Capítulo Diecisiete
Valentine
Por tentador que sea mantener a Gray en la cama todo el día, salgo del cálido capullo de su cuerpo desnudo al amanecer. Sigue dormida, saciada después de tanto hacer el amor.
Se me escapa una sonrisa. Hacer el amor. No creía ser capaz de eso. No alguien con un pasado tan feo y sórdido como el mío.
Tiene los labios entreabiertos y unos mechones de cabello le cubren el rostro. Me resisto al impulso de apartarlos por miedo a despertarla. Mi niña necesita descansar después de ayer. El corazón me late con fuerza ante su hermosa imagen, un ritmo potente que me recuerda mi razón de vivir.
Gray.
Siempre Gray. Siempre lo ha sido y siempre lo será.
Sospecho que la única razón por la que llegué tan lejos —sobreviví a Irak y al turbio mundo de su hermano— fue para poder amarla y protegerla.
No sé qué me deparará la próxima semana, y mucho menos el próximo año, pero sí sé que no me apartaré de su lado.
Aunque tenga que enfrentarme a Danny y explicarle que me he estado tirando a su hermanita.
Me pongo unos bóxers y salgo a la sala de estar.
El sol entra a raudales por las ventanas, proyectando dedos anaranjados de luz sobre cada superficie.
Una mañana tendré que despertarla así. Quizás me deslice bajo las sábanas y la lama hasta hacerla correrse.
Luego la traeré aquí y contemplaré cómo la luz acaricia su cuerpo desnudo antes de presionarla contra el cristal y penetrarla.
Respiro hondo e intento olvidar las imágenes y concentrarme.
Todavía tengo que contactar a Danny e informarle del cambio de planes.
Aunque no pienso decirle dónde estamos. Nadie conoce este lugar y no estoy dispuesto a revelárselo ni siquiera a él.
Quienquiera que nos persiga tiene un largo alcance.
Rebusco en mi bolsa un teléfono desechable y marco el número. Danny responde con voz áspera por la tensión, pero alerta. Ni siquiera sé dónde se esconde, pero dudo que haya dormido mucho desde que estalló todo esto.
—Tuvimos que movernos —le digo.
—¿Gray? —pregunta Danny.
—A salvo. Nadie intentó hacerle daño. Pero conocían nuestra posición. Parece que alguien está intentando que los Vincenzo y quién sabe quién más les hagan el trabajo sucio.
—Alguien que no quiere que sepamos quién es.
Emito un gruñido de asentimiento.
—Lo investigaré. Solo mantenla a salvo.
—Sabes que lo haré.
—Protégela como si fuera tuya, V. Lo digo en serio.
Como si pudiera hacer otra cosa. Es mía. Es prácticamente parte de mí, latiendo con fuerza en mi corazón. —Puedes confiar en mí, Danny —miento. Puede confiar en que la mantendré a salvo, claro, pero aparte de eso...
—Sí, lo sé.
Probablemente debería sentir una punzada de culpa, pero no es así. Danny ha sido bueno conmigo. Me dio dinero y poder. Pero nada de eso se compara con lo que me da Gray. Y si quiere lo mejor para ella, tendrá que entender que eso significa dejármela a mí.
—Llama en dos días —ordena Danny—. Tendré más noticias. Nos han llegado algunos rumores, pero si os encontraron a ti y a Gray, creo que sé dónde buscar.
—Entendido. —Cuelgo y al girarme encuentro a Gray de pie en la entrada de la sala.
Envuelta en una sábana, parece un jodido regalo esperando a que lo abran. El cabello revuelto y los ojos somnolientos completan la imagen.
—¿Era Danny?
Asiento.
—Ojalá me hubieras despertado. Me habría gustado hablar con él.
—No hay nada que decir.
—Es mi hermano. Lo echo de menos. Quiero hablar con él.
Niego con la cabeza. —Es mejor que te mantengas al margen de esto.
Arquea una ceja oscura. —¿Mantenerme al margen? ¿Cómo voy a hacerlo? Hay gente intentando matarme por quién es mi hermano, V. No creo que tenga muchas opciones aparte de estar involucrada.
—No hay nada que necesites saber.
—¿En serio? ¿Nada en absoluto? Te encanta mantenerme a oscuras, ¿verdad?
Suspiro. —Sabes todo lo que yo sé.
—Teniendo en cuenta que ni siquiera sabía tu nombre completo hasta hace poco, no estoy segura de poder fiarme de tu palabra. Eres el tío más reservado que conozco.
No logro entender cómo hemos pasado de imaginarme quitándole esa sábana, deslizando los dedos por sus nalgas, separándolas y metiéndole un dedo en ese apretado agujero... a estar prácticamente discutiendo. Gray cruza los brazos sobre el pecho y levanta la barbilla. Ahora sé que esto va para largo.
—Es que ni siquiera me cuentas cómo llegaste a trabajar para mi hermano.
