CAPÍTULO 4
Hay una luz específica en Queens que no existe en Manhattan. En la isla, la luz cae vertical, cortada a cuchillo por los rascacielos, racionada como si fuera un bien de lujo que solo merecen los áticos de la Quinta Avenida.
El tren chirría. No es un sonido mecánico normal; es el grito de un animal prehistórico de hierro retorciéndose en una curva demasiado cerrada.
Estamos cruzando Sunnyside. Abajo se ven los tejados planos de los almacenes, depósitos de agua que parecen oxidados a propósito para una película de gánsteres y miles de ventanitas idénticas.
Miro por la ventana y pienso en lo absurdo de mi misión del día. Voy a Queens porque mi seguro médico —el más barato que pude encontrar sin que fuera una estafa piramidal— solo cubre especialistas en códigos postales que suenan a aventura.
Mi médico de cabecera en Manhattan me derivó al Dr. Molina. “Es de origen español”, me dijo, como si la nacionalidad fuera una garantía de calidad clínica y no simplemente una promesa de que entendería mis tacos cuando me clavaran la aguja.
El vagón huele a una mezcla de desinfectante industrial y empanadillas fritas. Me encanta y me repugna a partes iguales. Es el olor de la supervivencia.
Llego a la consulta. Está en un edificio bajo de ladrillo rojo, encajonado entre una tienda de "99 cents" y una lavandería que expulsa un vapor con olor a suavizante barato a la calle.
(El suavizante barato ahora me huele a flores muertas; el de Mr. Coffee, al que debería empezar a llamarlo Frank, mi vecino del sexto, huele a prado alpino y superioridad moral. Lo odio. Lo recuerdo muy bien).
La sala de espera tiene esa moqueta color tristeza que se instaló en 1984 y nunca se fue. Hay una revista Hola de hace tres años (guiño español) y una pecera donde un pez naranja nada de lado, como si él también tuviera ansiedad y hubiera decidido que la verticalidad está sobrevalorada.
Nota mental: Nunca te fíes de un médico que tiene una pecera con el agua turbia en la sala de espera.
—¿Señorita Sara? —llama una enfermera que masca chicle con una cadencia hipnótica.
Entro. El Dr. Molina es un señor mayor con gafas de montura gruesa y una bata que le queda grande. Tiene pinta de haber visto de todo, desde la gripe española hasta la peste bubónica, y de no estar impresionado por ninguna de las dos. El covid ya le pilló tarde.
Me siento en la camilla, cubriéndome las piernas con ese papel de celulosa que hace un ruido de envoltorio de bocadillo cada vez que respiro. La dignidad es lo primero que te quita la medicina americana; lo segundo es el copago de cuarenta dólares.
Le explico mis síntomas. Le hablo del dolor de estómago que aparece los domingos por la tarde.
De la confusión mental cuando entro en un supermercado y hay cincuenta tipos de leche (soja, almendra, avena, anacardo, macadamia.
.. ¿qué les pasa a las vacas, han pasado de moda?).
Le hablo de los dolores musculares que coinciden con las facturas del alquiler.
Le hablo del miedo. De ese estado de alarma permanente, como si esperara que un piano de cola me cayera encima al doblar la esquina de la calle 42.
El Dr. Molina asiente. Escribe en una ficha de papel (¡papel!) con una pluma estilográfica. Me hace pruebas. Me mira la garganta, me toma la tensión, me hace caminar en línea recta.
Al final, se sienta, junta las manos y me mira por encima de las gafas.
—Bueno, Sara. Tengo el diagnóstico.
Me preparo para lo peor. Tumor cerebral. Úlcera sangrante. Muerte inminente por exposición excesiva al cinismo neoyorquino.
—Tienes una ansiedad crónica y severa —dice con voz de barítono—. Te produce la gastritis, las contracturas y la taquicardia. Tienes el sistema nervioso de un conejo cruzando una autopista.
Asiento. Lo sabía. Soy un desastre clínico.
—Pero... —añade, levantando un dedo—. Las pruebas concluyen algo más. Eres optimista.
Parpadeo. El papel de la camilla cruje bajo mi culo.
—¿Perdón?
—¡Que eres optimista! —repite, casi con alegría, como si me estuviera felicitando por haber ganado la lotería—.
Fisiológicamente optimista. Tu cuerpo se queja, pero tus niveles de recuperación, tu respuesta al estrés.
.. todo indica una resistencia irracional.
Otra persona, con este cuadro de ansiedad, no se levantaría de la cama. Tú sigues yendo en metro.
Me quedo muda. Me siento estafada. He venido a que me den una baja médica o una pastilla mágica, y este señor me está diagnosticando "optimismo".
—¿Me está diciendo que mi enfermedad es tener esperanza? —pregunto, indignada.
—Te estoy diciendo que tu cuerpo es un desastre, pero tu química cerebral se niega a aceptarlo. Es fascinante. Tienes el optimismo de los idiotas.
—¿De los idiotas?
—Es una expresión médica —miente, estoy segura de que miente—. Significa que sigues adelante, aunque la evidencia sugiera que deberías detenerte. Tómalo como un cumplido.
Salgo de la consulta con una receta para un ansiolítico suave y un diagnóstico que me ofende profundamente.
Optimismo de los idiotas . Yo, que me considero la reina del realismo sucio, la crítica feroz de la vida moderna, resulta que tengo un defecto genético que me hace ver el vaso medio lleno, aunque el vaso esté lleno de agua del East River.
Camino de vuelta a la estación. Me compro un pretzel rancio en un puesto callejero solo para castigar a mi estómago optimista.
Subo al tren. Está abarrotado. Consigo un sitio de pie junto a la puerta, aplastada contra el cristal. El tren arranca y volvemos a elevarnos sobre Queens. Y entonces, ocurre.
