Pequeña Capítulo Doce #2
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Capítulo Doce #2

Ha conducido toda la noche y apenas ha dormido. Ojalá se me ocurriera una forma de obligarlo a descansar, pero nadie puede obligar a Valentine a hacer nada que no quiera, ni siquiera yo.

Espero hasta que oigo correr la ducha y entonces me quito el vestido viejo y me pongo el azul.

El recuerdo de su mano caliente en mi espalda, luego suave en mi trasero y mi coño, me recorre entera.

Necesito recuperar eso. Esas miradas intensas y la forma en que sus palabras me acarician la piel cuando me llama pequeña.

Saco unas bragas nuevas, arranco la etiqueta y meto una pierna. La correa de la sandalia se engancha en el encaje y caigo con un chillido. El brazo y el codo golpean el suelo y hago una mueca mientras el resto de mi cuerpo les sigue.

Antes de que pueda levantarme y maldecirme por ser tan torpe, la puerta del baño se abre de golpe. Dejo de respirar.

Valentine, sujetando una toalla alrededor de la cintura, avanza a grandes zancadas y me agarra. Me atrae hacia él y su piel mojada empapa el fino algodón de mi vestido.

—¿Qué ha pasado? —Me arrastra tras él, usando su cuerpo como escudo antes de que pueda responder.

—Me-me caí —logro decir.

Me da la vuelta para poder mirarme. No puedo evitar que mi mirada recorra su cuerpo húmedo, siguiendo la línea de vello desde su polla hasta su estómago, recordando lo bien que se sentían esos músculos bajo mis dedos. Trago saliva cuando noto cómo la toalla se levanta sobre su polla.

—¿Te caíste?

Asiento con vehemencia.

—Intentando ponerme las bragas. Fui torpe, nada más —señalo las bragas que salieron volando cuando me caí.

Su pecho sube y baja mientras me examina con la mirada. Valentine me levanta el brazo y observa mi codo, donde está la mayor parte del daño: un pequeño rasguño que apenas duele. Sacude la cabeza y suelta un suspiro.

—Pensé... —se pasa una mano por la cara—. Pensé que había llegado el momento. Que nos habían encontrado. Que te había perdido.

Su voz se quiebra al final.

—Joder, Pequeña, ¿qué haría yo?

No me salen las palabras. ¿Cómo responder a ese dolor en carne viva en su voz?

Esboza una sonrisa irónica.

—Ahí estaba yo, haciéndome una paja pensando en tu dulce coño. Incluso cuando lo intento, no consigo mantener la cabeza en el trabajo.

—¿Entonces solo soy un trabajo?

Niega con la cabeza.

—Eres mucho más que un trabajo. Joder, no tienes ni idea.

Me suelta y se dirige hacia la puerta. Con una mano sujetando aún la toalla, usa la otra para arrastrar la mesita auxiliar y ponerla delante de la puerta.

—¿Qué haces?

—Asegurarme de que nadie entre. Porque, Pequeña, voy a pasarme las próximas horas follándote una y otra vez. No quiero interrupciones.

Se me seca la boca. Esto es lo que quería, Dios mío, esto es lo que quería, pero sus palabras junto con su imagen desnuda y mojada me dejan paralizada. No sé cómo actuar.

Pero no importa. Él toma la decisión por mí. Deja caer la toalla y avanza hacia mí, levantándome en brazos. Por instinto le rodeo la cintura con las piernas y sus manos arden sobre mi culo desnudo.

Su boca encuentra la mía. Valentine no pierde el tiempo y me mete la lengua hasta el fondo. Respondo a su beso con la misma desesperación, como si hubieran pasado veinticuatro días y no veinticuatro horas desde la última vez que me besó así.

Se tambalea hacia delante y mi espalda choca contra la pared. Dejo escapar un jadeo al quedar aplastada entre su cuerpo y la pared. Me besa el cuello, la boca, la clavícula, todo lo que puede alcanzar.

—Pensé que te había perdido, Pequeña —murmura entre besos.

