CAPÍTULO 2
Hay pocas cosas que definan tanto tu estatus en Nueva York como la forma en que entras al metro. Si deslizas la tarjeta sin detener el paso, con un movimiento fluido de muñeca, eres un local. Eres parte del ecosistema.
Si te paras, buscas la tarjeta, la pasas, te da error ("SWIPE AGAIN"), te golpeas la pelvis con la barra de metal y tienes que retroceder mientras una fila de ejecutivos te mira con odio homicida... bueno, entonces en ese momento eres yo. Acabas delatándote.
La pantalla táctil tiene una capa de mugre geológica y una sensibilidad táctil nula. Tienes que aporrearla. Tienes que agredirla para que entienda que quieres un idioma reconocible, porque el que la ha utilizado antes que tú, hablaba de todo menos inglés o español.
Me pongo en la cola. Delante de mí, un tipo anda a voces con el móvil. No me gustaría ser el que está al otro lado de la línea. Detrás, una mujer con un cochecito de bebé que parece un tanque de combate me clava la rueda en el talón de Aquiles.
Llega mi turno. Selecciono: MetroCard . New . Unlimited Ride . 7-Day . La máquina me pide el pago. Meto mi tarjeta de débito española. La pantalla parpadea y me lanza la pregunta trampa: "ENTER ZIP CODE" .
El código postal. Esa pequeña trampa xenófoba de los sistemas de pago americanos. En España tenemos cinco dígitos. Aquí también. Pero mi banco está en Madrid (28004) y la máquina quiere verificar que vivo aquí… si supiera al menos el de mi hotel en el que me estoy quedando provisionalmente…
Pruebo con el único código postal americano que conozco gracias a la televisión de los noventa. 9-0-2-1-0 . La máquina piensa. "TRANSACTION CANCELED" . Maldita sea, Brandon Walsh.
Intento mantener la calma. Siento el aliento de la mujer del carrito en mi nuca.
— No tengo todo el día —masculla alguien más atrás.
Vale. Plan B. Efectivo. Saco un billete de 20 dólares y uno de 10 y cinco de 1. El efectivo que traía para el tema de las propinas, por si acaso. Soy previsora. El problema es que el billete de 20 está un poco arrugado.
Lo aliso contra el borde de metal de la máquina. Lo introduzco en la ranura que brilla con una luz verde intermitente, como una boca hambrienta.
La máquina se lo traga. Rrrrt . Pasan dos segundos. Lo escupe. Lo vuelvo a meter. Lo traga con más desgana. Lo escupe de nuevo. "BILL NOT ACCEPTED" .
Empiezo a sudar. Es ese sudor específico de Nueva York: frío, pegajoso y con olor a estrés. Intento planchar el billete con la mano. La cara de Andrew Jackson me mira con decepción.
—Por favor —susurro en español—. No me hagas esto. Tengo clase en diez minutos y mis alumnos son brokers de Wall Street que huelen el miedo.
Vuelvo a meter el billete. La máquina hace un ruido de carraca. Clac-clac-clac . Se lo traga. Bien. Pero entonces, la pantalla se pone en rojo. "OUT OF SERVICE" . Y se apaga. Con mis 20 dólares dentro.
Me quedo paralizada.
No grito porque no tengo aire.
Miro hacia la ventanilla del agente.
Hay un cristal blindado y, detrás, una silla vacía. Con el tiempo descubriré que la silla siempre suele estar desocupada. O hay alguien durmiendo. O hay alguien ignorándote con una profesionalidad olímpica.
La cola detrás de mí empieza a dispersarse con bufidos y chasquidos de lengua. Me siento como un obstáculo de tráfico. Soy un cono naranja con patas.
—¿Otra vez tú ?
Esa voz. Me giro. Es él. Mr. Coffee . Lleva el mismo abrigo impecable, pero hoy ha cambiado el café por una botella de agua de marca noruega que cuesta más que mi desayuno. Me mira desde una altura insultante.
—¿Me estás siguiendo? —le pregunto, a la defensiva. Mi inglés suena estridente, demasiado agudo.
