Capítulo Tres
Valentine
Gray duerme casi todo el trayecto hasta la casa de seguridad.
Está enterrada en lo profundo del bosque, con agua a un lado y árboles al otro.
Perfecta para esconderse y fácil de proteger.
Solo hay un camino de acceso, y en la entrada tienen cámaras ocultas entre los árboles.
No necesité preguntarle a Danny si estaría bien abastecida.
Aparco el coche junto a la casa de madera. Un porche recorre la fachada, con vistas al lago. Las montañas se extienden en el lado opuesto, un recordatorio de nuestro aislamiento. Si algo le pasa a Gray, será culpa mía y de nadie más. Solo me tiene a mí, y debo protegerla.
—Pequeña.
Lleva la misma camiseta de tirantes de ayer.
Al menos hace suficiente calor para ir así, pero odio lo vulnerable que parece con ella.
Puedo ver su clavícula y la suave curva de sus pechos.
Sus pezones son dos pequeños bultos que presionan contra el algodón amarillo.
No lleva sujetador. Bastaría con bajar un tirante para liberar su pecho y tomarlo en mi boca.
Joder, ¿qué me hace esta mujer? Casi puedo saborear su dulce piel y oír sus gemiditos mientras la mordisqueo y la chupo.
Voy a tener que conseguir que se ponga más ropa cuando esté conmigo.
¿Cómo voy a mantenerme concentrado si lo único en lo que pienso es en follármela duro y rápido, en hacerle sentir lo que es tener mi polla dentro?
—Gray —pruebo esta vez.
Se remueve, sus labios hacen un pequeño puchero antes de bostezar y mirar a su alrededor.
—¿Ya hemos llegado?
—Sí, ya hemos llegado.
Salgo del coche y le abro la puerta. Se desliza fuera, dejando ver un destello de muslo bronceado.
Reprimo un gemido. Si voy a pasarme cada maldito momento empalmado a su lado, esto va a ser agotador.
Ya me masturbé pensando en ella anoche. No es precisamente apropiado, pero no me quedó otra.
Pensar en ella con esas inocentes braguitas blancas me hizo correrme tan fuerte que casi me parto los dientes por no hacer ruido.
Cojo mi bolsa del coche, abro la puerta y la guío dentro.
La casa está mejor amueblada que la mía.
No necesito echar un vistazo para saber que la nevera y los armarios estarán llenos de comida suficiente para varias semanas.
Habrá productos de aseo y ropa para los dos en las habitaciones.
Danny siempre estuvo preparado para el día en que alguien fuera a por él y Gray.
La pobre cría no tenía ni idea de que esto probablemente iba a pasar tarde o temprano.
Pero si de mí depende, esto acabará pronto y ella volverá a planificar su futuro como estudiante brillante, a vivir su perfecta vidita lejos de toda esta mierda.
Ese siempre fue el plan de Danny para ella, y no me opongo. El único problema es que no me incluye. Lo cual es genial para ella, pero no para mí. Temo el día en que ya no pueda verla.
Gray da una vuelta por la habitación; está perfecta contra las paredes de madera y los muebles de lujo. Han dejado la estufa de leña lista por si refresca. Quien se encarga del lugar sabía que veníamos.
Tiro mi bolsa al suelo.
—Quédate aquí —le digo, y empiezo a revisar la casa.
Danny no dejará nada al azar, pero yo tampoco.
Tengo que asegurarme de que todo esté completamente seguro.
Reviso las cerraduras de todas las ventanas, abro cada armario y registro las habitaciones.
Todo despejado, así que vuelvo al salón y encuentro a Gray de pie en el mismo sitio donde la dejé, con esos bracitos delgados rodeándose el cuerpo otra vez.
Ojalá dejara de hacerlo; me hace pensar que no confía en que pueda protegerla.
—¿Cuánto tiempo tendremos que quedarnos aquí?
—No lo sé. Pero Danny lo solucionará, no te preocupes.
