CAPÍTULO 3
Por fin encuentro un sitio que puedo permitirme.
Mi nuevo apartamento —“cozy”, dijo la agente inmobiliaria, sonriendo con dientes blanquísimos y un contrato de seis páginas en letra microscópica— tiene unas ventanas que no dan al Empire State.
Ni siquiera dan a la calle. Ojalá. Dan a un patio interior que es, en esencia, el intestino grueso de Manhattan.
Es un rectángulo de oscuridad custodiado por muros de ladrillo negro de hollín y una colección de máquinas de aire acondicionado que no zumban, sino que rugen. Tienen un hambre mecánica, insomne.
Si pongo un vaso de agua en la mesilla, la superficie vibra como en Jurassic Park cuando se acerca el T-Rex. Pero aquí no viene un dinosaurio; viene la factura del alquiler.
El silencio en Nueva York es un concepto de marketing.
Una mentira piadosa que te venden en las películas de Woody Allen para que no te pegues un tiro antes de firmar el contrato de alquiler.
Nueva York te vende el sueño de las luces de neón, pero la realidad es este rugido de motores, el agua hirviendo a presión por las tuberías y el temblor de los trenes del metro que parece que van a brotar por debajo de mi parqué astillado.
No se ve el cielo. Hay pisos por encima, muchos, y pequeñas ventanas rectangulares donde, a estas horas, aún hay luces encendidas. Vidas verticales. Insomnios ajenos.
Yo tampoco puedo dormir y mañana tengo tres clases seguidas.
Adultos ejecutivos que dicen “gracias” como si fuera “grasias” y creen que Cervantes es una marca de vino.
Aunque ya llevo una semana en la ciudad, tengo el jet lag pegado a los párpados como cemento y la ansiedad de quien ha pagado una fianza equivalente a un riñón por vivir en una caja de zapatos con vistas a la miseria ajena.
A través de los cristales, opacos de una mugre que parece llevar allí desde la administración de Giuliani, veo la ventana de enfrente. Está iluminada. Un tipo cocina pasta a las cuatro y media de la mañana. Lo observo con una mezcla de envidia y odio purulento.
El tipo se mueve con una parsimonia irritante, echando sal al agua hirviendo, probando un poco y echando otro toque de mantequilla, mirando a la nada.
No parece borracho. Parece resignado. Durante siete minutos repite la mecánica.
Pasta. A las cuatro. Sin prisa. Como si fuera lo más natural del mundo.
Me dan ganas de saludarle, o de gritarle que le ponga un poco de orégano, pero el rugido de los ventiladores se comería mi voz. Me siento extrañamente acompañada por su hambre intempestiva y, a la vez, profundamente sola.
Nueva York es esto: compartir tu insomnio con un desconocido al que ves en calzoncillos, pero cuyo nombre nunca sabrás.
Él tiene espaguetis; yo tengo una caja de galletas saladas rancias y un pijama de felpa con dibujos de osos que mi madre me obligó a meter en la maleta "por si refrescaba".
Mamá, aquí no refresca. Aquí la humedad te mastica y te escupe.
A las siete de la mañana, mi cuerpo ha decidido que ya basta de fingir que va a descansar. Mi pelo sigue con un volumen que desafía las leyes de la física. Parezco un algodón de azúcar abandonado en un callejón.
Tengo que lavar ropa. Mi blusa de seda de la clase con Mrs. Vandeheuvel huele a una mezcla de "miedo al fracaso" y "túnel de la calle 50".
Y, por si fuera poco, necesito ropa interior limpia.
Mi maleta sigue a medio deshacer y mi "rotación de bragas decentes" ha llegado a su fin.
Me quedan las de la vergüenza, esas que tienen la goma dada de sí, y me niego a usarlas un día más.
El problema es que, en este edificio, como en casi todos los que no pertenecen a herederos de imperios petroleros, la lavandería está en el sótano. Un sótano que huele a cloro, a metal oxidado y a algo que prefiero no identificar.
Bajo con mi bolsa de lona al hombro, abrazando mi botella de detergente barato del Target como si fuera un escudo de armas.
Llevo puestas unas sandalias de goma, el pijama de osos y las ojeras me llegan a la comisura de los labios.
Soy un cuadro grotesco. Si alguien me viera ahora, llamaría a una unidad de intervención social.
Pero esto es Nueva York: puedes ir vestida de árbol de Navidad y la gente solo se quejará de que ocupas demasiado espacio en el pasillo.
