Pequeña Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

Gray

Clavo la mirada en el techo y frunzo el ceño.

Formas oscuras van cobrando nitidez y tardo un momento en orientarme.

¿Qué me ha despertado? Me estiro y me giro de costado.

El talón me palpita un poco, pero no tanto como para molestarme.

Me quedo inmóvil. Un sonido resuena por toda la casa de seguridad, un sonido que me hace latir el corazón con fuerza contra las costillas.

Me incorporo y escucho con atención. Ahí está otra vez. Una especie de gemido agónico. Es V. Pero ¿por qué hace ese ruido? ¿Estamos en peligro? Se me seca la boca mientras apoyo un pie en el suelo, luego el otro, y me levanto de la cama con cuidado. El colchón cruje y hago una mueca.

Procurando no hacer ruido, abro la puerta y cruzo hasta su habitación.

Pego la oreja a su puerta y espero a que el ruido se repita.

Se me revuelve el estómago cuando vuelve a emitir el mismo sonido, pero no hay nadie aquí, ningún intruso que le obligue a hacer ese ruido.

Giro el pomo y la abro apenas un centímetro.

Distingo su silueta, despatarrado en la cama.

Se gira hacia un lado y luego vuelve a girarse, claramente atrapado en algún tipo de pesadilla. Murmura algo y abro la puerta del todo.

Según mis ojos se van adaptando a la oscuridad, veo las líneas de dolor en su rostro. Se gira una vez más.

—¡No! —brama.

Me acerco con cuidado. ¿Debería despertarlo o dejarlo estar? No soporto verlo con tanta angustia. Sea lo que sea lo que esté soñando, lo está matando.

Le pongo una mano en el hombro. Tiene la piel caliente y pegajosa. Se sacude un poco.

—V —digo en voz baja.

Se incorpora de golpe y me agarra la muñeca con una mano ardiente.

Dejo escapar un chillido involuntario. Me atrae hacia él y rueda, aplastándome debajo.

Me mira fijamente, con la mirada perdida durante un momento, hasta que veo cómo sus ojos enfocan.

Respira con dificultad y su cuerpo es duro e inflexible sobre mí.

Con el torso desnudo y solo en ropa interior, noto gran parte de él a través de mi fino camisón de algodón.

—¿Pequeña? —Tiene la voz áspera por el sueño.

Asiento e intento hablar, pero no puedo. No porque me esté haciendo daño o pese demasiado, sino porque de repente todo mi cuerpo arde de deseo.

Rueda para apartarse de mí y maldice. Me quedo ahí tumbada un momento, recuperando el aliento. Todo el cuerpo me hormiguea de la cabeza a los pies, recordando la sensación de tenerlo encima. Sus piernas duras rozando las mías, su pecho presionando contra el mío.

—¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? —exige mientras enciende la luz de la mesilla y me recorre con la mirada.

Niego con la cabeza.

—Entonces, ¿por qué estás en mi habitación?

—Estabas... —lucho por encontrar las palabras.

Mi cerebro no quiere funcionar, especialmente ahora que tengo una vista perfecta de su cuerpo.

Todo músculo duro, tatuajes arremolinados y piel suave.

Los dedos me hormiguean con el deseo de deslizar las manos por esos contornos y seguir bajando—. Estabas haciendo ruidos —murmuro.

—¿Ruidos?

—Sí. Una pesadilla.

Se pasa una mano por la cara.

—Perdona si te desperté. Será mejor que vuelvas a la cama.

—¿No quieres hablar de ello? —Se me desliza un tirante de la camiseta por el hombro y su mirada se posa en él.

Me mira fijamente, con una mirada que parece penetrar hasta el fondo de mi alma.

—Gray, vuelve a tu habitación.

—Estabas gimiendo. Estabas gritando. V, parecía que sufrías una agonía.

Resopla.

—Puede que sí, pero no por las razones que crees.

—Entonces, ¿qué...? —Su mirada se fija en mi cuerpo y sus ojos se encienden—. Oh.

—Vete, Gray. Todo está bien. Solo necesito que vuelvas a tu habitación. Ahora.

Levanto la barbilla.

—¿Y si... y si no quiero?

—Gray. —Pronuncia mi nombre con un tono duro, una advertencia.

El problema es que no tengo miedo. Sé lo que quiero y no me asusta. Estoy segura de que él también lo quiere y no entiendo por qué se empeña en negárnoslo a los dos.

—No me voy. No hasta que me digas por qué te comportas así.

—Ya lo he hecho, Pequeña. Te lo he explicado bien claro. Tú y yo somos de dos mundos distintos.

Frunzo el ceño.

—No, no lo somos.

