Capítulo Dieciséis
Gray
Cruzo descalza la lujosa moqueta y me seco con una toalla suave. Quienquiera que sea el amigo de Valentine, le gusta vivir bien. La potente ducha fue divina, nada que ver con la del motel.
Me recojo el pelo en una coleta, me echo un poco del perfume barato que traje y me pongo una camiseta y pantalones cortos.
Los talones ya no me duelen, pero las piernas me molestan un poco.
Cuando atravieso la casa y entro en la cocina abierta, me detengo.
Valentine está de espaldas. Hay un surtido de comida en la encimera y parece que está preparando un festín en lugar de un almuerzo rápido.
Observo el contorno de sus hombros fuertes marcándose bajo una camiseta azul lisa y se me escapa un suspiro.
Se gira al oírme y me fulmina con la mirada.
—Te dije que me llamaras cuando terminaras para poder ocuparme de tus pies.
—Ya están bien.
Entrecierra los ojos y se acerca. Me agarra por la cintura y me sube a la encimera. Chillo cuando me planta sobre el mármol y me coge el pie.
—Estoy bien —protesto.
Me inspecciona el talón y sus dedos rozan el arco del pie. Suelto una risita. Es tan serio que no puedo evitar adorarlo. Nadie más se preocuparía por si tengo una o dos ampollas. Para ser un tipo fuerte y peligroso, es el hombre más atento que he conocido en mi vida.
Pasa al otro pie, lo examina y sacude la cabeza.
—Debería haberte cuidado mejor, Pequeña. Tendrías que habérmelo dicho.
—¿Qué podrías haber hecho? Teníamos que caminar hasta aquí. No iba a retrasarnos.
Sacude la cabeza y su expresión seria da paso a una sonrisa reticente.
—Eres más dura de lo que pareces.
Desliza las manos por mis pantorrillas, pasa por las rodillas y llega a los muslos. Las deja ahí, con los dedos apretando la cara interna de mis muslos. Bajo la mirada hacia sus manos fuertes sobre mis piernas esbeltas. El sexo se me contrae.
Su sonrisa se vuelve cómplice. Me paso la lengua por el labio. Sacude la cabeza de nuevo.
—Primero la comida.
—¿Qué? —pregunto.
—Sé lo que estás pensando. Primero la comida. Ya te descuidé. No voy a dejarte pasar hambre también.
Cruzo los brazos sobre el pecho.
—Solo me siento descuidada de una manera.
No sé por qué insiste tanto en que necesito comer. Solo quiero una cosa en este momento, y desde luego no es comida.
Me da un golpecito en la punta de la nariz con un dedo.
—No más pucheros. No sabes lo que te conviene, Pequeña.
Me coge y me baja, pero no sin antes darme un beso en la frente.
—¿Por qué no abres las puertas del balcón? Vi unas sillas allí fuera.
Señala con la cabeza hacia los amplios ventanales que ocupan el frente de la casa.
—Bien, señor dictador. Lo que tú digas.
Lo oigo reír mientras me alejo a abrir las puertas y sacar las sillas al sol. Cuando termino, ha traído sándwiches y los ha puesto en la mesa.
—No pensé que habría comida fresca —murmuro mientras cojo un panecillo crujiente.
—Había algunos en el congelador. Solo tuve que tostarlos y descongelar el resto. Aunque no hay ensalada ni nada.
—Bien. Odio la ensalada.
Sonríe.
—No te prometo que no vaya a obligarte a comerte todas las verduras. Necesitas fuerzas.
—Ah, ¿y eso por qué?
Me lanza una mirada.
—Tú come, Gray.
Resoplo y hago lo que me dice. La verdad es que tengo bastante hambre y el panecillo recién tostado está delicioso.
Cuando terminamos, Valentine rechaza mi oferta de recoger y lleva los platos adentro.
Me levanto y me apoyo en la barandilla para contemplar las olas.