El tren hace una curva hacia Manhattan y el skyline aparece de golpe.
Ahí está. El Empire State, el Chrysler brillando como una joya art-decó, la aguja del One Vanderbilt.
Se recortan contra un cielo azul insultante.
Son tan bonitos que duelen. Es una belleza agresiva, indiferente.
La ciudad está ahí, brillando, diciéndome: "Soy inalcanzable, soy cara, soy dura, pero mírame. No puedes dejar de mirarme".
Siento ganas de llorar y ganas de vomitar el pretzel . Es el síndrome de Stendhal mezclado con indigestión. Me odio por amarlo. El Dr. Molina tenía razón. Soy una idiota optimista. Creo que, si me esfuerzo lo suficiente, esta ciudad me querrá de vuelta.
El tren se sumerge en la oscuridad. Entramos en el túnel bajo el río. El ruido cambia. Dejamos el traqueteo aéreo por un zumbido sordo, presurizado. Se me taponan los oídos.
De repente, el tren frena en seco.
La inercia lanza a un ejecutivo contra mi espalda. Murmuro un sorry automático (¿por qué me disculpo yo?). El tren se queda quieto. Pasa un minuto. Pasan dos.
Las luces parpadean y se apagan.
Oscuridad total. Solo la luz de emergencia, tenue y amarillenta, al final del vagón. El aire acondicionado se detiene y el silencio se llena con la respiración nerviosa de cientos de desconocidos.
— We are being held momentarily by the train's dispatcher —dice una voz enlatada e incomprensible por los altavoces. Momentarily en el idioma de la MTA puede significar treinta segundos o la llegada del Mesías.
Estamos debajo del agua. Millones de litros de agua sucia sobre nuestras cabezas.
Siento que el corazón me empieza a galopar. Me falta el aire. Empiezo a sudar dentro de mi abrigo. Me voy a morir aquí, en un túnel oscuro, rodeada de gente que huele a curry y a miedo, y ni siquiera he corregido los exámenes de subjuntivo del Grupo B.
Necesito aferrarme a algo. Cierro los ojos.
Intento no pensar en nada. Pero allí está. Dentro de mí.
No sé por qué mi cerebro elige a Frank, el vecino del 6B, alias Mr. Coffee.
Quizá porque es la persona que más me irrita en este hemisferio.
El odio es un ancla excelente. Si me muero aquí, él ganará.
Se quedará con el silencio del edificio.
Podrá poner sus discos de jazz pretencioso sin que yo aporree el techo con la escoba.
Podrá hacer su café de especialidad y el aroma invadirá el pasillo sin que yo ponga cara de asco al cruzarme con él.
Me imagino escribiéndole un mensaje mental. No tengo cobertura, claro, pero lo escribo en mi cabeza con furia:
“Frank: Estoy atrapada bajo el East River. Si muero, quiero que sepas que tu cafetera hace un ruido infernal a las 6:00 AM y que tus camisas siempre están demasiado almidonadas. Pareces un maniquí que ha cobrado vida por un hechizo fallido. PD: Tu gato me cae bien. Tú no.”
Me concentro en los detalles de su cara para odiarlo mejor.
Esa mandíbula cuadrada de anuncio de cuchillas de afeitar.
Esa forma que tiene de mirarme, entre divertido y condescendiente, cuando me ve luchando con las bolsas de basura.
Su voz grave diciendo " Good morning, Sara " como si "buenos días" fuera una frase filosófica compleja.
Respiro. Inhalo, exhalo. El odio me calma. El odio me centra. No le voy a dar el gusto de morirme de un ataque de pánico en el metro.
Pasan diez minutos. Alguien ha encendido la linterna del móvil y la luz proyecta sombras fantasmales en el techo del vagón.
Veo un anuncio publicitario encima de la puerta contraria.
Es de un abogado de lesiones personales.
"¿Te has caído en una obra? ¡Llama a Celino!
" . El tipo sonríe como un tiburón. Me pregunto si puedo demandar a la ciudad por daño emocional y existencial.
De repente, un chasquido. Las luces vuelven. El aire acondicionado ruge de nuevo, levantando una nube de polvo visible. El tren da una sacudida violenta y avanza.
La gente a mi alrededor exhala colectivamente. Nadie se mira a los ojos. Es la regla número uno: compartimos el trauma, pero no la intimidad.
Llego a Grand Central veinte minutos después. Salgo a la superficie boqueando como el pez de la consulta del Dr. Molina. El aire de la calle 42 está lleno de humo de tubos de escape y ruido de sirenas, pero me sabe a gloria.
Me vibra el móvil. Es un mensaje real, no imaginario.
Mr. Coffee: He recogido un paquete tuyo que han dejado en mi puerta por error. Pone "Material Didáctico Urgente". Pesa mucho. ¿Llevas piedras ahí?
Miro la pantalla. Ni siquiera recuerdo cuando intercambiamos los números de teléfono. Me tiemblan las manos, mezcla de la ansiedad y del bajón de adrenalina. Sonrío, una sonrisa torcida y cansada.
Yo: Son diccionarios. Pesan más que tu ego, pero por poco.
Ja. Ahí lo llevas. A ver cómo te sienta eso, don perfecto.
Mr. Coffee: No sabía que seguían imprimiendo estas cosas. Espero que estas wikipedias de otro siglo no acaben con el Amazonas.
Este tío es desesperante. Guardo el móvil. Me aliso el abrigo, que ahora tiene una mancha de grasa sospechosa en la manga. El Dr. Molina tenía razón. Podría haberme quedado en casa llorando, pero aquí estoy, insultando a mi vecino y caminando hacia una clase mal pagada.
Soy optimista por defecto genético. Que desgracia.