Pequeña Capítulo Siete
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Capítulo Siete

Valentine

Gray ha estado callada todo el día. Se acurrucó con un libro en el sofá y no se ha movido de ahí.

No podía soportarlo, así que salí a cortar leña.

No es que la necesitara. Hace demasiado calor para encender la estufa, pero no soporto verla así.

La luz de su mirada se ha apagado ahora que la realidad le ha caído encima.

Me preguntaba cuánto tardaría en pasar. Lo más probable es que al principio estuviera en shock, después de que le dispararan y de enterarse de la verdadera naturaleza del negocio de su hermano.

Por no hablar de haber presenciado cómo disparaban a Finn.

Debería haber hablado de ello antes. Haberla obligado a asimilarlo todo.

Entonces quizá lo de anoche no habría sucedido.

Habría entendido por qué no puede pasar nada entre nosotros.

No es solo la diferencia de edad ni que sea la hermana de Danny.

Es que estoy tan hundido en ese mundo podrido que a veces no sé ni dónde tengo la cabeza. Ella y yo no encajamos.

Miro el montón de leña y empiezo a llevarla al cobertizo junto a la casa.

El sudor me corre por la cara y la camisa se me pega a la espalda.

Desde aquí la veo a través de las ventanas, todavía acurrucada pero sin leer de verdad.

Esto nunca debería haber pasado. No debería estar encerrada, escondida del mundo en un día como hoy.

Odio que esté metida en todo esto. Lo entiendo, pero lo odio.

Si yo fuera Danny, habría hecho lo mismo.

Joder, aún lo haría. Haría cualquier cosa por Gray, aunque eso significara vivir esta vida sucia y peligrosa el resto de mis días, siempre que a ella no le salpicara.

Termino con la leña y entro. El sol brilla sobre el lago, tiñendo de calidez su tono gris azulado.

—¿Gray?

Levanta la vista del libro como si hubiera estado absorta, pero veo que apenas ha leído nada.

—¿Por qué no bajamos a la orilla del lago?

Arquea las cejas.

—¿Me estás diciendo que puedo salir?

—Conmigo estarás a salvo.

Se levanta y contempla el paisaje a través de las ventanas, luego me dedica una sonrisa que se me clava en el corazón.

—Me encantaría.

Maldita sea. Maldita sea por ser tan jodidamente fácil de contentar.

Juro por Dios que, a pesar de todo lo que Danny le ha dado, de algún modo sigue siendo la chica más dulce y menos consentida del mundo.

Es el tipo de chica con la que podrías ir de picnic o tumbarte a mirar las estrellas.

Le importan una mierda los restaurantes de cinco estrellas y la ropa de diseñador.

Eso es lo que me encanta de ella. A pesar de todo lo que tiene, en el fondo sigue siendo una chica sencilla. Lo que daría por poder ofrecerle esas cosas. Estrellas y jodidos picnics.

Esbozo una sonrisa irónica mientras la guío hacia fuera, escudriñando los alrededores.

Picnics. Si alguien supiera que estoy pensando en picnics, se partiría de risa.

Valentine Caruso sentado en una manta a cuadros, sacando fresas de una cesta.

Nadie que me conozca apostaría por eso, pero por Gray lo haría.

Haría lo que fuera. Dejar esta vida de mierda y tumbarme bajo las estrellas a hacer picnics el resto de mi vida.

Tampoco es que fuera un sacrificio. Esta vida tiene fecha de caducidad; tarde o temprano te pasa factura. Finn tuvo mala suerte, sobre todo siendo tan joven, pero tipos de mi edad en este negocio... bueno, no quedamos muchos. Tarde o temprano la mala suerte me alcanzará a mí también.

Pero ¿qué coño iba a hacer si no? Es lo único que conozco desde hace mucho.

Tomo la mano de Gray para ayudarla a sortear unas rocas y bajamos a la franja de arena que bordea el lago.

Echo un vistazo a izquierda y derecha: estamos completamente solos.

Por eso Danny eligió este lugar. Nadie viene aquí.

El agua está demasiado fría y no hay suficiente arena para el gusto de nadie.

