Pequeña Capítulo Once
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Capítulo Once

Valentine

Está temblando. Tiene los ojos cerrados, pero su cuerpo sigue estremeciéndose bajo mi chaqueta. Subo la calefacción del coche aunque sé que no es el frío. Está asustada. En estado de shock. Aterrorizada incluso. ¿Y por qué no iba a estarlo? Bajé la guardia y casi nos matan a los dos.

La primera vez que nos dispararon, apenas se inmutó. Cuando la llevé a mi casa, creyó que estaba a salvo. El miedo ni siquiera había entrado en la ecuación.

Golpeo el volante con la palma. ¿Cómo pude ser tan jodidamente descuidado? Frunzo el ceño mientras escudriño la noche sombría. De vez en cuando pasa un coche a toda velocidad y aprieto el volante, listo para entrar en acción, pero todos nos ignoran y sus luces se pierden en la oscuridad.

Una mirada a Gray me recuerda lo cerca que estuve de perderlo todo. El pasado —la pérdida de mi carrera, mi esposa, mi hijo— no habría sido nada comparado con perderla a ella. Una sensación profunda y áspera, como uñas arañando el interior de mis entrañas, empieza a apoderarse de mí.

Perdí la cabeza y casi la pierdo a ella.

No volverá a pasar, me digo. Aunque tenga que pasar el resto de mis días bajo una jodida ducha helada, no volveré a perder la cabeza. ¿Qué clase de imbécil soy para poner mis necesidades por encima de su seguridad?

Echo un vistazo al retrovisor. Hay luz suficiente para ver las ojeras y las arrugas alrededor de mis ojos, más marcadas que nunca. Soy un imbécil de primera, eso es lo que soy. Le lanzo una mirada amenazante a mi reflejo antes de centrarme de nuevo en la tranquila carretera rural.

Sus respiraciones entrecortadas son mi única compañía hasta el amanecer.

No sé si durmió bien, pero cuando el sol asoma por el horizonte, se estira y se frota los ojos.

Tiene el pelo revuelto y los ojos entornados.

Si estuviéramos despertando en la cama, sería la imagen perfecta.

Estaría listo para tumbarla de nuevo en el colchón y alborotarle aún más el pelo.

Pero no estamos en la cama. Y no volveremos a estarlo si de mí depende. Estamos en un coche, huyendo de vete a saber quién, y Gray no debería tener que despertar así.

—¿Dónde estamos?

—Pararemos pronto.

Me mira fijamente.

—¿No sabes dónde estamos?

—Estás a salvo —es todo lo que le digo.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

—Pasar desapercibidos un tiempo. Necesito contactar con Danny.

—¿Es seguro?

La miro.

—Acabo de decirte que estás a salvo.

Parpadea. Ignoro su mirada herida y me detengo en una gasolinera.

Dice algo mientras salgo a llenar el depósito.

Cojo algunos aperitivos y dos bebidas y pago con el efectivo que tenía escondido en el coche.

Cuando vuelvo, se lo paso a Gray y arranco sin decir palabra.

La verdad es que no me fío de mí mismo si hablo con ella.

Soy así de débil cuando se trata de ella.

Bastaría una sola palabra suya para que volviera a estar de rodillas, suplicando probar esa boca o tocar ese coño ardiente.

—No sé si tengo hambre —dice Gray mirando el montón de aperitivos en su regazo.

—Come. Has sufrido un shock y tu cuerpo lo necesitará.

Se queda callada. Se oye un crujido al abrir las patatas fritas. Me las ofrece, pero niego con la cabeza.

Continuamos en silencio hasta llegar al motel donde pienso quedarnos un día o dos.

Lo odio, el silencio. Normalmente me va bien, pero ahora se me hace opresivo, peligroso.

Gray aprovecha el silencio para pensar. Probablemente para preguntarse por qué me estoy comportando como un capullo.

Y la única conclusión a la que llegará es que le fallé.

Casi nos matan a los dos y ahora me odio por ser tan jodidamente débil.

Joder, lo que daría por verla sonreír. Por recuperar su confianza. Con su cuerpo, con su vida.

Con su corazón...

—Quédate en el coche —ordeno después de aparcar—. Que no te vean.

Asiente y se agacha. Después de conseguir una habitación para la noche, uso otro teléfono desechable para llamar a Danny y ponerlo al día. Cuando vuelvo, sigue ahí, acurrucada y diminuta en el asiento delantero.

Abro la puerta y señalo con la cabeza hacia una de las habitaciones. Sale con el vestido de verano arrugado. La ropa nueva y las cosas de aseo quedaron abandonadas en el piso franco. Tendré que conseguirle más. Una chica tan guapa como Gray no merece llevar el mismo vestido arrugado una y otra vez.

Con una mano en su espalda, la guío hasta la habitación del motel.

No creo que nadie pueda encontrarnos aquí —al menos no todavía— o no la habría traído, pero hago un barrido rápido de la habitación antes de indicarle que pase.

Quien nos estuviera siguiendo tendría que ser jodidamente bueno para rastrearnos hasta aquí.

Aun así, no nos quedaremos aquí mucho tiempo. Necesito otro lugar completamente aislado, donde nadie pueda localizarnos.

—¿Estás cansada? —pregunto mientras se queda de pie en el centro de la habitación, abrazándose a sí misma.

Soy más consciente que nunca de lo pequeña que es. Cada centímetro de ella, desde sus piernas esbeltas hasta su cintura diminuta y esos ojos grandes y abiertos, se me clava dentro. El corazón me late dolorosamente en el pecho. Casi la pierdes, casi la pierdes, me recuerda cada latido.

Veo un escalofrío recorrerla de la cabeza a los pies. Joder. Doy un paso adelante y la estrecho entre mis brazos.

