Capítulo cinco
Valentine
Masturbarme en la ducha no sirvió de nada.
Tampoco correrme tan fuerte estas últimas noches que pensé que iba a desmayarme.
Tres noches sin dormir recordando la sensación del coño caliente de Gray contrayéndose bajo mis dedos tampoco han arreglado nada.
Nada puede borrar lo que hice y nada puede evitar que la desee más que nunca.
Solo he conseguido empeorar las cosas. Mucho, mucho más.
Ella no ayuda, claro. Está cantando en la cocina.
Joder, cantando. Una canción pop que no conozco, pero su voz es tan dulce que me atraviesa como una puñalada en el estómago.
No te la mereces. No deberías haberla tocado.
Me recuerda lo cerca que estuve de arrebatarle todo lo bueno e inocente que hay en ella.
Lleva pantalones cortos vaqueros y una camiseta ajustada, y va descalza otra vez. Me asalta una imagen, algo que no tengo derecho ni a considerar. ¿Cómo era el dicho? ¿Descalza y embarazada en la cocina? Joder, mataría por eso. Gray, con el vientre redondo de mi hijo.
Claro que, si la dejara embarazada, su hermano me mataría a mí.
—¿Qué haces? —pregunto mientras me seco el pelo con una toalla.
Ella sonríe. Es el tipo de sonrisa que hace que hasta un cabrón sin corazón como yo sienta algo cálido por dentro.
Tan jodidamente genuina. No sé cómo puede sonreír en un momento así, pero se ha portado bien.
Tres días atrapada en medio de la nada sin nada que hacer debe de estar volviéndola loca, pero no se ha quejado ni una sola vez.
—Estoy cocinando.
—Ya lo veo —digo mientras remueve la salsa y la pasta hierve a fuego lento—. ¿Te has cansado de mi cocina?
Niega con la cabeza.
—Qué va. Cocinas muy bien. —Se ríe.
—¿Qué?
—Es que nunca te habría imaginado como un sibarita.
—Oye, un hombre tiene que comer. Y yo, Pequeña, solo como lo mejor.
—Bueno, no sé si esto será lo mejor, pero es lo mejor que sé hacer. —Se le colorean un poco las mejillas.
—Me encanta que cocines para mí.
El rubor se intensifica. Joder, me encanta. Quiero hacerla sonrojar una y otra vez. Quiero ver ese rubor extenderse por todo su cuerpo mientras le digo lo jodidamente hermosa que es y lo cachondo que me pone.
Respiro hondo. He aguantado tres días. De alguna manera, tengo que sobrevivir unos cuantos más. Llamaré a Danny a final de semana y con suerte tendrá buenas noticias.
Gray sirve la pasta con una generosa ración de salsa y deja los platos en la encimera junto con las servilletas y los cubiertos.
Se mueve por la cocina con soltura y me relajo mientras la observo.
Hay algo hipnótico en verla ir de un lado a otro: deja una sartén en el fregadero, se lame un poco de salsa del pulgar y por fin se sienta a mi lado.
Nunca me atrajo la idea de la felicidad doméstica. Hasta ahora. ¿Quién coño lo iba a decir?
Me lanzo a por la pasta mientras el estómago me ruge con el aroma a tomate.
—Está buena —digo entre bocado y bocado.
—Es prácticamente lo único que sé cocinar, así que no esperes mucho más de mí.
Le limpio un poco de tomate de la comisura de la boca con el pulgar y me lo llevo a los labios sin pensar.
Gray me observa con avidez y por un momento olvido todos mis propósitos de mantenerme alejado de ella.
Puede que tenga hambre, pero que le den a la comida: preferiría comérmela a ella.
Subirla a la encimera y lamerle ese coño tan bonito hasta que me apriete la cabeza con los muslos y se corra en mi cara.
Sacudo la cabeza para apartar esas imágenes y me meto varios tenedores más de comida en la boca.
—No espero nada de ti, Gray. Estoy aquí para cuidarte. En todos los sentidos.
—¿En todos los sentidos? —pregunta con tono juguetón.
Al instante me arrepiento de mis palabras. Esa mirada coqueta combinada con su tono de voz basta para ponerme la tensión por las nubes.
—Quiero decir que no tienes que cocinar ni limpiar ni hacer ninguna de esas mierdas. —Joder, si fuera por mí la tendría desnuda en la cama casi todo el día, sin tener que mover un dedo en su vida, salvo para agarrarme del pelo mientras se corre.
—Necesito hacer algo, V. Me volveré loca si no.
—Lo sé, lo sé. —Clavo el tenedor en la pasta y finjo por un momento que es el cabrón que nos está haciendo esto. Si no hubieran intentado hacerle daño a Gray, no estaría metido en este lío, atrapado en una maraña de deseo y erecciones jodidamente constantes.
—Llamaré a Danny a final de semana —le recuerdo—. Para entonces lo habrá solucionado.
—¿Y todos volveremos a la normalidad?
—Claro.
No. ¿Cómo va a ser posible? ¿Cómo voy a volver a la normalidad cuando he sentido la forma de su coño caliente y apretado, cuando he respirado el aroma de su excitación, cuando la he visto correrse con mis dedos dentro? Nada volverá a ser lo mismo.
—¿Y tú y yo...?
—Nada ha cambiado, Pequeña.
—¿No? —Gray se gira en la silla para mirarme de frente.
La ignoro y termino de comer tan rápido que apenas la saboreo. Me levanto, llevo el plato al fregadero y la señalo.
—No toques eso. Yo recojo en un minuto.
—¿Adónde vas?
—A darme una puta ducha.