—O sea que mientras tanto solo tenemos que quedarnos aquí y... ¿qué?... ¿esperar?
—Sí.
—¿Y tú también te vas a quedar todo el tiempo?
—Sí.
Se lleva el pulgar a la boca y mordisquea la punta.
—¿No te vas a aburrir?
¿Aburrirme de desearla sin poder hacer nada al respecto? Puede. Pero ¿aburrirme de su compañía? Nunca.
—Se me da bien esperar —digo.
—¿Qué haces exactamente para mi hermano?
—Lo que haga falta.
—¿Incluido hacer de niñera?
—Incluido mantenerte a salvo. Cueste lo que cueste.
Niega con la cabeza.
—¿De verdad crees que estoy en peligro? ¿Alguien va a venir a por mí?
—No si puedo evitarlo.
Señalo a mi alrededor.
—Aquí estás a salvo, Pequeña. Solo un puñado de personas conoce este sitio, y ninguna se atrevería a traicionar a Danny.
—¿Porque les haría daño?
No sé si estoy preparado para las preguntas que Gray tiene sobre su hermano.
Ella sabía que no era precisamente un hombre de negocios honrado, pero no creo que tuviera ni idea de cómo funcionaban las cosas hasta ayer.
El negocio de Danny implica tratar con la escoria de la tierra.
Y cuando esa clase de gente está metida en el asunto, las cosas pueden ponerse feas.
—¿Por qué no te das una ducha mientras preparo algo de comer? No has comido en todo el día.
Hace un puchero. Lo ignoro a propósito y me dirijo a la cocina.
Si la miro demasiado rato, se lo contaré todo.
Cederé y le hablaré de cómo he hecho daño a gente por su hermano.
Le contaré todos los tratos turbios que he cerrado para él.
Los polis y jueces que he sobornado. Le diré cómo pasé de servir a mi país a servir a su hermano.
No quiero contarle esas cosas. Sé que soy un monstruo, pero no soporto que ella también lo vea.
Con un suspiro audible, se marcha dando pisotones hacia el baño.
Aunque no tuviera que luchar contra mi deseo por ella a cada segundo, sería difícil de manejar.
Danny la ve como alguien dulce e inocente, y lo es —joder, lo es—, pero es testaruda cuando quiere, y demasiado lista.
En realidad, solo era cuestión de tiempo que empezara a entender todo lo que su hermano ha hecho para darle la vida que tiene.
La ducha se enciende y me permito relajarme por primera vez desde ayer.
Rebusco en la nevera y los armarios: están completamente abastecidos.
Saco pasta y la pongo a hervir mientras me muevo por la nueva cocina con soltura.
Me pongo a preparar una salsa carbonara.
No será la alta cocina a la que Gray está acostumbrada, pero servirá.
Mientras la pasta se cuece, saco uno de los muchos teléfonos desechables y lo enciendo. Salgo y marco un número.
—Sí —responde Danny al segundo tono.
—Estamos aquí.
—Bien.
—¿Alguna novedad?
—Nada. Nadie está hablando, joder. Quienquiera que haya hecho esto, va en serio.
—¿Las tríadas? —sugiero.
—No —puedo oír la ira en la voz de Danny—. No. Esto es nuevo. Alguien que intenta meterse en mi territorio. Pero si son jodidamente nuevos, ¿cómo coño han conseguido que todos se callen?
—No pueden permanecer en silencio para siempre.
—No —dice Danny, con determinación en la voz—. No, no pueden. —Suspira—. ¿Gray está bien?
—Está bien. Un poco conmocionada, pero está bien.
—Va a tener unas cuantas preguntas para mí cuando vuelva a casa.
—Preocúpate de eso después de ocuparte del asunto.
—Sí —coincide—. No dejes que le pase nada, V. Lo digo en serio. No confiaría a nadie más para cuidarla.
