Pequeña Capítulo Dos
8%

Capítulo Dos

Gray

No sé cómo puede dormir V. Me quedo mirando el techo y luego me giro de lado. La cama es cómoda y las sábanas son caras. No sé si no puedo dormir por lo que pasó hoy, que fue tan, tan horrible, o porque estoy en el apartamento de V.

Sé que gana bastante trabajando para mi hermano. Todos ganan bien. Entonces, ¿por qué vive en este lugar horrible sin muebles y con ropa de cama cara? Es todo un enigma.

Respiro hondo y cierro los ojos para concentrarme en la oscuridad tras los párpados. El problema es que, cuando lo hago, me vienen destellos de lo que pasó hoy. Estábamos en el taller de mi hermano, a punto de irnos a casa. Un día normal de colegio, nada más.

Frunzo el ceño. ¿Qué pensarán cuando no aparezca mañana?

Desde luego no pensarán que alguien estaba intentando matarnos a mi hermano y a mí. Hubo disparos, tantos disparos. Luego mataron a ese hombre, uno de los nuevos. Solo tenía unos años más que yo. Había tanta sangre. Lo oí exhalar su último aliento.

Agarro las sábanas con fuerza, intentando que las visiones desaparezcan.

Desaparecen, y me quedo con la imagen de la mano de V en mi brazo, dejando huellas ensangrentadas.

Luego él sentado a mi lado, frotándome la espalda.

Nunca entenderá lo que me provoca. Lo que siempre me ha provocado.

Creo que me fijé en él por primera vez cuando tenía unos catorce años.

Demasiado joven para fijarme en un hombre de su edad.

Pero tenía todos esos músculos y ese pelo oscuro demasiado largo.

Era peligroso y sexy, y todo lo que podría desear.

Mi respiración siempre se acelera cuando estoy cerca de él, y luego a veces me mira y olvido respirar.

Sus ojos, tan oscuros que son casi negros, tienen esa manera de calar en lo más profundo de mí.

A veces siento que realmente me ve. Por un breve momento, no soy la hermana de Danny ni una colegiala.

Soy una mujer con necesidades y deseos, y él lo sabe.

Pero esas miradas desaparecen enseguida y me siento estúpida por siquiera imaginar que un hombre como él podría interesarse en mí.

Las sábanas huelen a él. A jabón y limpieza.

Inhalo el aroma profundamente y me ajusto la camiseta.

¿A cuántas mujeres se habrá follado en esta cama?

¿Qué les hace? No debería estar pensando en estas cosas.

No debería estar imaginando esto, pero el deseo entre las piernas crece mientras me imagino en su lugar, pasándole las manos por la espalda y dejando que me tome una y otra vez.

Puede que sea virgen, pero he visto suficiente porno como para saber qué esperar.

Lo único que sé es que en el momento en que V me toca, me enciende.

Apenas puedo imaginar cómo sería si me tocara por todas partes.

Me giro hacia el otro lado con un resoplido.

¿Cómo se supone que voy a dormir estando aquí?

¿Acostada en su cama? Es imposible. Debería sentir miedo, creo.

O sea, alguien quiere matarme. Lo sentí durante un rato, pero ya no sé cómo sentirlo.

Estar cerca de V me revuelve la cabeza y me convierte en una idiota.

Dios, debe pensar que soy tonta de remate con lo que me trabo cuando estoy cerca de él.

El ruido del tráfico de fuera se mezcla con algún grito ocasional o charla indistinta. De vez en cuando maúlla un gato. No sé cómo vive así. Seguro que podría permitirse algo mejor.

La carcajada estridente de una mujer en la calle —probablemente una prostituta— me sobresalta.

Suspiro, me incorporo y me paso una mano por el pelo enredado.

Me levanto y voy a la ventana a mirar hacia el callejón.

Efectivamente, varias prostitutas deambulan por ahí.

Es tan diferente de donde vivo yo: una casa grande en una urbanización cerrada, lejos del centro de la ciudad.

El suelo de madera está frío bajo los pies y soy demasiado consciente de las piernas desnudas bajo la camiseta que me prestó V.

Es lo bastante grande como para llegarme hasta las rodillas, pero de repente me hace sentir vulnerable.

Cierro las cortinas y cruzo la cocina hacia el salón.

Quizá si lo miro, si sé que está ahí, pueda volver a dormir.

La luz de fuera baña la habitación en un tono naranja chillón.

V duerme en el sofá, tumbado boca arriba, con las manos detrás de la cabeza.

Sus respiraciones profundas resuenan por la habitación.

Parece tan relajado, tan en paz. Las arrugas alrededor de los ojos y las que le marcan la frente están suavizadas. Nunca lo he visto así.