—No es que no quiera. —Me paso una mano por el pelo—. Es que no necesitas saberlo.
—¿En serio? ¿Y qué más no necesito saber? No olvides que ayer me dijiste que me querías. Dijiste que estaríamos juntos para siempre. Y ahora ni siquiera confías en mí para hablar con mi propio hermano ni me cuentas la verdad sobre nada. No soy una niña, V.
V. Empiezo a odiar eso. Quiero volver a ser Valentine para ella. Niego lentamente con la cabeza.
—Pequeña, no eres tan adulta como crees.
Sus ojos relampaguean. —Soy lo bastante adulta para que me folles.
Percibo el dolor en su voz y maldigo. Doy un paso hacia ella, pero retrocede. —Lo que quería decir era...
—Sé lo que quisiste decir. Todavía me ves como una niña y no confías en mí —suspira frustrada—. No sé cómo crees que funcionará una relación si ni siquiera puedes verme como una adulta.
—Pequeña...
—¿Ves? —alza los brazos y vuelve pisando fuerte al dormitorio. La puerta se cierra de un portazo tras ella, haciendo vibrar las ventanas. Tomo aire profundamente y me quedo mirando el lugar donde estaba hace un momento.
—Joder —siseo para mis adentros. No tengo ni puta idea de cómo ha pasado esto y está equivocada.
Tan jodidamente equivocada. No la veo como una niña desde que le abrí las piernas y le probé el coño.
Desde que me di cuenta de que se estaba convirtiendo en mujer y no podía dejar de empalmarme por ella.
La he visto como inocente e intocable, claro, pero mi cuerpo supo mucho antes que mi mente que se había convertido en una mujer. Una mujer a la que no podía resistirme.
Aunque tiene razón en lo de guardar secretos. No puedo evitar querer mantenerla alejada de todo, incluso de su hermano. Él sabe demasiado sobre mi pasado.
Sabe que soy un asesino.
Pero en algún momento tengo que contárselo. Probablemente sea mejor que se lo cuente yo y no Danny.
Eso espero.
Me armo de valor para enfrentarme al pasado. Trabajar con Danny garantizó que permaneciera enterrado y olvidado. Para el resto del mundo, el soldado asesino había desaparecido, y así era como yo quería que fuera.
Abro la puerta del dormitorio con cuidado y la encuentro sentada en la cama, de cara a la ventana. Las persianas siguen cerradas y ella las mira con la vista perdida. La sábana está enrollada alrededor de su cuerpo, lo que la hace parecer frágil, como si pudiera partirla en dos con un solo roce.
Seguramente podría. Gray se ha entregado a mí, ha renunciado a tanto. Quiere renunciar a más todavía. Podría destrozarla en un instante. Lo mínimo que le debo es la verdad.
Me pongo frente a ella.
—Mírame.
Me ignora y desvía la mirada al suelo.
—Gray, mírame —exijo con voz cortante.
Su mirada se clava en mí y hay fuego en sus ojos. Si las cosas fueran diferentes, estaría jodidamente excitado ahora mismo. Tendré que recuperar ese fuego algún día para ver cómo le brillan los ojos mientras me araña la espalda y la embisto con fuerza.
—¿Me amas, verdad?
Asiente.
—Puede que ya no después de que te cuente todo sobre mi pasado.
Gray abre la boca para protestar, pero la cierra. Hace bien en quedarse callada. Formar parte del mundo criminal ni siquiera es lo peor de mí.
—Soy un asesino —las palabras se me escapan de golpe.
—No —lo dice con brusquedad, a la defensiva.
Asiento.
—Es verdad. Cuando tenía veinte años, estuve en una misión en Irak que salió mal. Hubo heridos. Me sometieron a consejo de guerra por homicidio involuntario.
Se queda boquiabierta y empieza a retorcer la sábana entre los dedos.
—Eso no es culpa tuya.
—Sí lo es. Estaba mejor entrenado. Por mis acciones murió gente.
—No —sacude la cabeza—. No se te puede culpar por lo que pasa en combate.
—No soy el primer soldado al que encarcelan por matar en combate. No seré el último.
—¿Fuiste a la cárcel?
—Sí.
Gray me observa. No veo miedo en sus ojos, solo curiosidad.
—¿Por qué salió mal la misión?
Suelto el aire por la nariz e intento olvidar el sabor de la arena. La sensación de tenerla en los pulmones. El olor acre de la sangre y el estruendo de los disparos.
—La información era mala. Nos tendieron una emboscada.
—Entonces, ¿por qué te culparon a ti?
—Le disparé a alguien. A uno de los nuestros. Murió delante de mí.
—Pero...
—No hay forma de salvarme en esta historia, Pequeña. No fui lo bastante cuidadoso y no vigilé su posición. Apreté el gatillo, lo maté. Me merecía todo lo que me pasó.