Pero a Gray le da igual. Ya se ha quitado las sandalias y está metiendo los pies en el agua.

—Dios, qué fría está.

—Normal, con las montañas tan cerca. El deshielo la mantiene así.

—Métete conmigo.

Levanto una mano.

—No soy de los que chapotean.

—Claro que sí. Todo el mundo lo es. Venga, V.

No puedo resistirme. Esa sonrisa radiante y esos pies descalzos y bronceados me llaman.

Me quito los zapatos, los calcetines, y niego con la cabeza mientras me acerco a ella.

El agua me muerde los pies, pero le cojo la mano que me tiende.

Si me dejara llevar, podría olvidar que estamos aquí porque alguien intenta matarla.

Mientras contemplamos las montañas, casi podría fingir que esto es una escapada romántica de fin de semana.

Nunca he hecho una, pero no sería difícil imaginar que esto es lo que se hace.

Coger de la mano a mi novia, contemplar el paisaje, pasar frío para luego volver dentro y entrar en calor juntos en la ducha.

Aprieto los dientes. Ninguno de los dos ha mencionado lo de anoche y no pienso hacerlo. Pero joder, fue el momento más caliente de mi vida. Nada se comparará jamás a correrme sobre su coño caliente y rosado. Tengo que obligarme a pensar en el agua helada para que no se me empine.

Me suelta la mano y se recoge la falda para adentrarse más en el agua.

No puedo evitar mirar esas piernas largas e imaginarlas envueltas alrededor de mis caderas mientras me hundo en ella.

Gray no se entera de nada. Su sonrisa es tan amplia e inocente, sus movimientos tan despreocupados.

No tiene ni puta idea de que me la estoy comiendo con los ojos e imaginando cómo sería llenarle ese coño.

Grita. Es como si me hubieran tirado al lago de golpe.

Todos los pensamientos sobre su coño se esfuman.

Me lanzo hacia delante, ignorando la profundidad del agua, barriendo el entorno con la mirada.

No hay tiradores, no hay destellos de miras telescópicas.

La cojo en brazos y me giro para cubrirla con mi cuerpo.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde te han dado?

Es tan ligera que solo el agua, que me llega a las rodillas, me frena. En cuanto salgo del agua, echo a correr sobre las rocas hacia la casa. Voy agachado, apretándola contra mí. Sus dedos se me clavan en el cuello.

—V, no... es que...

La miro y el corazón me martillea en el pecho. No sé qué haría si la perdiera.

—El pie —dice—. Es el pie. Me he clavado una piedra.

Le tiemblan los labios.

—¿No te han disparado?

Suelta una risita débil. —¡No! Creo que pisé una piedra afilada.

Suelto el aire que contenía. Me incorporo y la siento en los escalones. —¿Cuál te duele?

Levanta el izquierdo y hago una mueca. No es un disparo, pero tiene un corte profundo en la planta del talón. Presiono la manga contra la herida para contener la hemorragia y ella hace un gesto de dolor. Joder. Maldita sea. Ni siquiera puedo protegerla cuando debería estar pasándolo bien.

La cojo en brazos otra vez y la llevo por la casa hasta su dormitorio.

Encaja tan jodidamente bien en mis brazos.

Gray me rodea el cuello con las manos y apoya la cabeza contra mí.

El corazón me late con fuerza, mientras un instinto protector primitivo y ancestral crece dentro de mí.

Esto es más que un trabajo, aunque eso ya lo sé desde hace tiempo, ¿no?

Ahueco las almohadas y la deposito sobre ellas.

Una mancha de sangre en las sábanas blancas inmaculadas me recuerda que no pude evitar que se hiciera daño.

—Voy a por el botiquín.

Vuelvo corriendo del baño y me pongo manos a la obra con su pie.

Si fuera otro tío, le daría puntos, pero no quiero hacerla pasar por ese dolor.

Por suerte hay puntos de aproximación en el botiquín, junto con un montón de cosas para heridas más graves.

Danny iba preparado de verdad. Limpio la herida y ella ni siquiera se queja, aunque tiene que dolerle.

