Pequeña Capítulo Uno
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Pequeña

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Por Darcy Dawes

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Capítulo Uno

Valentine

Mantengo la mirada fija en la carretera. El volante de cuero permanece firme en mis manos. Hay poco tráfico, la carretera bañada en luz dorada. Voy rápido —demasiado rápido, supongo—, pero no lo bastante para mi gusto. Un coche sale de un cruce y lo esquivo con un volantazo.

Un chillido a mi lado capta mi atención.

Ella.

La razón por la que conduzco como un loco. Aunque nunca lo adivinarías por mi expresión. Sé que Gray probablemente piensa que conduzco así todos los días, como un puto conductor huyendo de la policía. Pero no llevo la carga más preciosa en mi coche todos los putos días.

Me arriesgo a mirarla y me arrepiento. Contra los grandes asientos de cuero, parece tan condenadamente vulnerable. Toda ella piel pálida y miembros temblorosos. Ni siquiera va vestida para una noche fría como esta: lleva una camiseta de tirantes y una minifalda vaquera.

—Hay una chaqueta atrás —gruño.

Odio hablarle. En los diez años que llevo trabajando para su hermano, he mantenido las conversaciones al mínimo. Ambos sabemos que no soy digno ni de un segundo de su tiempo. No un cabrón criminal como yo.

Ella sigue acurrucada en el asiento, abrazándose las piernas. Esas malditas piernas que me hacen olvidarlo todo. Incluso ahora, cuando se supone que debo concentrarme en ponerla a salvo, no puedo evitar echar un vistazo a esas piernas interminables.

A veces la odio. La odio por haberse convertido en mujer.

Si se hubiera quedado siendo esa cosita joven y dulce, nunca tendría estos pensamientos.

Nunca pensaría en esos muslos y en lo jodidamente perfectos que serían rodeando mis caderas.

Ni me preguntaría por el aroma entre ellos.

Nunca imaginaría los sonidos que haría mientras mordisqueo la suave carne del interior de sus muslos.

Incluso ahora... incluso ahora mismo, cuando nuestras vidas están en juego, me estoy empalmando. Esto es lo que ella me hace. Así es como me tortura cada día de mi vida.

—Pequeña, coge el abrigo —ordeno con brusquedad.

Gray permanece inmóvil, con la mirada fija en la carretera.

Suspiro, me estiro hacia atrás con un ojo en la carretera y busco a tientas el abrigo. Saco la chaqueta de cuero gastada y se la lanzo. Ella se sobresalta y se estira un poco para echársela sobre los hombros.

Otro escalofrío la sacude. Una punzada de compasión me golpea en las entrañas —o quizás no sea compasión.

Quizás arrepentimiento. Quizás algo más.

Es doloroso, me retuerce el estómago. Odio que esté metida en esta vida.

No debería estarlo. Debería estar con sus amigas, haciendo lo que hacen las chicas jóvenes.

Ir de compras, cotillear y salir con chicos.

No. Salir con chicos no. No soporto la idea de esos cabrones salidos cerca de ella. Por suerte, Gray nunca ha parecido interesada en ningún chico, porque si no tendría que soltar unas cuantas amenazas. Los rumores sobre su hermano probablemente los mantienen a todos a raya, malditos cobardes.

Nada me mantendría alejado si tuviera una oportunidad con ella.

No es que la tenga. Ni que la quiera. Es un cielo. Una mujer inocente —apenas. Es demasiado joven, demasiado buena, demasiado todo. Y yo no doy la talla.

Extiendo la mano para tocarle el brazo. Joder, no tengo ni idea de cómo consolar a alguien.

La última vez que abracé a una mujer fue hace años.

Cuando la última me delató a la policía, pasé de ellas.

No merecen la pena ni el esfuerzo. Después de que Danny echara a sus abogados encima de los polis, todo quedó olvidado, junto con la idea de que yo pudiera tener alguna vez una mujer a la que amar.

Gray se estremece al contacto. Miro el punto donde la toqué y maldigo en voz alta. Levanto la palma y veo la sangre pegajosa. La sangre de Finn. Golpeo el volante con la mano, haciendo que Gray vuelva a sobresaltarse.

Ella deja la huella ensangrentada ahí, demasiado en shock, creo, para siquiera moverse. Todavía siento el calor de la sangre en las palmas, cómo brotaba de Finn hasta que se apagó. Pobre chaval. Apenas veinte años y ya no está. Desde luego no se merecía nada de esto.

El hermano de Gray se encargará de esto.

