Capítulo Doce
Gray
Valentine regresa enseguida, pero sigue igual que cuando se fue. Está cargado de una energía que me llena de pavor. Se detiene a mirar por la ventana, pero apenas me mira. Ni siquiera es capaz de mirarme a los ojos.
Llevo puesto el vestido y estoy sentada en la cama, como me ordenaron.
Por fin he entrado en calor y la ducha me ha sentado bien, pero no consigo quitarme este nudo del estómago.
Entiendo que esté nervioso. Al fin y al cabo, podríamos haber muerto y casi le pegan un tiro.
Es normal que esté alerta. Pero tengo la sensación de que hay algo más.
Si ha estado en la guerra y ha trabajado para mi hermano tanto tiempo, seguro que ha visto armas de sobra.
—Y bien, ¿cuál es el plan? ¿Has hecho las llamadas?
Asiente y empieza a vaciar el bolso que ha traído del coche. Hay efectivo, pasaportes, varios móviles y armas. Trago saliva.
—Todo listo. Pasaremos aquí la noche y seguiremos adelante.
—¿Seguir adelante adónde?
—A la costa.
Me pongo de pie.
—¿Quieres contarme algo más?
Se encoge de hombros.
—¿Qué necesitas saber?
Le escudriño el rostro. ¿Por qué se muestra tan frío? ¿Cómo puede pasar de abrazarme como si yo fuera la única persona en el mundo a apenas contestar a mis preguntas?
—V, me he portado bastante bien y he hecho todo lo que me has pedido. Creo que merezco algunas respuestas.
Algo destella en sus ojos cuando uso V en lugar de Valentine. No era mi intención, pero así es como lo veo ahora mismo. Es V, la mano derecha de mi hermano, y no Valentine, el hombre que me hizo sentir cosas que nunca antes había sentido.
Se pasa una mano por el pelo y suelta un suspiro.
—Tienes razón, Pequeña —una sonrisa reacia le tuerce los labios—. Siempre eres tan buena. Lo siento. No pretendo ser un capullo. Es que esto... esto es muy peligroso, ¿sabes?
Asiento y trago el nudo que tengo en la garganta.
—Pero no tengas miedo. Yo te protegeré.
Me clava la mirada hasta que asiento. Tenía miedo, quizás aún lo tengo, pero era miedo por él más que por mí. Sé que se interpondría ante una bala por mí, pero ya no estoy segura de por qué. ¿Por lealtad a mi hermano o porque le importo?
—Si quiero mantenerte a salvo, necesito que sigas mis instrucciones, ¿de acuerdo? Déjame mantener la cabeza fría y haz lo que te diga.
No sé qué quiere decir con «mantener la cabeza fría», pero asiento de todos modos.
—Un viejo amigo del ejército tiene un sitio que no aparece en ningún registro. Digamos que a veces lo necesitaba. Está fuera del país, así que podemos usarlo. Ni siquiera tu hermano conoce ese lugar.
—¿Crees que alguien que trabaja para él les dijo dónde estábamos?
Valentine asiente.
—Quienquiera que esté detrás de esto tiene contactos. No puedo permitirme confiar en nadie ahora mismo.
Hago una mueca. Esto debe de estar matando a Danny. Confía en los que lo rodean. Siempre me decía que si tratas a los que trabajan para ti como si fueran familia, ellos te tratarán igual. Pero parece que se fió demasiado.
—Danny va a estar bien, ¿verdad?
—Danny es mucho más listo que yo. Estará bien.
Valentine se acerca a la ventana y aparta la cortina. Se detiene un momento y luego me recorre con la mirada.
—Vamos de compras.
—¿De compras?
—Salimos pitando sin nada de nuestras cosas. Necesitas ropa y esas cosas de chicas.
Me río.
—Puedo sobrevivir sin esas cosas de chicas. Aunque no me vendrían mal unas braguitas.
Su mirada desciende hasta la falda de mi vestido de verano y siento cómo me quema a través de la tela, como si intentara ver mi coño desnudo bajo el algodón.
Mi cuerpo palpita como respuesta. Hay algo tan excitante en ir completamente desnuda bajo el vestido que casi me arrepiento de haber pedido braguitas.
Niega con la cabeza, me toma de la mano y abre la puerta con cuidado.
—Hay unas cuantas tiendas por aquí. Nada del otro mundo, pero podemos conseguir lo básico —dice mientras me lleva fuera.
Parpadeo bajo la luz del día, con la sensación de haber estado escondida durante días en lugar de apenas una hora.
El aire me roza el coño desnudo y deseo que Valentine vuelva a mirarme como si fuera a levantarme la falda y hundirme la polla hasta el fondo.
Puede que solo haya pasado una noche desde la última vez que me folló, pero ya lo quiero otra vez.
Una y otra vez. Lo ame o no, sigo deseándolo con locura.
Paramos primero en la pequeña boutique de ropa. Puede que no sea ropa de diseñador, pero tienen algunos vestidos bonitos, y cojo unos pantalones cortos y una camiseta. Valentine coge tres vestidos y me los tiende.
—Pruébatelos.
Miro las etiquetas.
—Creo que me quedarán bien, pero puedo apañármelas con un vestido y los pantalones cortos.
—Solo pruébatelos, Pequeña.
La mujer detrás del mostrador nos observa. ¿Qué pensará? ¿Que somos padre e hija de compras? ¿O que es mi amante y me está comprando ropa nueva? Estoy medio tentada de echarle los brazos al cuello y besarlo apasionadamente solo para darle a la mujer algo que de verdad merezca la pena ver.