—La protegeré —prometo, aunque que Danny hable de confianza me remueve por dentro. Puede que sea capaz de protegerla de quienquiera que intente hacerle daño, pero ¿puedo protegerla de mí mismo?
—Vuelve a llamar en una semana. A la misma hora.
—Entendido. —Cuelgo y tiro el teléfono al lago. Con suerte, en una semana Danny habrá conseguido que alguien hable y podremos volver a casa.
Me quedo mirando la superficie tranquila del lago; las ondas que dejó el teléfono ya se han desvanecido.
Una semana a solas con Gray. Joder, he pasado por cosas peores.
Recorrí todos los agujeros infernales del planeta con el ejército.
Me han dado palizas, me han pegado tiros, me quedé tirado en el desierto tragando arena y cubierto de sangre.
Si pude sobrevivir a eso, puedo sobrevivir a esto.
Respiro hondo, aire sin rastro de Gray, y me giro para encontrármela de pie en el porche.
Por un momento, olvido mi lugar, olvido mi trabajo.
El viento le agita suavemente el pelo y le echa los mechones húmedos sobre la cara.
Está descalza, con solo una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos a cuadros.
Probablemente sea mi imaginación, pero juraría que puedo ver sus pezones marcándose contra el algodón. Otra vez sin sujetador, joder.
La realidad me golpea en la cara. La señalo con el dedo.
—Entra, Gray, maldita sea.
Aparta la vista bruscamente y puedo ver un destello de ira en esos ojos, incluso desde donde estoy. Entro a grandes zancadas y ella se planta con las manos en las caderas.
—No hace falta que me grites —protesta.
—¿Qué parte de que te dispararon ayer no entendiste?
—¿La parte en la que no puedo ni estar fuera dos segundos? ¿Pensaste que alguien iba a dispararme desde una montaña?
Me acerco un paso, reduciendo la distancia entre nosotros a apenas un metro.
—Esto solo funcionará si haces todo lo que te digo. Todo.
—¿Todo? —La ira en sus ojos parece disolverse. No sé por qué.
—Quiero que seas completamente obediente, ¿entiendes? No te separarás de mi lado. Ahora soy tu jodida sombra, Pequeña. Será mejor que te vayas acostumbrando.
Su lengua se desliza brevemente por el labio inferior y lo deja húmedo, suculento. Quiero atraparlo entre mis dientes y chuparlo hasta que se hinche y ella gima. Bajo la mirada al escote de su camiseta de tirantes, incapaz de resistirme a las sombras que se adivinan. Me pongo duro al instante.
Joder.
Esa camiseta es una jodida tortura para mí. Revela lo justo pero oculta esos pezones respingones. Tengo que apretar los puños a los costados para no arrancársela.
Se oye un chisporroteo y los dos nos volvemos hacia la pasta, que se está desbordando. Me acerco a grandes zancadas y bajo el fuego, luego vuelvo a la salsa.
Ella se acerca y se sienta en un taburete frente a la encimera. Apoya el codo en el lateral, descansa la barbilla en la mano y me observa.
—No sabía que supieras cocinar.
—Pequeña, tengo treinta y ocho años. ¿Cómo crees que he sobrevivido tanto tiempo si no?
Ella se encoge de hombros y uno de los tirantes se le desliza un poco por el hombro dorado. Si me inclino hacia delante, seguro que tendré una vista aún mejor. Aprieto los dientes y finjo que la pasta es más interesante que ella.
Comemos en la encimera, los dos probablemente con más hambre de la que creíamos. Hay algo extraño y agradable en esto. Normalmente como en el coche o en el sofá. Rara vez con alguien. Nunca pensé que me estuviera perdiendo nada.
Pero no puedo evitar observarla. Cómo sorbe la pasta entre los labios y la lengua le asoma para lamer la salsa.
También hace ruiditos de placer. Me golpea la certeza de que me gusta, joder, me gusta darle de comer.
Más que nada, solo quiero cuidar de ella.
Envolverla, protegerla del mundo y hacerla mía.