Capítulo Quince
Valentine
Abandonamos el coche y cogemos un autobús justo antes de medianoche.
Nos llevará casi todo el trayecto. No le he dicho a Gray que tendremos que caminar los últimos kilómetros.
Probablemente podríamos coger un taxi, pero no quiero que nadie vea nuestras caras, y nuestro destino está en medio de la nada, aún más aislado que la casa de seguridad.
Gray se queda dormida sobre mi hombro una hora después de empezar el viaje.
Ese instinto protector ancestral me brota en el pecho.
Tan jodidamente primitivo que quiero golpearme el pecho y proclamar que es mía.
Que alguien la mire mal y querré arrancarle la cara.
Supongo que llevo un tiempo sintiéndome así con ella, pero esto es intenso, tan fuerte que debería asustarme.
No puedo obligarme a estarlo. No cuando la tengo acurrucada contra mí, con su aliento rozándome el brazo. La observo, contemplo la perfección de su rostro mientras duerme. Nadie imaginaría que hace poco estaba montando mis dedos y recibiendo mi polla.
Le doy un toque para despertarla cuando nos acercamos a nuestro destino. El sol de la mañana asoma por el horizonte y todos en el autobús parecen tan descansados como yo me siento. Pero no podría dormir aunque quisiera. No teniendo que proteger a Gray.
Se estira y parpadea ante la luz del sol que entra a raudales.
No entiendo cómo puede quedarse dormida tan fácilmente, pero me dice una cosa...
confía en mí para mantenerla a salvo. Y joder que lo haré.
Preferiría morir antes que dejar que le pase algo, pero si puedo evitarlo, vamos a vivir mucho tiempo juntos.
—¿Ya llegamos?
Se pasa una mano por el pelo revuelto y alargo la mano para alisárselo.
Me mira parpadeando, con los párpados pesados.
Estoy deseando que me mire así más veces.
Solo que no será por un largo viaje en autobús.
Esos estiramientos perezosos y ojos entornados serán porque la habré tenido despierta toda la noche gritando mi nombre.
—Casi.
Agarro nuestras bolsas y me hago a un lado para dejarla salir, con la mano en su espalda mientras bajamos del vehículo.
Salimos a la acera junto con el resto de pasajeros.
Los taxis esperan para recoger a la gente y hay un puñado de personas de puntillas, buscando a sus seres queridos.
Recorro la multitud con la mirada y aparto a Gray.
No hay señales de peligro, pero no pienso correr ningún riesgo. Tenemos que seguir moviéndonos.
—La casa está a unos cinco kilómetros andando desde aquí.
—¿Andando?
—La mayor parte es campo a través. Es mejor ir andando. No quiero que nadie nos vea.
Echo un vistazo al bar de carretera cercano.
—¿Quieres parar a comer algo o puedes aguantar?
—Puedo aguantar. Sé que estás deseando ponerte en marcha.
Por lo visto me lee con demasiada jodida facilidad.
Supongo que no es malo, pero me va a costar acostumbrarme.
Para todos en mi vida, soy V. Algunos conocen algo de mi pasado, pero no mucho.
Solo lo suficiente para saber que soy un tipo malo, así que encajo perfectamente en su mundo.
Gray no sabe nada de eso. No estoy seguro de que necesite saberlo.
Porque lo que sí tengo claro es que no quiero ser V con ella.
—Buena chica —le digo.
Empezamos a caminar por la carretera, alejándonos del pueblo.
Después de un kilómetro y medio, nos adentramos en el bosque.
Nunca he estado aquí, pero memoricé el camino.
Cada árbol y cada roca están grabados en mi mente.
Blake me dijo que si alguna vez necesitaba un lugar adonde ir, este era el sitio.
Sabía que algún día esta vida me alcanzaría, así que me aseguré de tener esto como plan de escape.
Lo que no sabía era que traería a Gray conmigo.
Salimos del bosque y cruzamos unas colinas áridas. El olor a mar impregna el aire y sé que estamos cerca.
—Queda otro kilómetro y medio más o menos —le digo.
Gray no se queja, aunque veo que las sandalias empiezan a hacerle daño. Atajo por las colinas y nos dirigimos hacia la costa. Las colinas descienden hasta encontrarse con la playa. Gray contiene el aliento y se detiene a contemplar las colinas desiertas y el océano infinito.