Aspiro su aroma mientras le acaricio la espalda. Por mucho que quiera mantener las distancias, no puedo dejar que tenga miedo.

—Te tengo —le recuerdo—. Juro por mi vida que no te pasará nada. Estás a salvo.

—Casi te matan —murmura contra mi pecho.

—Jamás.

Me aparto y le sostengo el rostro entre las manos.

—Haría falta mucho más para apartarme de tu lado.

Le aparto un mechón de pelo.

—Estás a salvo, Pequeña —repito—. Siempre me aseguraré de ello.

Asiente y vuelve a apoyar la cabeza contra mi pecho. La mantengo así un rato, hasta que la tensión empieza a abandonar su cuerpo.

Aprieto la mandíbula. ¿Cómo se atreven esos malditos imbéciles a meterla en esto? ¿Cómo se atreven a asustarla? Quiero cazarlos y hacerlos pedazos por haberla hecho sentir así. Y lo haría, si no tuviera cosas más importantes que hacer.

—Danny va a encontrar a estos tipos —le digo—. Tenemos una filtración, pero la tapará. Mientras tanto, nos mantendremos a cubierto.

—¿Y esta vez no nos encontrarán? —Me mira con esos ojos tan llenos de confianza.

—No lo harán —le prometo.

Creo que es poco probable, pero aun así es una mentira. Sean quienes sean estos tipos, son peligrosos, poderosos, y seguramente tienen dinero de sobra para comprar a cualquiera. Si consiguieron llegar a uno de los nuestros, no puedo permitirme bajar la guardia.

La sostengo hasta que su respiración se calma, y entonces la suelto. Llevo horas sin dormir y tengo los ojos irritados, pero la sangre me hierve en las venas. Podría decir que es adrenalina, pero sería mentira.

Es Gray. Siempre es Gray.

Necesito distancia, pero ella... ella necesita consuelo.

Le tomo la mano y la llevo al baño, donde aparto la cortina de la ducha.

Los azulejos están manchados de moho y el plato de ducha amarillento por los años.

Me revienta que tenga que estar en un cuchitril como este, pero no tenemos muchas opciones.

Los dos necesitamos descansar y tengo que pensar en nuestro siguiente paso.

Sé adónde podemos ir, pero aún no sé si es viable.

—Date una ducha. —Cojo el jabón de cortesía, todavía en su envoltorio, y se lo pongo en las manos—. Necesitas entrar en calor. Te sentirás mejor después.

—Valentine...

La interrumpo deslizando un tirante de su vestido. No sé qué va a decir. No quiero saberlo. Será una súplica. Me pedirá que la posea y la haga sentir como antes, entre mis brazos. Pero ¿cómo voy a bajar la guardia otra vez?

Cuando bajo el otro tirante y deslizo la tela por su hermoso cuerpo, me obligo a olvidarlo todo. Olvidar la suave sensación de su piel, la fragancia de su dulce coño, cómo se contrae a mi alrededor. La trato como trataría cualquier otro trabajo: frío, insensible, indiferente.

La guío hacia la ducha y abro el grifo. Respiro hondo, me subo las mangas y abro el jabón. Lo froto entre las manos hasta hacer espuma.

—Puedo hacerlo yo sola, ¿sabes? —Me sonríe, una sonrisa que despierta demasiados pensamientos peligrosos.

Seguramente está pensando lo mismo, pero, inocente como es, ni siquiera puede imaginar lo oscuros que pueden llegar a ser mis pensamientos.

Si las cosas fueran diferentes, si no estuviéramos huyendo, si no fuera la hermana pequeña de Danny, le enseñaría tantas cosas.

Joder, ojalá fuera yo quien pudiera hacerlo.

Mantengo la mirada desenfocada mientras la enjabono, dejando pequeños rastros blancos por todo su cuerpo. Evito mirar sus pechos pequeños y firmes, ese coño rosado. Pero no sirve de nada. Aún puedo sentir. Aún puedo oír su respiración agitada.

Cojo el cabezal de la ducha y la enjuago mientras clavo la vista en los azulejos detrás de ella. Por fin, cojo una toalla y la ayudo a salir. La forma en que sigue sonriéndome casi me parte el corazón. Se siente mejor, que es lo que quería, joder, pero no tiene ni idea del peligro en el que está.

Sobre todo de mí.

La toalla es vieja y áspera, así que la seco con cuidado. Ella me pone las manos en los hombros y se apoya en mí mientras le seco los pies, las piernas, y luego subo al vientre y los brazos.

—No tienes por qué hacer esto, ¿sabes? —dice en voz baja—. Puedo cuidarme sola.

Niego con la cabeza. —Mi trabajo es cuidarte. —Un sabor amargo me sube a la boca. Menudo desastre he hecho. Pero ahora voy a arreglar las cosas. La mantendré a salvo, no volveré a tocarla y la devolveré a su hermano casi intacta.

—¿Vendrás... vendrás a cuidarme en la cama?

Recojo su vestido de verano y se lo doy negando con la cabeza. —Tengo que hacer más llamadas. Vístete y quédate aquí. —Señalo la cama—. No te muevas y no abras la puerta. Aléjate de la ventana.

Gray abre la boca para protestar, pero la cierra de golpe cuando le lanzo una mirada.

—Haz lo que te digo. —Noto el agotamiento en mi propia voz. Hace que las palabras suenen duras. Se estremece visiblemente y suspiro—. No digo que no lo hagas. Pero, por favor, Gray, obedece.

Le echo un último vistazo mientras salgo de la habitación del motel. Sigue en el umbral, con la fina toalla envuelta alrededor del cuerpo. Seguramente no lo entiende, y no quiero que lo entienda. No quiero que piense ni por un segundo que bajé la guardia y casi dejo que la maten.