Su pecho sube y baja. Observo cada respiración y me voy relajando.

Si él puede dormir en un momento como este, seguro que yo también, ¿no?

Tiene una manta fina echada sobre las piernas, pero se le está escurriendo.

Le miro la cara una vez más. Es como otro hombre.

La intensidad, la seriedad han desaparecido.

Ahora mismo parece, bueno, humano. Accesible.

Agarro la esquina de la manta con intención de arroparlo. Se me escapa un grito cuando una mano firme se cierra en torno a mi muñeca. V se despierta en menos tiempo del que me llevó tomar aliento. Me arrastra hacia él. Nuestros cuerpos chocan y me quedo sin aliento.

Parpadea y me mira.

—¿Gray?

Asiento.

—Solo estaba arropándote —consigo decir con voz de pito.

Nuestras caras están tan cerca que puedo oler la menta de su aliento y sentir su calor en los labios. Ni siquiera estoy segura de estar respirando.

Su cuerpo está duro debajo del mío. Esas respiraciones que observaba moverle el cuerpo le acercan el pecho al mío, aplastándome los pechos. Tengo las piernas enredadas con las suyas y la camiseta subida por encima de las caderas, dejando las bragas a la vista.

Trago saliva. Su mirada se demora en mi cara y me recorre entera. Siento un hormigueo por todas partes, como si estuviera haciendo algo más que mirar. Las bragas se me humedecen.

Se mueve hacia delante. Solo un poquito. Lo suficiente para que solo tenga que moverme un milímetro y nuestros labios se toquen. El corazón me late tan fuerte en el pecho que temo desmayarme en cualquier momento.

Su mirada baja a los labios. ¿Es posible que esté pensando lo mismo? Siento los latidos de su corazón contra el pecho y parecen más rápidos que antes.

V me suelta la muñeca bruscamente, me pone las manos en la cintura y me levanta como si no pesara prácticamente nada. Se pone de pie y se pasa una mano por el pelo. Su mirada cae sobre las caderas, donde la camiseta está toda subida y deja ver mis sencillas bragas de algodón.

Se gira rápidamente, como si la visión le quemara, y me apresuro a bajarme la camiseta.

—Está bien —digo en voz baja.

Se vuelve hacia mí.

—¿Lo está?

No estoy segura de a qué se refiere. Tiene una mirada torturada en los ojos y esas arrugas han vuelto a su frente, como si simplemente vivir le causara dolor.

Me abrazo el cuerpo.

—No podía dormir.

—No me sorprende.

—No tuviste ningún problema.

—He presenciado cosas peores, Pequeña.

Pequeña. Me llama así desde siempre. Debería odiarlo. Al fin y al cabo, no quiero que me vea de esa manera, pero no puedo evitarlo. Cada vez que lo dice, me derrito. Me hace sentir pequeña y delicada, y protegida.

—¿Como qué?

Niega con la cabeza.

—No voy a hablar de esto contigo, Gray. No necesitas tener esas cosas en la cabeza.

Suelto un suspiro. Todo el mundo intenta protegerme siempre.

Mi hermano no quería que supiera realmente a qué se dedicaba.

Por desgracia, ayer descubrí lo peligroso que era.

He vivido tan protegida, tan aislada del mundo oscuro en el que él se mueve.

Un mundo en el que V también vive. Debería recordarlo.

Aunque eso no cambia nada. Sigo queriendo sentir sus labios sobre los míos. Y en otras partes. Sigo queriendo saber qué grabó ese dolor en su rostro y qué hace que duerma como un tronco pero se despierte en segundos al menor ruido.

—Vete a descansar, Pequeña. Mañana podrás dormir como es debido durante el viaje.

Me está echando. Me duele el corazón. No me quiere cerca. Seguro que soy un estorbo. ¿Qué hombre en su sano juicio querría hacer de niñera de una chica de instituto?

—Deja la puerta un poco abierta —me dice antes de que me dé la vuelta—. Así puedo asegurarme de que estás bien.

Asiento y vuelvo al dormitorio. Dejo la puerta entreabierta, lo justo para que pueda ver el interior pero no pueda verme meterme en la cama.

Y no puede verme deslizar las manos bajo las bragas y recordar lo cerca que estuvo de mí, cómo sentí su cuerpo duro contra el mío.

No puede verme acariciarme el clítoris y cerrar los ojos mientras el placer me invade.

Yo tampoco puedo verlo a él. Pero oigo un gruñido y después un gemido. Seguramente sea cosa de mi imaginación, pero no puedo evitar pensar que quizá esté haciendo lo mismo. Que tal vez, solo tal vez, me necesite tanto como yo a él.