Me pongo el primer vestido, uno azul pálido ceñido a la cintura. Sigo sin braguitas cuando descorro la cortina.
—¿Quieres ver?
Con los brazos cruzados sobre el pecho, con ese aire oscuro y peligroso, debería parecer totalmente fuera de lugar en esta pequeña tienda. Sin embargo, Valentine consigue parecer completamente seguro de sí mismo. Al menos hasta que le pregunto eso. La indecisión le cruza el rostro y asiente.
Salgo y hago una pirueta. Su expresión pasa de la incertidumbre a la incomodidad, y entonces lo veo... sus ojos se oscurecen. El aire me abandona los pulmones. Me desea.
—¿Paso la prueba?
Asiente con rigidez y mira hacia el mostrador. Oculta detrás de los percheros, estoy fuera de la vista de la mujer. Sonrío y me doy la vuelta.
—¿No es demasiado corto?
Me inclino lo justo para que eche un vistazo rápido.
Valentine no dice nada, así que lo miro por encima del hombro. Mi sonrisa se desvanece. Da un paso adelante y me pone una mano en la espalda. Su mano se desliza hacia abajo, sobre mi trasero.
—Es perfecto —dice con voz ronca, su aliento acariciándome la oreja.
Su tacto me paraliza. Me galvaniza, me deja inmóvil como una estatua. Estoy a su merced solo por esa mano en mi trasero. No sé cómo lo hace, pero me vuelve completamente débil.
—No tienes ni idea, ¿verdad, Pequeña?
—¿De qué? —murmuro.
—De lo peligrosa que eres. Aquí estás jugando con fuego.
—Quizás quiero quemarme.
—No quieres. Créeme, no quieres. Casi te pierdo una vez, y no dejaré que vuelva a pasar.
—Pero...
Su mano se desliza bajo mi falda y presiona entre mis piernas. Un dedo explora mis pliegues y abro más las piernas, dándole acceso. Mi clítoris palpita y lucho por no gemir cuando empuja ese dedo dentro de mi coño.
No me importa que estemos en medio de una tienda. Que cualquiera pueda entrar y vernos. Quiero abrir las piernas de par en par y recibir más. Pero Valentine retira la mano rápidamente y niega con la cabeza.
—Eres demasiado peligrosa, Pequeña. Dios, ¿qué voy a hacer contigo?
Antes de que pueda responder, me da una palmadita en el trasero.
—Ve a cambiarte. Nos llevaremos todos los vestidos y también cogeremos más sandalias.
Hace una pausa y mira el dedo que acaba de estar enterrado dentro de mí. Lentamente, se lo lleva a la boca y lo saborea. Estoy a punto de desplomarme en el suelo y suplicarle que me folle aquí y ahora. No sé a qué está jugando, pero está funcionando.
—No olvides coger unas bragas. Te espero en la caja.
Tardo unos momentos en ordenar mis pensamientos mientras me miro en el espejo.
Mi reflejo me devuelve la mirada, con el pelo revuelto y el vestido viejo arrugado.
Tengo rasguños en las rodillas que no sabía que tenía y un moratón en el brazo que debí de hacerme al salir por la ventana.
No parezco sexy ni seductora, pero Valentine me miraba como si estuviera listo para devorarme.
Podría haberlo hecho si hubiera querido, pero no hizo nada; en cambio, me dijo que soy peligrosa. ¿Qué quiere decir con eso?
Recojo los vestidos y los pantalones cortos junto con una sudadera por si hace frío en la costa. No tardo mucho en elegir unas bragas y un par de sandalias, ya que Valentine ha vuelto a ponerse en alerta y la mujer del mostrador no deja de mirarlo.
Ella sigue lanzándome miradas curiosas mientras Valentine paga.
Mete la ropa en una bolsa y veo la pantalla del circuito de seguridad orientada de manera que puede verlo todo.
Y me refiero a todo. Seguramente tuvo una vista excelente de Valentine tocándome.
El calor me arde en las mejillas y balbuceo un agradecimiento.
—Lo vio todo —siseo al salir de la tienda.
Valentine me rodea el hombro con el brazo y me guía hacia la siguiente tienda.
—Te dije que no jugaras con fuego.
—¿No te da vergüenza?
Se encoge de hombros.
—He hecho y visto cosas peores.
Intento no pensar en su experiencia con otras mujeres. Lo único que importa es cómo es conmigo. No creo que sea de esos hombres que piensan en otras mientras se follan a una.
Señala los artículos de aseo.
—Coge lo que necesites. Crema hidratante o lo que sea.
Él coge un cepillo de dientes, pasta y jabón.
Cojo un perfume barato y artículos de aseo. No tienen nada caro como lo que había en la casa de seguridad, pero tampoco me interesa. Cojo lo básico y se lo doy a Valentine para que lo pague.
Cuando terminamos, volvemos a la habitación del motel y él hace otra revisión. Saco un vestido de la bolsa y lo sacudo. Mi lado atrevido quiere desnudarme justo delante de él, solo para ver qué hace. Quiero que las cosas vuelvan a ser como eran antes de que esos hombres vinieran a por nosotros.
Pero sus palabras siguen resonando en mi cabeza. Estás jugando con fuego. Eres peligrosa. ¿Qué quiere decir? ¿Soy peligrosa para él? ¿Para nosotros? ¿Me ve como una distracción o una molestia? Ya ni siquiera lo sé.
—Yo solo...
Señalo el baño.
—Quédate aquí. Me vendría bien una ducha.
—¿Y descansar un poco? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—Estoy demasiado acelerado.