Le dedico lo que espero que sea una sonrisa comprensiva mientras termino de limpiar, coloco los puntos y presiono una gasa encima.

—Listo. Habrá que cambiar el vendaje por la mañana, pero debería ir bien.

Asiente. —Gracias. Eres una buena enfermera —dice con una risita.

—Pero un guardaespaldas de mierda.

Me agarra del brazo y me obliga a sentarme en la cama. —¿Vas a vaciar el lago para que no pueda hacerme daño con más piedras?

—Tendría que haber...

—Nada. No tenías que hacer nada. No puedes protegerme siempre, y tampoco querría que lo hicieras. A veces tengo que vivir, ¿sabes?

—Lo sé —murmuro.

—¿De verdad? —Gray ladea la cabeza—. Llevas mucho tiempo cuidándome, V.

Levanto la cabeza y la miro a los ojos.

—No pongas esa cara de sorpresa. Sé que eres como mi ángel de la guarda secreto. Como cuando esos chicos me tiraban del pelo todos los días en quinto. Fuiste tú quien los espantó, ¿verdad? Y cuando perdí el osito con once años. Tú lo encontraste.

—Era mi trabajo.

—Creía que tu trabajo era ayudar a mi hermano.

—Protegerte es ayudarlo a él.

Desliza la mano por mi brazo hasta posarla en mi rostro. Cierro los ojos un momento y saboreo el contacto de su mano suave.

—Eres como mi ángel de la guarda, V. Te agradezco todo lo que has hecho por mí. Pero a veces necesito libertad para hacer mis cosas.

Lo que quiere decir es libre de mí. Lo sé en el fondo. Claro que sí. Gray estaría mejor lejos de esta vida.

—A veces también necesito libertad para tomar mis propias decisiones.

—No voy a impedirte nada, Gray —le digo—. Solo déjame protegerte un poco más y podrás hacer lo que quieras. Podrás alejarte de mí.

—¿Y si no quiero alejarme de ti?

—Deberías. —Mi voz suena ronca mientras ella se acerca más y me rodea el cuello lentamente con los brazos. Soy un tío fuerte, pero noto cómo me voy debilitando con cada respiración. ¿Cómo coño me hace esto?

—Como te dije, eres mi ángel de la guarda, V. ¿Por qué iba a querer ir a ningún sitio sin ti? —Su aliento me hace cosquillas en la oreja y un escalofrío me recorre el cuerpo.

—Joder. —Me giro y tiro de ella hasta sentarla en mi regazo. Sus piernas me rodean y mi polla responde al instante, apretándose contra el calor que noto a través de los vaqueros mojados—. Joder, joder, joder.

Le devoro la boca. Le meto la lengua sin pedir permiso. Tiene que saberlo. Tiene que entenderlo. Esto es lo que soy. No soy un caballero que vaya a tomárselo con calma y darle tiempo. Soy un hombre brusco y duro que la desea con tanta desesperación que apenas puede pensar con claridad.

Pero no funciona. Me devuelve el beso con pequeños gemidos mientras se mece contra mí. Deslizo las manos bajo su vestido y siento el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel. Recorro con la palma cada vértebra de su columna antes de subir una mano para agarrarla por la nuca y pegarla a mí.

La beso hasta perderme. La beso hasta olvidar la diferencia de edad, su inocencia, que debería estar protegiéndola. Solo existimos ella y yo, y es tan jodidamente perfecto que resulta una locura. Cuando por fin me aparto, está sin aliento y tiene las mejillas encendidas.

—Lo sé —dice mientras se baja de mi regazo—. No vas a tomarme.

No digo nada. Sabe por qué no puedo.

—¿Sabes, V? Estás tan empeñado en negarte el placer que no te das cuenta de que también estás haciéndole daño a la gente que te rodea.

Sale cojeando de la habitación y me deja mirando el hueco vacío del umbral por donde ha desaparecido.

¿Le estoy haciendo daño? Joder, claro que sí.

Ninguna mujer quiere que la rechacen. Me paso la mano por el pelo.

Pero ¿qué otra cosa puedo hacer? No puedo tirarme a la hermana virgen de mi jefe. No puedo, sin más.