Con el aroma del océano envolviéndome y el sol de la tarde calentándome la piel, me siento más contenta de lo que he estado en mucho tiempo.
Una mano se posa en mi hombro y aparta un mechón de pelo. Sus labios me hacen cosquillas en la piel y suspiro, ladeando la cabeza para darle mejor acceso a Valentine.
—Sabes tan bien. Ha sido un infierno resistirme a ti.
—¿Eso significa que ya no te resistes?
—Quizás —murmura contra mi piel.
Los pezones se me endurecen rebeldes contra la camiseta cuando sus manos empiezan a recorrerme el cuerpo. Las dos manos encuentran mis pechos y me pellizcan los pezones hasta endurecerlos aún más. Gimo y me recuesto contra él.
—He estado pensando en tus pechos todo el día. Recordando su sabor.
Me sube la camiseta y deja el estómago al descubierto ante la brisa del océano. Luego la empuja más arriba y me tapo el pecho con las manos.
—¡V!
—Estamos completamente solos. Nadie puede vernos.
Intenta subirme la camiseta por encima de los pechos.
—Pero... pero estamos fuera. En público —siseo como si alguien fuera a oírme, lo cual sé que es ridículo.
—Confía en mí, te gustará.
Bajo las manos. ¿Cómo no voy a confiar en él? Ha tenido razón en todo hasta ahora. Valentine sabe lo que quiero incluso antes que yo. Me sube la camiseta y el aire me roza los pezones. Las mejillas me arden. Si alguien estuviera paseando por la playa, podría verlo todo.
Valentine me hace levantar los brazos y me quita la camiseta.
Enseguida me recompensa el tacto cálido de sus manos ásperas en mi piel.
Me recuesto contra él y cierro los ojos.
Una oleada de excitación me recorre y las bragas ya están empapadas.
Desliza una mano hacia abajo y desabrocha el botón de los pantalones cortos.
El sonido de la cremallera me resuena en los oídos.
Me los baja y me hace salir de ellos. Sin sus manos en mi cuerpo, me siento expuesta ante el mundo. La cabeza me da vueltas de anticipación. Cada roce del aire fresco en la piel me recuerda mi desnudez.
Valentine presiona un dedo en mi hendidura a través de las bragas y un gemido ronco brota de él.
—Tan. Jodidamente. Mojada.
Sus palabras me hacen cosquillas en la nuca mientras me acaricia con la nariz.
Me inclino hacia el contacto, intento frotarme contra sus dedos en busca de algún alivio.
Este hombre me vuelve loca de todas las maneras posibles.
Retira los dedos y los desliza por la cinturilla de las bragas.
Respiro agitada mientras traza un camino por el borde de las bragas, rodea mi trasero y sube entre mis piernas. Luego las agarra.
El aire roza mi coño ardiente. Contengo el aliento e instintivamente llevo la mano hacia allí para cubrirme, pero él me agarra ambas manos y las presiona contra la barandilla.
Las mantiene ahí mientras empuja su cuerpo, aún vestido, contra el mío.
Hay algo tremendamente excitante en que él siga vestido mientras yo estoy totalmente desnuda y a su merced.
Suelta una de mis manos y desliza la palma por mi trasero, subiendo por mi espalda hasta hundir los dedos en mi cabello.
Lo agarra y me echa la cabeza hacia atrás.
Me besa profundamente mientras me sujeta el pelo con fuerza.
Gimo y le devuelvo el beso, enredando mi lengua con la suya.
Sus vaqueros rozan mi trasero desnudo y siento su polla tensa contra la tela.
Rompe el beso y me suelta el cabello. Va repartiendo besos por mis hombros desnudos mientras me coloca en posición con las manos: las mías en la barandilla, el trasero hacia atrás, dejando mi coño expuesto para él.
Miro hacia el océano e intento recordar algún momento en que me haya sentido así. Libre, sexy, completamente enamorada.
La verdad es que nunca me he sentido así. Valentine me hace sentir tanto... Nunca me di cuenta de lo insensible y aislada del mundo que me había vuelto.
