Capítulo Trece
Valentine
Gray no tiene ni idea de lo que sus palabras me hacen. Ni puta idea. Sobre todo cuando lleva esa sonrisa que cree de mujer fatal pero que es pura inocencia. Pero me ha dicho que es mi alumna dispuesta y entusiasta. ¿Quién coño rechazaría eso?
Puede que me haya corrido fuerte y rápido dentro de ella hace apenas unos momentos, pero estoy listo para más. Ya se me está empalmando. Con un rato de juego, volveré a estar duro. Esta mujer me hace sentir como un adolescente cachondo.
Me deslizo hacia abajo y uso los dientes para bajarle un tirante del vestido, luego el otro, hasta que quedan justo por encima de sus codos, dejándola atrapada y con el escote al descubierto. Me incorporo y me echo hacia atrás para admirarla.
—Quédate absolutamente quieta —ordeno, y le meto las manos debajo de la espalda—. Ahora abre las piernas.
El brillo de excitación en sus ojos me confirma que la he calado bien. Esta exvirgen está tan cachonda como la que más y dispuesta a cualquier cosa, siempre que acabe cabalgando mi polla.
Probablemente debería estar maldiciéndome mientras le levanto la falda y contemplo ese coño húmedo en todo su esplendor. Debería odiarme por ceder. Pero no puedo. Mi semen todavía brilla en sus pliegues. Juro que no existe mejor vista.
De todos modos, incluso cuando intenté resistirme, ella me tenía distraído. Después de ese numerito en la tienda, no tuve más remedio que hacerme una paja. Menudo protector estaba hecho, ¿verdad? Al menos así estoy a su lado las veinticuatro horas.
Y si de mí depende, me la pasaré follándomela las próximas veinticuatro horas también.
Se retuerce un poco, alzando las caderas como invitación. Sonrío. Qué niñita tan cachonda.
—Paciencia, Pequeña.
La admiro un momento más y luego le rozo el capuchón del clítoris con un dedo. Se sobresalta y se muerde el labio inferior. Por un momento considero meterle las bragas en la boca —un buen castigo por haberme dado semejante susto—, pero quiero oír sus gritos, así que lo dejaré para otra ocasión.
Niego con la cabeza.
—¿Qué habré hecho para merecerte?
Le bajo más el vestido, asegurándome de dejar los tirantes bien ceñidos a sus brazos.
Queda al descubierto un pecho y luego el otro, con los pezones duros, suplicando mi boca.
Le doy un toquecito a un pezón y suelta un chillido.
La siguiente vez lo toco más suavemente y me inclino para tomarlo en mi boca.
En cuanto lo atrapo entre mis dientes, se arquea hacia arriba.
Paso al otro pecho y hago lo mismo antes de besar todo el suave montículo, mordisqueando y dejando pequeñas marcas rojas en su piel.
Las marcas me dan una idea y bajo, saltándome el vestido arrugado en sus caderas para acomodarme entre sus piernas. Le muerdo suavemente la cara interna del muslo y luego chupo con fuerza. Cuando estoy seguro de haber dejado una buena marca, me aparto y la admiro.
Toco la marca y sonrío.
—Ya está, ahora eres mía.
La incorporo un poco para que también pueda verla.
—Así es.
Su sonrisa, la más dulce, amenaza con derribar las murallas de mi corazón endurecido.
Se deja caer de nuevo sobre la cama cuando la empujo hacia atrás.
—Quieta —le recuerdo.
Gray asiente frenéticamente. Está desesperada por decirme que me dé prisa, pero no puedo evitarlo. Es el juguetito perfecto. Sexy, inocente, desesperada por mi polla. El sueño de cualquier hombre.
—Jodidamente preciosa —susurro contra su piel mientras vuelvo a saborear la cara interna de sus muslos.
Sus jugos le gotean por los muslos y los lamo, saboreando la mezcla de mi semen y su excitación. Sigo el rastro, le rozo los pliegues con la nariz y le doy la primera probada. Se sacude y le pongo una mano en el vientre para mantenerla quieta.
Con la lengua, recorro su clítoris de arriba abajo. Se hincha bajo mi lengua; lo rodeo y luego lo atraigo suavemente entre mis dientes. Repito los movimientos, a veces hundiendo la lengua dentro de ella, hasta que tiene la piel húmeda y se aferra a las sábanas.
Tampoco es que yo esté mucho mejor, pero quiero que esto dure. Aquellos pistoleros nos arruinaron la noche anterior. Esta vez voy a conseguir que sea inolvidable por buenas razones.
Miro el vestido, enrollado en ella como una cuerda, y tomo una decisión en el acto. La tela barata se rasga fácilmente cuando se la arranco.
—¡V!
Se cubre el cuerpo desnudo con las manos.
Me encojo de hombros.
—Te compraré otro.
Me acerco y le aparto las manos.
—No eres tímida, Pequeña. No finjas serlo. Sé que quieres lucir ese cuerpecito caliente para mí.