Se queda mirando la esquina retorcida de la sábana un rato antes de levantar la cabeza.
—Lo siento mucho —susurra.
—Fue hace mucho tiempo y salí vivo. Tuve suerte.
—Apuesto a que todavía lo revives.
—Claro, a veces.
—¿Por qué se movió el soldado delante de ti?
—Era un crío, incluso comparado conmigo. Era su primer despliegue. Primero nos alcanzaron los morteros. Levantaron mucho polvo y nos desorientaron a todos.
—Así que le podría haber pasado a cualquiera.
—Pero no fue así. Me pasó a mí. Y le pasó a ese chico.
—Y pagaste por ello.
Me encojo de hombros.
—A ojos de la ley, sí. No estoy seguro de que su familia opine lo mismo.
Asiente lentamente.
—Después de salir de la cárcel, ¿fuiste a trabajar para mi hermano?
Asiento.
—No es fácil encontrar trabajo cuando tu única habilidad es romper cuellos y sobrevivir a la tortura.
—¿Danny sabe todo esto?
—Sí. Salí en los periódicos durante un tiempo. Las noticias cubrieron el juicio. Lo creas o no, hubo gente que no me culpó por lo que hice. El caso dio mucho que hablar.
—Todavía estabas casado entonces, ¿verdad? ¿Te apoyó ella?
Me río. —Digamos que a mi ex no le hizo mucha gracia seguir casada con un criminal. Se largó en cuanto dictaron el veredicto de culpabilidad.
—¿Cómo pudo dejarte así?
—Pequeña, no todo el mundo tiene tan buen corazón como tú. Ella me culpó por lo que hice tanto como la familia del soldado. No creo que estuviera equivocada.
—Sí lo estaba —dice Gray con vehemencia—. Debería conocerte mejor. Saber que jamás pondrías en peligro a alguien de tu equipo a propósito.
Me señala con el dedo.
—Te he visto ponerte entre las balas y yo, ¿recuerdas?
Me paso una mano por el pelo y suspiro. —Al fin y al cabo, alguien murió. Siempre tendré que vivir con eso.
La miro a esos ojos inocentes y siento que me hundo.
Gray me hace querer caer de rodillas y perderme en ella para siempre.
Con solo pensar en saborear su piel y tocar su cuerpo, olvido mi pasado, mi exmujer, mi hijo perdido, mi carrera destruida.
Nunca dejaré de lamentar lo que pasó ese día, pero cumplí mi condena y pagué el precio. Ahora lo único que importa es Gray.
Extiendo la mano para tomar la suya y la pongo de pie.
Viene sin resistirse. La envuelvo en mis brazos y le doy un beso en la coronilla.
Su cuerpo menudo apretado contra el mío despierta una oleada de deseo en mi interior.
Pero hay algo más. Ese amor incipiente que sigue creciendo y amenaza con abrir un agujero en mi corazón.
Ahora lo entiendo. Es extremo, este amor que siento por ella.
El tipo de amor que solo se da una vez en la vida y que casi nadie tiene la oportunidad de experimentar.
Después de todo lo que me ha pasado, soy un hijo de puta con suerte por tener una oportunidad con Gray.
—Siento no haberte contado la verdad —murmuro contra su pelo.
Se aparta un poco y me mira. —Lo entiendo. Siempre has sido reservado. Debe ser difícil hablar de estas cosas.
—Lo es y no lo es. Debería haber sabido que podía contártelo todo.
—Bueno, ahora ya lo has hecho.
—Así es.
Y se siente jodidamente bien. Lo único que lamento es no habérselo contado antes.
—No más secretos —prometo.
La sonrisa de Gray obra como puta magia para calmarme. En un instante, estoy besando sus labios, bebiendo su sabor. Olvidándome de todo excepto la sensación de su cuerpo apretado contra el mío.
—Pequeña —digo, separándome un momento—. Te necesito. Joder, siempre te necesito. Pero ahora te necesito más que nunca. ¿Me dejarás compensarte por mi comportamiento?
Tiene los ojos ligeramente vidriosos y los labios entreabiertos. Oigo su respiración agitada de deseo. Si quisiera, podría darle la vuelta y embestirla aquí mismo. Apuesto a que su bonito coño estaría húmedo y listo.
Pero ahora no es momento de comportarme como un animal. Necesito mostrarle todo lo que siento. Si no encuentro las palabras adecuadas, quizás pueda encontrar los movimientos adecuados.
—Haz lo que quieras conmigo, Valentine. Soy tuya.
He vuelto a ser Valentine. Y ella es mía. Recorro su rostro con la mirada y le acaricio los labios entreabiertos con el pulgar. Tan jodidamente perfecta, y tan jodidamente mía.
La recuesto en la cama y aparto la sábana.
—Quédate quieta —ordeno—. Necesito contemplar lo que es mío.