—Es precioso.
—Tendremos que caminar un poco más, pero podemos seguir por la playa y puedes ir descalza un rato.
Señalo una roca y le indico que se siente para quitarle las sandalias. Tiene ampollas en los talones y los dedos de los pies enrojecidos. Niego con la cabeza.
—Lo siento, Pequeña. Debería haberte conseguido un calzado mejor.
—No podías haberlo previsto.
—Siempre estoy preparado. No me gusta que te hayas hecho daño porque yo no lo estaba.
Me sonríe.
—Pero ahora puedo caminar descalza por la playa.
Se levanta de un salto, echa a correr hacia la playa y sigue corriendo hasta llegar a las olas. La oigo chillar cuando mete los pies en el agua fría. Se me escapa una sonrisa.
Con el viento en el pelo y el sol acariciándole la piel, está perfecta y libre. Así es como debería estar siempre. Lejos del mundo sucio de su hermano. Lejos de mi mundo. Esto es lo que voy a darle si puedo. Una vida lejos de todo, donde pueda pasar los días en la playa y las noches en mis brazos.
Me hace señas con la mano para que me una a ella. Doy unos pasos sobre la arena y me detengo a observarla. Vuelve a hacerme señas y pongo los ojos en blanco. Gray podría pedirme cualquier cosa y lo haría. Arrastrarme por brasas ardientes, esa clase de cosas.
Extiende las manos cuando llego hasta ella.
—Está helada.
—Entonces, ¿por qué estás ahí metida?
—Es un frío agradable.
Arqueo una ceja.
—No sabía que existiera un frío agradable.
—Sabes a qué me refiero.
Me tiende la mano.
—Ven conmigo.
Niego con la cabeza. Si alguien de mi mundo pudiera verme, pensaría que he perdido la cabeza.
Me quito las botas y meto los calcetines dentro.
Gray me agarra la mano antes de que esté listo y me arrastra al agua.
Contengo la respiración cuando el agua helada me envuelve los pies y se me hunden en la arena mojada.
—Ahora sí pareces de los que chapotean —declara, echándome los brazos al cuello.
No puedo resistirme. La estrecho con fuerza y la beso intensamente.
Se derrite en mis brazos. Profundizo el beso.
Si me dejara llevar, podría olvidar que nuestras vidas corren peligro.
Podríamos ser cualquier otra pareja disfrutando de un día en la playa.
Es increíble lo mucho que deseo eso. Lo mucho que deseo una vida normal con Gray.
Hace poco, no creía que fuera a tener algo así, pero ahora está tan jodidamente cerca que casi puedo saborearlo.
La estrecho contra mí, apretando su cabeza contra mi pecho, y ella se queda ahí.
Noto cómo su respiración se ralentiza, satisfecha, y cómo sus dedos se aferran a mi cintura.
Es tan jodidamente pequeña y preciosa que el corazón me va a explotar.
Nos quedamos así un rato, con los pies en el agua helada, respirando el aire fresco y dejando que el sol nos acaricie la piel.
Al fin la separo de mí con suavidad y le cojo la mano.
—Será mejor que nos pongamos en marcha. Quiero que comas algo y descanses.
—¿Y tú? ¿No tienes hambre?
Me encojo de hombros.
—Ni lo había pensado.
Gray niega con la cabeza y me da un golpecito en el brazo.
—Tan ocupado cuidando de mí que no piensas en ti mismo.
—Olvidas que mi trabajo es cuidar de ti.
—¿Solo es un trabajo?
La miro fijamente. Tiene que saber que es mucho más que eso.
—Si fueras solo un trabajo, las cosas serían mucho más sencillas.
—¿Te arrepientes de que no lo sea?
—Joder, no.
Se ríe de mi palabrota.
—¿Cómo voy a arrepentirme de un solo segundo contigo? Pequeña, eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Su sonrisa se ensancha.
—¿Lo dices en serio?
—No soy ningún mentiroso.
—Lo sé. Eso es lo que me encanta de ti. Siempre has sido honesto conmigo.
El corazón me da un vuelco al oír esa palabra. ¿Se da cuenta de lo que ha dicho? ¿Entiende el efecto que tiene en mí? Ni en mis sueños más locos habría creído que era digno de su amor. Pero de algún modo, cuando estoy con ella, siento que lo soy.
