Capítulo Cuatro
Gray
Nunca imaginé que acabaría acurrucada en un sofá viendo una película romántica con V.
Jamás. Dios, mi vida se ha vuelto loca de repente.
No parece precisamente cómodo, aunque fue él quien sugirió que encendiera la tele y eligiera algo.
Está sentado muy rígido, como si siguiera en guardia.
Creo que nunca lo he visto relajarse. Quizás sea incapaz.
Cuando está junto a mi hermano tiene la misma expresión…
pensativo y listo para cargarse a alguien si hace falta.
Pero lo peor es estar sentada a su lado. Me siento inquieta. No puedo relajarme. Soy consciente de cada respiración y no dejo de recordar la sensación de sus manos en mi cuerpo anoche. Solo sé que quiero volver a sentir eso. Y más.
Intento concentrarme en la tele, pero con el rabillo del ojo lo veo ahí. Tan fuerte y sexy. Ahí sentado, sin saber lo que me provoca.
Encojo las piernas y me inclino ligeramente hacia él. No puedo evitarlo. Su cuerpo es cálido y sólido, todo lo que anhelo. Ajusta el brazo y lo apoya en el respaldo del sofá. Un escalofrío de emoción me recorre mientras me acurruco más en el refugio de su cuerpo.
Su cuerpo se tensa. Siento cómo se le contraen los músculos.
Lo miro y me paso la lengua por los labios.
A veces pienso que si me besara una sola vez, sería suficiente.
Si pudiera descubrir qué se siente al ser besada por un hombre como V —un hombre de verdad— dejaría de desearlo.
Me inclino un poco más, pero él mantiene la mirada fija en la película.
Me acurruco más y me lanza una mirada.
—Tengo frío —digo con una risita nerviosa.
Soy idiota. No sé coquetear. Nunca he tenido novio y todos los chicos del instituto me evitan. Les da demasiado miedo mi hermano.
No creo que V le tenga miedo a nada.
Necesito reunir todo mi valor para ponerle la mano en el pecho. Siento la ondulación de sus músculos. Cada centímetro de él es duro como una piedra. Seguro que debajo de esa camisa parece una estrella de cine o un modelo.
—Gray.
Su voz suena a advertencia, pero la ignoro.
Me giro para quedar frente a él. Sigue rígido, intentando ignorarme. El corazón me late demasiado fuerte, pero ya no hay vuelta atrás. Al menos tengo que intentarlo. Me inclino y dejo que mi aliento le roce el cuello. Me acerco más y le doy un beso suave como el aleteo de una mariposa.
—¿Pero qué coño?
Se aparta de golpe y salta del sofá.
Me tapo la cara con las manos. El calor me abrasa las mejillas.
¿Cómo puedo ser tan estúpida? Claro que no quería que lo besara.
¿Por qué iba a querer? Solo soy una cría.
Ni siquiera me considero una mujer. Todavía no.
No tengo ninguna experiencia y mi cuerpo ni siquiera ha terminado de desarrollarse.
—L-lo siento —logro decir con un hilo de voz, sin apartar las manos de la cara—. Lo siento.
El sofá cruje y lo siento sentarse a mi lado. Intenta apartarme las manos de la cara, pero no puedo mirarlo a los ojos.
—Pequeña…
—Lo siento, soy tan estúpida. Sé…
Se me escapa un sollozo y las lágrimas me brotan de los ojos. Dios, ahora lo estoy empeorando aún más al llorar.
—Sé que no me deseas. Sé que soy estúpida por pensar que lo harías.
Me aparta las manos de la cara con suavidad y clavo la mirada en el sofá.
—Gray —dice con dulzura—, mírame.
Levanto la mirada poco a poco hasta encontrar la suya. Ojalá no fuera tan guapo. Ni siquiera sé si es posible que un hombre sea guapo, pero él lo es. Desde su pelo oscuro hasta su nariz ligeramente torcida y su mandíbula ahora cubierta de barba incipiente. Solo consigo desearlo aún más.
Me limpia una lágrima con el pulgar y deja la mano en mi mejilla. No puedo evitar inclinarme hacia su calidez reconfortante.
—No eres estúpida. Eres la mujer más inteligente que conozco.
Mujer. ¿Eso significa que me ve como una? Aun así, niego con la cabeza.
—No lo soy. Si lo fuera, no estaría… estaría…
No puedo decir las palabras.
—¿Estaría qué?
Nuestras miradas se cruzan y pasan varios latidos. Me anima con los ojos y con el pulgar acariciándome la mejilla. No puedo mentirle, por mucho que quiera.
—No estaría deseándote.
Deja escapar un suspiro largo y pesado. Debe odiarme.
Una cría molesta a la que tiene que cuidar acaba de admitir que está colada por él como una niña.
El problema es que no se siente nada infantil.
Si lo fuera, no sentiría estas ganas de que me toque por todas partes.
No soñaría con que me llene, con que se derrame en lo más profundo de mí.
—Pequeña…
Su voz suena cargada de pesar, así que levanto una mano.