Él ignora mi pregunta. Mira la máquina apagada. Mira mi cara de desesperación. Mira la cola que se ha formado en la máquina de al lado.
—Te está pidiendo el Zip Code —dice, como si explicara física cuántica a un hámster.
—Sé lo que me pide. Pero mi tarjeta es europea y la máquina es racista. Y ahora se ha tragado mi dinero.
Él suspira. No es un suspiro de empatía. En realidad, creo que querría decir: ¿de dónde ha salido esta tía? .
Se acerca a los tornos. Saca su móvil.
—Pasa —me dice, señalando el lector OMNY.
—No —replico, digna—. No necesito tu caridad. Necesito recuperar mi billete. Voy a esperar al agente.
Él mira la ventanilla vacía. Luego me mira a mí.
—El agente no va a venir. Y si viene, te hará rellenar un formulario que enviarán a Buffalo y te mandarán un cheque de 20 dólares dentro de seis meses. ¿Tienes seis meses?
Me muerdo el labio. Tengo ocho minutos para llegar a Columbus Circle. Pero prefiero no contestarle.
—Insisto. ¿Merece la pena esperar seis meses?
—No.
—Pues pasa.
Él acerca su móvil al lector. La pantalla se pone verde.
GO . El torno hace ese sonido mecánico y permisivo: clack .
Dudo. Mi madre me enseñó a no aceptar cosas de desconocidos, especialmente de desconocidos guapos que me han visto perder la dignidad dos veces en 24 horas.
Pero el torno está abierto. Y la ciudad no espera.
Cruzo. La barra de metal me golpea el muslo. Me estremezco pensando que ha sido él. Pero él cruza justo detrás de mí, usando su propia tarjeta física esta vez. Estamos en el andén. La gente se agolpa. El calor es asfixiante. Busco en mi bolso. Saco tres billetes de un dólar.
—Toma —le digo, extendiendo el puñado de billetes arrugados—. Si no me equivoco son 2.90 el viaje. Aquí tienes... puedes quedarte con lo que sobra de propina.
Él mira mi mano como si le ofreciera un pañuelo usado por una persona resfriada.
—Guárdalo.
—No. No me gusta deber nada.
—No me debes nada. Solo me debes el tiempo que me has hecho perder mirando cómo peleabas con una máquina que probablemente lleva ahí desde el año 1990.
—No estaba peleando. Estaba negociando.
—Ibas perdiendo —dice él.
Llega el tren. Un Express . Esta vez me he asegurado. Entramos. Nos quedamos de pie, agarrados a la misma barra central, pero en lados opuestos. Nuestras manos están a diez centímetros. Lo miro de reojo. Tiene las uñas limpias, cortadas al ras. Reloj analógico, nada de Apple Watch.
—Gracias —murmuro, mirando hacia la publicidad de un abogado que promete "Divorcios Rápidos por $399". Me da rabia decirlo. Me quema la garganta.
—De nada —dice él, mirando al frente—. Por cierto, el código postal de tu hotel suele funcionar si pones solo los números. O el 10001. El de Beverly Hills ya no cuela desde el 2005.
Abro la boca. ¿Cómo sabe que he puesto el de Beverly Hills? Me mira. Sonríe. Esa media sonrisa otra vez.
—Se veía en el reflejo de la pantalla. Tienes que tener cuidado con los reflejos en esta ciudad. Te delatan.
El tren frena en 59th Street. Es mi parada. Tengo que bajar. Él no se mueve. Me deslizo entre la gente.
—¡Adiós! —le digo, más alto de lo necesario. Él no contesta, solo levanta levemente la botella de agua noruega a modo de despedida.
Salgo a la superficie en Columbus Circle. El aire huele a caballos y a asfalto. Tengo 15 dólares en la mano y una deuda moral de 2.90 con un tipo que cree que soy idiota. Miro el billete de un dólar. George Washington tiene cara de saber algo que yo no sé.
Algo malo. Algo pernicioso. No es por el dinero. Es porque ahora, cada vez que cruce un torno, voy a acordarme de sus manos. Y eso, en una ciudad de ocho millones de personas, es un problema estadístico muy grave.