O eso creía.
Abro la puerta de metal pesada con la cadera. La puerta de la lavandería chirría. Entro y el vapor me golpea la cara. Y ahí está él.
—Mierda —susurro.
El tipo del metro. El de la botella de agua noruega y la sonrisa perfecta. El del código postal de Beverly Hills. El que me perdonó los 2.90 y me llamó idiota con la mirada.
Está metiendo una sábana blanca —blanco nuclear, blanco "tengo la vida resuelta"— en la lavadora número 4.
Lleva una camiseta gris, de un grupo de música que no conozco, que le queda insultantemente bien para ser tan temprano y sostiene un café humeante en un vaso de cartón que huele a grano recién molido, no a la ceniza aguada que yo tomo.
Como no, Mr. Coffee. ¿No era una ciudad con millones de personas? ¿Por qué siempre la misma?
Me quedo congelada. Mi primera reacción es darme la vuelta y fingir que soy una sonámbula, pero mi botella de detergente decide resbalar de mis brazos sudados y cae al suelo con un estruendo plástico que resuena en todo el sótano.
—Vaya —dice él, sin girarse del todo, pero con esa media sonrisa que ya empiezo a detestar—. Veo que el pijama de osos es el uniforme oficial de las siete de la mañana en este bloque.
Cierro los ojos un segundo. Me siento ridícula.
—¿Vives aquí? —pregunto, intentando que mi voz no suene como si me acabaran de atropellar.
—Piso 6B. Tú debes de ser la nueva del 5, la que pelea con la cerradura todos los días a las seis de la tarde. Se oye desde el rellano.
—La cerradura es... temperamental. Como la ciudad —replico, agachándome para recoger el detergente. El pijama de felpa se me pega a la espalda. Siento que estoy sudando por las rodillas. Es una sensación humana y horrible.
Él se acerca y, antes de que pueda reaccionar, me quita la botella de las manos.
—Es mejor que no uses tanto de este —dice, señalando la etiqueta del detergente barato—. Deja residuos en estas máquinas viejas. Y en la ropa. Por eso tu pijama parece... rígido.
—Mi pijama está perfectamente —miento, mientras noto que el tejido de felpa me pica de forma insoportable—. Y no necesito consejos de lavado de alguien que bebe agua embotellada de los fiordos.
Él suelta una risa corta, seca. Me devuelve la botella. Sus dedos rozan los míos por un milisegundo y noto un calambre que no tiene nada que ver con la electricidad estática del ambiente. Es una chispa molesta, inoportuna.
—Soy Frank —dice, extendiendo la mano que no tiene el café—.
Si vamos a ser vecinos, que menos que presentarnos como se debe.
Y, por cierto, si quieres dormir esta noche, pon papel de aluminio en los bordes de la ventana del patio.
Amortigua la vibración de los aires acondicionados. Un truco de veterano.
Miro su mano. Miro mi bolsa de ropa sucia donde asoma un calcetín rosa con un tomate en el talón. La dignidad es algo que se queda en el control de pasaportes de JFK, claramente.
—Sara —digo, estrechándole la mano con la firmeza de un flan—. Y no te preocupes que sé cuidarme solita.
Me doy la vuelta hacia la lavadora número 1, sintiendo cómo el calor me sube por el cuello. Meto toda mi ropa de golpe, mezclando blancos y colores con una furia suicida. Escucho el sonido de su café al ser sorbido. Es un sonido elegante, medido. Lo odio. Lo odio con cada fibra de mi ser cansado.
Salgo de la lavandería sin mirar atrás, arrastrando mis sandalias de goma por el pasillo de cemento. Al llegar a mi puerta, la cerradura vuelve a encasquillarse. Forcejeo con la llave, con ganas de llorar o de patear la madera, hasta que finalmente cede.
Entro en mi cueva. El vaso de agua sobre la mesa sigue vibrando. El rugido del patio sigue ahí, recordándome que soy una pieza insignificante en esta maquinaria de acero y vapor. Me quito el pijama y me meto en la ducha, donde el agua sale con una presión que parece querer arrancarme la piel.
Cierro los ojos y me viene el olor de su café. Y de su ropa limpia.
¿Es posible odiar a alguien solo porque su ropa huele a suavizante caro y la tuya a humedad?
Claro que sí. En esta ciudad, es lo más sensato que he hecho en toda la semana.