Hundo las manos en su pelo y me restriego contra él.

—No me perderás.

—Pensé que podría resistirme, pero no puedo. Pensé que era lo mejor...

—No lo era.

Me agarra el culo con fuerza y siento su polla rozando mis pliegues.

—Joder, ahora lo sé.

De una sola embestida, se entierra hasta el fondo en mí.

Grito. Probablemente todo el motel pueda oírme, pero me da igual.

Lo único que me importa es su dureza dentro de mí, entrando y saliendo, dándome un placer instantáneo.

Un placer cegador. De esos que te hacen olvidar todo excepto a él.

No hay miedo ni duda. En sus brazos, todo es perfecto.

Se retira despacio y luego vuelve a embestirme, asegurándose de que sienta cada centímetro invadiéndome.

Lo hace otra vez. Y varias veces más antes de acelerar el ritmo.

Me aferro a su espalda. El orgasmo me llega antes de lo esperado: rápido y furioso, dejándome temblando y gritando su nombre.

Se desvanece igual de rápido, pero esto no ha terminado.

Valentine embiste más profundo, más fuerte, más rápido.

—Joder —dice apretando los dientes—. Joder, Pequeña. ¿Cómo podría vivir sin ti?

Su polla pulsa dentro de mí y desencadena otro clímax. Este dura más, recorriéndome en oleadas mientras siento su semen caliente llenándome. Sonrío contra su hombro y atesoro cómo me agarra con fuerza.

Por fin levanta la cabeza y me lleva a la cama, todavía empalada en su polla. Me deposita con suavidad y va al baño. Espero con el coño frío y el semen escurriéndose, el resto del cuerpo cálido y sonrojado de placer.

No puede vivir sin mí. Eso tiene que significar algo, ¿no? Miro el techo manchado de nicotina. No puedo evitarlo. He vuelto a caer. Lo amo, y esta vez no hay duda.

Valentine sale y me limpia con ternura antes de tirar el pañuelo. Se acuesta a mi lado e inclino la cabeza hacia él. Me aparta el pelo de la cara y me roza los labios con un dedo.

—Lo siento, Pequeña.

—¿Por qué?

—Por todo.

Frunzo el ceño.

—¿Todo?

—Por pensar que podría resistirme a ti. Por ser un imbécil. Por no ser más fuerte.

—Eres el hombre más fuerte que conozco —le paso la mano por el brazo musculoso—. Mental y físicamente.

—No cuando se trata de ti, por lo visto.

—No estoy segura de que eso sea malo. Me alegro de que no pudieras resistirte —lo miro a los ojos—. ¿Por qué lo intentaste?

—Eres una distracción. ¿Cómo voy a pensar con este cuerpecito tan bonito cerca? ¿Sabiendo que con solo tocarte el coño eres mía?

Asiento.

—Me lo imaginaba.

—Eres demasiado lista.

Me río. Qué va. Si lo fuera, me habría dado cuenta antes y me habría dedicado a seducirlo para recuperar a mi Valentine.

—Me alegro de que dejaras de resistirte.

Suspira. —Parece que eres una distracción tanto si te follo como si no.

El calor me sube a las mejillas. Me encanta su forma cruda de hablar, pero cuesta un poco acostumbrarse.

—¿Eso te avergüenza? —Una sonrisa le asoma en los labios—. ¿Cuando hablo de follarte?

—No exactamente, es solo que...

—Es solo que sigues siendo prácticamente virgen y nadie te ha hablado así nunca.

—Desde luego que no soy virgen. Tú te encargaste de eso —le recuerdo.

Traza la línea de los tirantes de mi vestido, desliza el dedo hacia abajo hasta el hueco entre mis pechos. —Técnicamente no eres virgen, pero aún tengo mucho que enseñarte.

La excitación bulle en mi interior. Su sonrisa perversa me revuelve el estómago una y otra vez.

Estiro los brazos por encima de la cabeza. —Considérame tu alumna entusiasta y dispuesta.