—Sé que soy tonta. No hace falta que me lo digas ni que digas nada. ¿Por qué iba a desear un hombre como tú a alguien como yo?
—Gray —dice con brusquedad. Tiene la mirada dura, el ceño fruncido—.
Un hombre como yo te desearía porque eres preciosa.
Porque eres dulce e inteligente. Porque estás tan jodidamente lejos de mi mundo.
Eres todo lo bueno de este mundo, ¿no lo ves, Pequeña?
Un hombre como yo tendría suerte de que le dedicaras un segundo de tu tiempo, no digamos ya de besarte o…
—¿O?
—O follarte —termina, con las palabras cargadas de intención.
El aire desaparece de mis pulmones. Las palabras crudas resuenan en mi cabeza una y otra vez. Follar, follar, follar.
—¿Eso significa…?
—Significa que no puedo pensar en otra cosa que en follarte. Significa que lo único en lo que he pensado desde que llegamos es en arrancarte la ropa y tomarte duro y rápido, aunque tu coñito apretado nunca podría aguantar la follada que quiero darte.
Apenas puedo articular una respuesta. Demasiadas imágenes inundan mi mente. De él penetrándome, reclamándome. De su polla dura entre mis piernas, su cuerpo sobre el mío. Ese anhelo desesperado palpita entre mis muslos.
—Se supone que debo mantenerte a salvo, ¿lo entiendes?
Asiento.
—Eso significa protegerte de mí también.
—Pero—
—No puedo tomarte. Eres demasiado joven, demasiado inocente.
Niega con la cabeza.
—Demasiado buena para mí.
—No —protesto—. No, eso no es cierto.
—Necesitas alejarte de mí.
Sin embargo, su mano permanece en mi mejilla, traicionando sus palabras.
Le pongo una mano en el pecho y siento los fuertes latidos. Levanto la barbilla y le sostengo la mirada.
—Te deseo, V.
Niega con la cabeza vigorosamente.
—No. No puedes. No digas esas palabras. No entiendes lo peligrosas que son. El peligro en el que te estás poniendo.
—No me importa.
—Tiene que importarte.
Le tomo el rostro entre las manos.
—No. No tiene que importarme. Te he deseado desde hace muchísimo tiempo. V, te deseaba antes incluso de entender lo que eso significaba.
Intenta apartar el rostro, pero no se lo permito. No ahora que ha admitido que él también me desea. Una idea equivocada de caballerosidad lo está frenando y quiero que la olvide.
—No voy a tomarte —dice con determinación, la mandíbula tensa.
—¿Me besarás entonces?
Suelta una maldición en voz baja. Me toma el rostro entre ambas manos, me presiona contra el sofá y se cierne sobre mí. Su mirada busca la mía y suelta otra maldición antes de posar los labios sobre los míos.
Nada podría haberme preparado para esa sensación, ni siquiera mis sueños. Supera todo lo que podría haber imaginado. Sus labios son cálidos y firmes. Contundentes. Me besa como si se estuviera ahogando y yo fuera su oxígeno. Con tanta desesperación y deseo. Su lengua roza la mía y jadeo.
El cuerpo de V es duro contra el mío. Mi coño palpita tanto que me froto contra él y siento su erección, prueba de que realmente me necesita tanto como yo a él. Sus dedos se enredan en mi cabello y dirigen el beso, instándome a inclinar la cabeza para poder besarme más profundo.
Cuando se aparta, estoy sin aliento y anhelante. Quiero más. Necesito más.
Pero el arrepentimiento ha vuelto a su mirada.
—No debería—
Le pongo un dedo en los labios.
—Sí, deberías.
—No voy a tomarte —me recuerda.
—Entonces solo bésame. Y tócame. ¿Qué daño puede haber en eso?
Suelta un gemido y vuelve a besarme. Me rindo a sus besos. Puede que no obtenga todo lo que necesito de él, pero sé que he disipado cualquier duda sobre si me besaría, y eso es suficiente por el momento.
Por ahora, al menos.
Esparce besos por mi cuello. Me arqueo hacia él, ansiando su contacto. Mece las caderas contra mí y reaviva el deseo en mi coño. Una mano me agarra el pecho con fuerza. Gimo.
V se echa hacia atrás lo suficiente para llevar la boca al hueco entre mis pechos. Mueve la boca sobre la tela de mi camiseta y me muerde el pezón a través del algodón, humedeciéndolo. La aguda descarga de su boca sobre mi pecho me hace sobresaltarme.
Se aparta y me mira, los párpados pesados.
—¿Alguien te ha besado alguna vez los pechos?
Niego con la cabeza.
—¿Te los ha tocado?
—No. No realmente.
—¿No realmente?
—Uno de los chicos del instituto me los agarró en tercero de la ESO.
Gruñe.
—Imbécil.
Juguetea con uno de los tirantes de mi camiseta.
—Odio la idea de que alguien más te toque.
—No quiero que nadie más me toque. Solo tú.
—Joder, no sabes lo que me haces, Pequeña.
Me encuentra el pezón a través de la camiseta.