El rubor le sube desde el pecho hasta las mejillas, pero esa chispa de emoción sigue brillando en sus ojos. Le cojo la mano y tiro de ella para que se siente.
—Ponte de rodillas y abre las piernas, cariño. Enséñame lo que es mío.
Gray toma aire lenta y profundamente y hace lo que le digo. Incluso en este motel de mierda, es la imagen perfecta. Aunque me encantaría verla sobre sábanas de seda.
Pronto, me prometo. Cuando todo esto acabe, me la llevaré lejos y le daré el mundo.
Le tiemblan los muslos mientras los abre. Tiene el trasero apoyado en los talones y deja caer las manos a los costados. Puede que sea inexperta, pero sabe cómo colocarse. Los pechos firmes de Gray se yerguen orgullosos.
Me coloco a su lado. Tengo la polla más dura que nunca, si es que eso es posible. Justo cuando creo que no puede volverme más loco, lo hace.
Con una mano en su nuca, le paso el dorso de la otra por los pechos hasta detenerme en su coño. Con dos dedos le separo los pliegues y luego presiono hacia abajo y hacia arriba en su necesitado sexo. Jadea.
Mantengo la mano quieta y su mirada suplicante se encuentra con la mía.
—¿Necesitas más, Pequeña?
—Sí —susurra.
—Pues cógelo. Cabalga mis dedos.
Abre la boca y luego la cierra de golpe. Vacilante al principio, se alza despacio. Se le cierran los ojos cuando vuelve a bajar sobre mis dedos. Repite el movimiento, más rápido esta vez. Le mantengo la mano en la espalda para sostenerla.
Con los labios entreabiertos y las manos en los muslos, se balancea arriba y abajo, follándose con mis dedos una y otra vez.
El sudor me perla la frente mientras contemplo el espectáculo.
Se le frunce el ceño. Siento cómo su cuerpo se tensa alrededor de mis dedos.
Por mucho que quiera verla correrse así, necesito estar dentro de ella cuando ocurra.
Retiro los dedos de golpe y sus ojos se abren de par en par. —Ya basta —le digo.
La presiono contra la cama y le levanto las caderas. Con una mano en la espalda, le mantengo la cara pegada al colchón. Es una jodida ofrenda perfecta, con el coño abierto para mí y su delicado ano expuesto.
Por mucho que quiera mirar, mi polla opina lo contrario. Una mano en la espalda, la otra en la cadera, me coloco contra su culo y me hundo en su coño.
Sus gritos quedan amortiguados mientras me clavo en ella. Duro. Rápido. Gruño y aprieto la mandíbula. Está casi tan apretada como la primera vez que la tomé, pero esto es mucho más profundo. Sé que me siente entero como nunca.
Le agarro la nalga hasta dejarle más marcas.
Las huellas de mis dedos marcan la curva perfecta.
Mi respiración se vuelve pesada. Su cuerpo se tensa a mi alrededor y siento los espasmos recorriéndola.
Los gritos de Gray se vuelven estrangulados.
Me inclino sobre ella y le busco el clítoris.
Unos cuantos movimientos circulares y se corre apretándome.
Echo la cabeza hacia atrás y la embisto con fuerza. —Joder. —El calor me abrasa hasta lo más hondo—. Joder, joder, joder. —Me vacío dentro de ella y la lleno una vez más.
Si sigo así, en unos meses estará redonda con mi hijo. Seguro que tendré muchas explicaciones que dar, pero ya me da igual. La amo. La amo con todo mi ser. Esto es más que sexo, más que deseo o incluso lujuria.
Salgo de ella y me acuesto a su lado, junto a su cuerpo saciado. Está laxa, con la cabeza girada hacia un lado y una sonrisa satisfecha en los labios. La sostengo con suavidad y ella me rodea el cuello con un brazo.
—Tienes que dejar de romperme la ropa.
Me río. —Nunca.
—No me dejes.
—Nunca —repito.
No sé si entiende que lo digo en serio. Siempre supe que lo daría todo por ella, pero ¿lo entiende?
¿Sabe que no hay nada que no haría por ella?
¿Se da cuenta de que me tiene de rodillas, dispuesto a hacer lo que sea por verla feliz?
Tendría miedo si no fuera porque hace mucho que el miedo dejó de afectarme.
Después de perder a mi esposa y a mi hijo, y con todo lo que he visto, es difícil asustarse.
Pero es más que eso. Sé que merece la pena arriesgarse. Gray lo vale todo para mí.
Me busca la mirada y me pregunto cuánto se me nota en la cara lo que pienso. Es demasiado para decírselo. Es tan jodidamente joven... ¿puede siquiera entenderlo?
Le paso la mano por la espalda desnuda. El agotamiento me pesa en los párpados. La atraigo hacia mí y me dejo envolver por la sensación de tenerla acurrucada contra mi pecho, a salvo en mis brazos.
—Qué bien se está aquí —murmura contra mi brazo.
—Donde debes estar.
Asiente. Buena chica.