Hay un destello de triunfo en sus ojos mientras paso junto a ella dando pisotones. Se cree muy lista, provocándome hasta hacerme perder los papeles. No tiene ni idea de lo que podría desatar. Ni puta idea.
Me desnudo rápidamente en cuanto entro al baño y abro el agua fría.
—Joder, maldita sea.
Apoyo las manos contra la pared y dejo que el agua helada me recorra. Sin embargo, nada parece apagar el calor que llevo dentro. Nada me impide desearla.
Antes de esta semana, pensaba que era algo que podía controlar.
Solo un capricho pasajero —uno que no debería tener, por supuesto— pero nada profundo.
Lo único que tenía que hacer era aguantar hasta que ella se fuera a la universidad y se echara algún novio idiota.
Después, con el tiempo, acabaría casada con un tipo rico y decente, tendría hijos y asistiría a eventos benéficos.
Sé que eso es lo que Danny quiere para ella, y yo también lo quería.
Ya no.
La quiero cabalgando sobre mi polla. La quiero llena de mi semen. La quiero embarazada de mi hijo. Quiero que sea mía, completamente.
Paso en la ducha todo el tiempo que puedo. Lo que sea con tal de no verla. Esto es jodidamente estúpido. Soy un luchador entrenado y un criminal. He lidiado con todo lo que la vida me ha echado encima. No debería tenerle miedo a una cría.
—Te duchas mucho —comenta cuando vuelvo.
Los cuencos y las sartenes están limpios y guardados. Ahora está acurrucada en el sofá, con una manta sobre las piernas y alguna mierda para chicas en la tele.
—Son necesarias.
—¿Dos en un día? Vamos, V, no estás tan sucio.
No tiene ni puta idea. Solo hay que mirarla, con esos ojos grandes e inocentes y ese cuerpecito dulce y tentador. Ni idea de lo sucio que puedo llegar a ser. La tentación de demostrárselo me quema las entrañas.
Señalo la cocina.
—Creí haberte dicho que no hicieras nada.
—Solo quería ayudar.
—Pues no lo hagas. Se supone que debo cuidar de ti. No quiero que levantes ni un maldito dedo.
—No soy tu esposa para que me des órdenes, V.
—Si lo fueras, te pondría sobre mis rodillas por no escuchar. Si lo fueras, tampoco te dejaría levantar ni un jodido dedo.
—Eso es un poco anticuado.
—¿Querer cuidar de tu esposa?
—Bueno, supongo…
Se encoge de hombros.
—Supongo que si lo pones así…
Me deslizo en el sofá junto a ella, procurando mantener cierta distancia entre nosotros.
—Si es anticuado querer cuidar de tu mujer, llámame anticuado.
Gray me mira de esa manera que parece calarme hasta el fondo.
Inclina la cabeza y frunce los labios como si intentara resolver un rompecabezas.
No creo que yo sea tan complicado. Trabajo, como, duermo y vuelta a empezar.
Y entre medias, fantaseo con hundirme en el coño virgen de Gray. Nada complicado.
—¿Alguna vez has estado casado?
Se me cierran los dedos involuntariamente. Aparto la mirada.
—¿V? ¿Lo has estado?
—Hace mucho tiempo.
—¿Cuánto?
—Dieciocho años.
—¿Qué pasó?
Respiro hondo. No hablo de mi vida antes de Danny. Nunca. Danny conoce lo básico, pero nada más. ¿Para qué iba a hacerlo? La dejé muy, muy atrás.
—Las cosas cambiaron.
—¿Qué cambió?
Se acerca más a mí.
—Sé que estuviste en el ejército.
Asiento.
—Navy SEAL.
—¿Fue eso lo que cambió?
—Algo así.
—Vamos, V, somos amigos, ¿no? Cuéntame qué pasó. Al fin y al cabo, se supone que debo confiarte mi vida, pero ¿tú no confías en mí? No es muy justo.
—Pequeña, confío en ti, pero no necesitas conocer la historia de mierda de mi vida.
—Puede que no lo necesite, pero quiero saberla.
No sé qué tiene esta chica. Quizá por eso siempre intento mantenerla a distancia. No solo porque es demasiado joven y la hermana de Danny, sino porque es capaz de metérseme en la cabeza y hacerme confesar cada jodida cosa que he hecho en mi vida.
—Me casé joven. Con dieciocho años. Ella se quedó embarazada, así que nos casamos deprisa.
—¿Eres padre?
—No. Tuvo un aborto espontáneo.
Aparto la punzada de dolor que me atraviesa el pecho. Fue hace tanto tiempo que a veces olvido que aún puede dolerme, pero el recuerdo de ese día sigue vivo y en carne viva.
—Lo siento mucho.
Gray pone la mano sobre la mía.
Me encojo de hombros y retiro la mano de debajo de la suya.
—No soy el único al que le ha pasado. Y le ha pasado a gente mejor que yo.
Niega lentamente con la cabeza, pero no intenta llevarme la contraria.
—¿Qué pasó con tu esposa?
—Se aburrió de mí, supongo.
—No.
Arqueo una ceja.
—¿No?
—Estás mintiendo, V. Lo noto.
—Serías la única.
—Pues quizá lo sea.
—Es una historia larga y aburrida. No te interesaría.
—Lo estaría. —Se inclina hacia delante—. Lo estoy.
Me levanto y voy a la cocina para alejarme de ella. Gray me observa y siento su mirada clavada en mi espalda. —No hay nada que contar, Gray —digo por encima del hombro.
—Sí que lo hay. Y algún día me lo contarás, lo sé.
—No te hagas ilusiones —murmuro.