Me cuesta encontrar una respuesta. Parte de mí quiere caer de rodillas y suplicarle que se case conmigo. Quiero abrirle mi corazón de una forma que nunca creí posible. ¿Cómo coño he pasado de ser un criminal curtido a un imbécil enamorado?
Sus ojos brillan bajo la luz del sol y el viento le aparta el pelo de la cara.
La guío por la playa y seguimos la línea de la costa.
Cuando la miro, es fácil entender por qué me he vuelto así.
Gray es la perfección. Desde su dulce carácter hasta su corazón bondadoso, pasando por su delicioso coño y sus pechos firmes.
No hay nada que yo cambiaría, pero ella me cambia a mí: me hace sentir humano otra vez.
Por eso soy un jodido imbécil enamorado.
Y no cambiaría nada.
Diviso la casa en lo alto de la colina tras una hora de caminata, más o menos.
Nos detenemos a ponernos los zapatos y le prometo curarle los pies en cuanto lleguemos.
Después de subir y encontrar la llave donde Blake dijo que estaría, me permito relajarme un poco.
Es la casa correcta, y aquí estaremos a salvo. Nada puede tocarnos.
La polla se me agita un poco solo de pensarlo. Nada puede tocarnos, nada puede molestarnos. Tengo a Gray toda para mí... las cosas que voy a hacerle...
Entramos y ella recorre la casa. Con amplios ventanales que dan a la playa y al océano, resulta fresca y luminosa. La casa está diseñada para transmitir esa sensación, con paredes blancas y muebles minimalistas. Madera de fresno rubio y plástico blanco componen la mayor parte de la decoración.
—Esto es precioso.
Gray se detiene a mirar por la ventana.
—No hay nada en kilómetros a la redonda.
—Por eso estaremos a salvo. Nadie puede relacionar este lugar conmigo y casi nadie sabe que existe.
—Tienes buenos amigos.
Me encojo de hombros.
—Los militares solemos cuidarnos las espaldas.
Se gira.
—Nunca me dijiste por qué te fuiste.
—Fue hace mucho tiempo. No importa.
—A mí sí me importa.
Me acerco y le doy un beso en la cabeza.
—En otro momento —prometo, y creo que casi lo digo de verdad.
Nunca le he contado mis secretos a nadie.
Para mí, ese pasado es pasado, pero si Gray de verdad quiere saberlo todo, quizá se lo cuente.
Pero todavía no. No quiero arruinar este momento contándole todos los detalles sórdidos de mi pasado.
—Busquemos la ducha y sacaré algo de comer. Seguro que tiene el congelador bien surtido.
—Aunque comida fresca no habrá, imagino.
—Nos las apañaremos. Si puedo evitarlo, no saldremos de aquí hasta que todo esto acabe. Me juego lo que quieras a que Blake tiene provisiones para varios meses.
Gray ladea la cabeza.
—¿Vas a acompañarme en la ducha?
Me pongo duro. Al instante. Imágenes de agua resbalando sobre su piel suave y yo enterrado hasta el fondo dentro de ella me abrasan la mente. Aprieto los dientes y respiro hondo. Ya habrá tiempo para eso, me digo.
—Ve a ducharte y yo nos prepararé algo de comer.
Hace un pequeño puchero.
—Tienes que aclararte las prioridades, Pequeña. Primero la comida. Luego ya puedes pensar en sexo.
Niego con la cabeza.
—¿Quién iba a decir que serías una chica tan cachonda?
—No puedo evitarlo. Tú me pones así.
—Y me alegro muchísimo. Odio pensar que pudieras estar así con otro.
Sonríe.
—Solo contigo, Valentine.
Le doy una palmada en el trasero.
—Ahora deja de intentar seducirme y ve a ducharte y ponerte cómoda.
Cojo su bolsa y se la pongo en las manos.
—Avísame cuando termines y vendré a curarte esos pies.
Gray me lanza una mirada.
—Puedo ocuparme yo sola de mis pies.
—Que puedas hacerlo no significa que debas. Déjame a mí.
—Eres demasiado bueno conmigo —dice mientras se aleja por la casa en busca del baño.
Sonrío para mis adentros. Me alegra que piense eso, porque cuando termine con ella, no sabrá ni qué le ha pasado. Dentro de poco, me aseguraré de que no pueda vivir sin mí.