Su mano se desliza sobre una nalga y suelta un gruñido de aprobación.
—No tienes ni idea de lo hermosa que estás, Pequeña. Tu coño está tan húmedo, tan listo para que te folle.
Sus palabras me encienden el cuerpo.
Oigo bajar su cremallera y espero, con la respiración cada vez más agitada.
Me pone una mano en la espalda y embiste dentro de mí con tanta fuerza que duele una fracción de segundo.
Está enterrado en lo más profundo antes de que pueda siquiera soltar un grito ahogado.
El dolor ardiente se transforma en placer instantáneo.
Intento gritar pero no me sale la voz, sepultada bajo un éxtasis interminable.
Repite el movimiento, saliendo de mí hasta que la punta de su erección roza mis pliegues, y luego vuelve a enterrarse con una embestida dura, implacable.
Una y otra vez, hasta que ninguno de los dos aguanta más.
Sus dedos se clavan en mis caderas mientras me folla con una intensidad que solo un hombre como Valentine podría tener.
Me corro tan rápido que lo pilla desprevenido.
Suelta un «joder» y se derrama en lo más profundo de mí.
Siento el calor y cómo su polla palpita dentro de mí.
Cuando sale de mí, me agarra y me levanta en brazos. Estoy tan saciada que no tengo fuerzas, así que puede hacer conmigo lo que quiera. Me lleva al dormitorio, me acuesta, me limpia y luego se quita la ropa. Nos mete a los dos bajo las sábanas y me atrae hacia su cuerpo, pegándose a mi espalda.
—Te quiero, Pequeña —murmura contra mi pelo.
Las palabras atraviesan la neblina de mi mente. Me giro y lo miro parpadeando, escrutando su rostro, preguntándome si me las habré imaginado.
—¿Qué... qué has dicho?
—Te quiero, Pequeña.
Lo dice con tanta naturalidad que no tengo motivos para dudar de él. Una calidez me recorre por dentro, llenándome el pecho y el corazón. Sonrío y le rozo los labios con un dedo, esos labios que acaban de pronunciar las palabras más dulces que he oído en mi vida.
—Te quiero, Valentine.
Me besa con fuerza antes de separarse.
—Siempre te he querido, ¿sabes? Desde que te conocí. Obviamente lo que sentía era diferente cuando eras más joven. Te quería como a una hermana pequeña durante un tiempo, pero luego creciste y te convertiste en... bueno... —hace un gesto hacia mi cuerpo—. En esta mujer espectacular.
Niega con la cabeza.
—No sabes lo loco que me volvías.
—Tú también me volvías loca. Creo que yo también te he querido durante mucho tiempo. Simplemente no entendía lo que sentía.
Le acaricio el rostro.
—Me alegro tanto de entenderlo ahora.
—¿De verdad lo entiendes?
Asiento.
—¿Te das cuenta de adónde nos lleva esto? Ahora que te tengo, no pienso soltarte.
—Bien. No quiero que lo hagas.
—Aunque Danny no lo apruebe.
—Seguro que no, pero él no es mi dueño.
—Lo es. Pero quiero ser yo quien cuide de ti de ahora en adelante. Te cuidaré, Gray, te lo prometo. Cuando esto termine, iremos donde tú quieras. Empezaremos de cero. Joder, hasta me pasaré al lado legal. Tengo dinero suficiente para montar un negocio decente.
—¿Y qué harás?
Se encoge de hombros.
—Tengo mis habilidades. Quizá una asesoría contable o algo así.
Intento imaginármelo con traje y no lo consigo. Se me escapa una risa.
Esboza una media sonrisa.
—Vale, quizá eso no. Pero encontraré algo. Haré lo que haga falta para cuidar de ti. Tú y yo, Pequeña. Así van a ser las cosas.
Asiento y me inclino para besarle. Él y yo. Para siempre. Suena perfecto.