—Puede que seas la hermana de Danny, pero no estás metida en su mundo. Eso lo sabes.

—¿Es porque soy su hermana? ¿Le tienes miedo?

Sonríe con suficiencia.

—Danny asusta a mucha gente, pero a mí no.

—Entonces, ¿qué?

—Tengo el deber de protegerte. Y eso incluye protegerte de mí.

—Pero no quiero que me protejas de ti. Solo te quiero a ti —digo, exasperada.

—No sabes lo que quieres.

Me levanto y me alejo de la cama.

—Sí lo sé. Puede que sea joven, pero no soy estúpida, y estoy harta de que la gente me trate como si ni siquiera pudiera tomar mis propias decisiones. Sé lo que quiero y pensaba que precisamente tú lo verías. Al fin y al cabo, ¿no eres tú quien siempre me dice lo inteligente que soy?

Suspira y levanto una mano.

—Ni siquiera lo digas. No quiero oírte decir otra vez que esto no va a pasar, o que necesitas protegerme de mí misma. Lo entiendo. Estás empeñado en hacerte daño por alguna razón. Pero no sé por qué quieres hacerme daño a mí también. —Me doy la vuelta y salgo de la habitación hecha una furia.

Tengo la piel ardiendo y el pulso me late con fuerza por la frustración. Abro de un tirón la puerta del porche y recibo con alivio el aire frío que me envuelve. Aspiro hondo y retengo el aroma fresco de la noche. La luz de la luna brilla sobre el agua, tiñéndolo todo de un azul gélido.

Me aferro a la barandilla de madera y observo la superficie en calma. Ojalá yo pudiera estar igual de tranquila. Si él siente lo mismo que yo, tiene que entender por qué estoy tan enfadada.

Una tabla cruje a mi espalda y me quedo rígida. Siento el calor de su cuerpo cortando el aire fresco de la noche. Se me eriza el vello de los brazos. Da unos pasos más y trago con dificultad.

—Nunca quise hacerte daño.

Las palabras son tan sinceras y solemnes que quiero darme la vuelta y lanzarme a sus brazos. Pero se acabó lo de suplicar y dejar que él lleve el control, al menos en esto. Está empeñado en hacer lo que cree correcto, pero si esto duele tanto, ¿cómo va a ser lo correcto?

—Pequeña.

Me doy la vuelta para mirarlo y tengo que hacer acopio de fuerzas ante lo que veo.

Su torso musculoso destaca hermoso bajo la luz de la luna, y lo deseo tanto como deseo respirar.

Este deseo duele, físicamente. Me hace doler el cuerpo y tensarme los músculos.

No puedo pensar ni comer ni dormir sin pensar en cuánto lo deseo.

—Puede que no tenga mucha experiencia —le digo con la voz temblorosa—, pero sé distinguir entre simplemente desear a alguien y esto que hay entre nosotros.

Señalo el espacio que nos separa.

—Crees que si sigues alejándote y duchándote, esto va a desaparecer, pero no va a ser así.

Suelta el aire.

—Lo sé.

—¿De verdad? Porque te comportas como si pudieras seguir dándole la espalda a esto. Aunque volviéramos a casa mañana, esto no acabaría.

—Lo sé, joder.

Sacude la cabeza.

—Esto lleva gestándose más de una semana. Sé que no va a desaparecer fácilmente. Ni nunca.

—Entonces, ¿por qué sigues castigándome?

—Ya sabes por qué.

—Porque soy joven. Porque soy la hermana de Danny. Porque tienes que protegerme. Ya lo he oído todo y me da igual.

—A mí sí me importa, Gray. Me importa demasiado. Joder, no tienes ni idea, ¿verdad?

—¿A qué te refieres?

—Te he visto crecer, pasar de ser una niña dulce a convertirte en una mujer preciosa. Cuando me di cuenta de cuánto te necesitaba, me destrozó.

Da un paso hacia mí.

—Puede que tú lleves sintiéndolo toda la semana. Quizá unos meses también, pero yo llevo mucho más tiempo.

—Acabas de decirlo, V. Soy una mujer. Puedo tomar mis propias decisiones y cometer mis propios errores. Pero no creo que esto sea un error.

Me acerco un paso más y le pongo una mano en el pecho.

—Si solo pudiera tener una noche contigo, jamás pensaría que fue un error. ¿Es mucho pedir? ¿Una noche?

Veo sus defensas derrumbarse. Suelta una maldición ronca, me agarra y me estrecha contra su pecho. Su boca cae sobre la mía, ardiente e impaciente.

—A la mierda una sola noche —dice mientras se aparta—. Te quiero para siempre, Pequeña.