcar quemado y tengo a este tío ofreciéndose a lavarme la ropa.
—No es café —digo, a la defensiva—. Se me ha cagado una paloma encima. Una paloma con diarrea. Y diabética.
—Ya. —Da un paso hacia mí. Invade mi espacio personal. Huele a jabón limpio, no a sirope—.
Siento que me sube el calor a la cara. ¿Por qué me tiemblan las piernas? Debe ser la cafeína que he absorbido por osmosis cutánea.
—No pienso quedarme en sujetador en el pasillo, Frank.
—Haz una cosa. Entra en tu casa, tíramela por la puerta. Mañana te la devuelvo nueva.
—¿Y si no quiero?
—Entonces tendrás un trapo caro para limpiar el polvo que huele a Starbucks. Tú misma.
Me mira a los ojos. Hay un desafío ahí. Y algo más. Entro en mi apartamento, cierro la puerta de golpe y me apoyo contra ella, respirando agitada. Me quito la blusa pegajosa con rabia. Tiemblo. Abro la puerta una rendija, saco la mano con la bola de ropa húmeda y la dejo caer al suelo del pasillo.
—¡Que te aproveche! —grito.
Oigo su risa al otro lado.
—¡Buenas noches, Sara!
Cierro el cerrojo. Me deslizo hasta el suelo. Estoy semidesnuda, en mi entrada, oliendo a avellana. Ese imbécil se ha salido con la suya. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que mañana tendré que volver a hablar con él para recuperarla.
Esto no es una anécdota. Es una condena.