Voy a bajarme el tirante. Me muero por desnudarme ante él. Necesito sus manos en mi piel y su boca en mi cuerpo. Levanta una mano y me detiene.
—No.
—Pero—
—Si me muestras tu cuerpo, no podré controlarme. Joder, apenas me estoy conteniendo ahora.
Bajo la mano. Parece tan atormentado que no puedo obligarme a empeorarlo. Ojalá hubiera sabido antes cómo se sentía. Dios sabe qué habría hecho al respecto, pero ojalá hubiera sabido que no estaba sola sintiéndome así.
—Lo deseo tanto que me duele —admito—. No puedo evitarlo.
Suelta un suspiro áspero. Sus dedos suben por mi muslo y echa las caderas hacia atrás para poder deslizar la mano entre nosotros. Tiemblo mientras esas yemas cálidas y ásperas suben por el interior de mis pantalones cortos.
V encuentra el borde de encaje de las bragas y pasa un dedo por él. Me sostiene la mirada.
—No apartes la mirada —ordena—. No apartes la mirada mientras te toco.
Un dedo roza el algodón de las bragas, directamente sobre el clítoris y hacia abajo. Gimo ante el contacto.
—Estás tan mojada. Dios, puedo sentirlo a través de las bragas.
Asiento y me muerdo el labio inferior.
—No apartes la mirada.
No podría aunque quisiera. Lo miro fijamente mientras su dedo explora mis contornos a través de las bragas. Necesito toda mi fuerza de voluntad para quedarme quieta y no restregarme contra su mano.
—Tu coño va a ser tan jodidamente pequeño y apretado.
Veo cómo tensa la mandíbula.
—Joder, ya me imagino metiéndote la polla.
La imagen me hace gemir. Mis ojos se cierran solos para poder concentrarme en lo que veo tras los párpados.
—Ojos abiertos —espeta, y me pellizca el clítoris.
Abro los ojos de golpe.
—Cuando dije que tenías que hacer todo lo que te dijera, lo decía en serio. Todo. Y estuviste de acuerdo, ¿recuerdas?
—Lo estuve.
Mi voz sale ronca.
—Estabas pensando guarradas cuando lo dije, ¿verdad?
—Sí.
Sacude la cabeza.
—Quién iba a pensar que una virgen inocente podría ser tan puñeteramente guarra.
Me pregunto qué pensaría si supiera que anoche me masturbé pensando en él. Que lo he hecho muchas veces.
El dedo de V empieza a trazar círculos sobre mi clítoris, poniéndolo duro. Me muevo contra su mano mientras el placer aumenta. Deseo tanto sus dedos sobre mi piel que esto es casi una tortura. Solo puedo pensar en una cosa: si puede hacer esto con las bragas puestas, ¿qué podría hacer sin ellas?
Pero si esto es todo lo que voy a conseguir, lo acepto.
Con la otra mano me pellizca el pezón hasta ponerlo duro. Ese único dedo traza círculos sobre mi clítoris, presionando cada vez más fuerte y más rápido. Se me escapan gemidos y lucho por mantener los ojos abiertos. Me observa intensamente, como si nunca hubiera visto nada igual.
V mueve la mano para presionarme con la base de la palma. Me froto contra ella.
—Córrete para mí, Pequeña. Sabes que puedes.
Es todo lo que necesito. Esas palabras me hacen estallar. Me agarro a su brazo mientras el orgasmo me recorre entera. Me relajo y lo suelto, pero por muy extasiada que me sienta, no es suficiente. Necesito más. Lo necesito a él entero.
—Buena chica —murmura, inclinándose para darme un beso en la frente.
Se aparta y me baja los pantalones cortos arrugados.
—Voy a darme una ducha.
Me incorporo y la bruma se disipa.
—¿Pero qué pasa con...?
Miro la erección que se marca contra sus vaqueros.
Sonríe con suficiencia.
—Una ducha fría se encargará de eso.
—Pero...
Me pasa el pulgar por el labio inferior.
—Aunque mataría por tener tus manos o tu boca sobre mí, no voy a hacerlo. Estoy aquí para protegerte, no para aprovecharme de ti.
—No te estarías aprovechando de mí.
—Sí, lo haría.
Me da un beso en los labios y se pone de pie.
—Perdí el control y no debería haberlo hecho. Probablemente iré al infierno por lo que acabo de hacer, pero valió la pena, no lo negaré. Eres lo más bonito que he visto nunca cuando te corres.
Todos los argumentos se desvanecen. Yo también quiero cuidar de él, pero ¿cómo puedo convencerlo? V es el hombre más terco que conozco. Solo me queda esperar que, si nos quedamos aquí el tiempo suficiente, cambie de opinión.
—No te muevas —me dice—. Déjame pensar en ti toda extasiada y satisfecha mientras me ducho.
—Podría ir a ducharme contigo —digo esperanzada, aunque sé que no hay ninguna posibilidad.
—Buen intento, Pequeña.
Se pasa una mano por el pelo.
—No voy a volver a tocarte. Lo digo en serio.