Es despiadado. Por eso tiene enemigos. Aunque son unos putos idiotas si creen que matar a Finn y casi cargarse al resto de nosotros, incluida su hermana, iba a hacer que se rindiera.

No, Danny removerá cielo y tierra hasta encontrar a los responsables de la muerte de Finn y se asegurará de que paguen.

Mientras tanto, tengo que mantener a Gray a salvo. Eso significa no tocarla y no asustarla.

Hasta ahora lo he hecho de pena en ambas cosas.

Me limpio la mano en los vaqueros y carraspeo.

—Todo irá bien, Pequeña.

El apodo que siempre he usado con ella hace que gire la cabeza de golpe.

La conozco desde que tenía siete años. Puede que no haya tenido conversaciones profundas con ella, pero he estado ahí, viéndola crecer hasta convertirse en una mujer demasiado hermosa.

Incluso ahora, con el rostro pálido por el shock, solo mirarla duele.

Duele porque es deslumbrante y duele porque ni siquiera debería estar pensando en ella así.

Es la hermana pequeña de Danny. Ella es todo lo que yo no soy.

Ni siquiera me siento digno de estar en su presencia la mayor parte del tiempo.

Y sé que Danny quiere que siga como está.

Joven, inocente, con toda una vida por delante.

Danny será un delincuente de mierda, pero siempre se ha asegurado de que ella nunca se viera envuelta en esta mierda. Hasta hoy.

Pero voy a alejarla de todo esto. Nos esconderemos hasta que me llegue la noticia de que todo ha terminado, y entonces Gray podrá volver a su dulce mundito de ilusionarse con la universidad y convertirse en lo que le dé la gana.

Quien disparó a Finn e intentó cargarse al resto de nosotros en el garaje de Danny lo pagará. Sé que Danny se encargará de eso.

—¿V?

Esa única sílaba es temblorosa y como un cuchillo en las entrañas. A veces imagino cómo sería oír mi nombre completo en sus labios. Un nombre que ni siquiera conoce. V. Así me llaman todos.

—¿Qué pasa, Pequeña?

—¿Adónde vamos?

—A mi casa.

Mantengo la atención en la carretera y giro a la derecha, saltándome un semáforo en rojo. Cuanto antes la aleje del peligro, mejor.

Mi barrio no tiene nada que ver con el suyo. Tengo dinero, pero no lo uso. De todos modos, estoy mejor en un sitio como este. Una chica como Gray, en cambio, no duraría ni un día.

Las putas se juntan en las esquinas, hay edificios abandonados por todas partes. Las pandillas merodean por los callejones y los yonquis de meta aparecen muertos demasiado a menudo en las cunetas. Es un lugar para imbéciles y perdedores. Me va de puta madre.

Sin embargo, odio que Gray esté aquí. Gray, inocente e ingenua.

Veo cómo se le tensa el cuerpo mientras nos adentramos en el barrio.

Sabe que su hermano anda metido en asuntos turbios, pero él la mantiene protegida de todo eso lo mejor que puede, encerrada en su mansión de alta seguridad y enviada al mejor colegio privado.

La vida de Gray es de privilegio y protección.

Es el mayor logro de Danny. Y desde luego no tiene nada que hacer cerca de mí.

Aparco en la calle y echo un vistazo a los alrededores. No nos han seguido, eso lo sé, pero quien la tenga tomada con Danny estaría encantado de dispararle a Gray. ¿Qué mejor venganza que matar a su hermana pequeña?

Pero eso no va a pasar. Me dejaría matar por ella.

—Quédate ahí —ordeno, aunque no parece que vaya a moverse. Sigue inmóvil en su asiento, con los ojos como platos y el cuerpo encogido sobre sí misma.

La pistola que llevo en el bolsillo trasero me da cierta tranquilidad mientras salgo del coche y voy hacia su lado. Abro la puerta de un tirón y señalo el edificio con la cabeza.

—Vamos.

Duda, así que la agarro del brazo. No con brusquedad, pero con la fuerza suficiente para que se mueva. El horror de todo lo que ha visto la ha dejado paralizada y, aunque me gustaría ser más delicado, no hay tiempo. Tengo que ponerla a salvo.

Echo un vistazo atrás y la guío al interior del edificio.

Subimos las escaleras. Compruebo si hay señales de entrada forzada en mi apartamento, pero todo está despejado.

Quien vaya a por Gray y Danny tendría que ser un suicida para acercarse a mí, pero cualquiera que vaya tras Danny tiene que estar jodidamente loco.

Llevo a su lado diez años, desde que salí de las fuerzas especiales.

Sé cómo es. La venganza le resulta fácil.

De hecho, la disfruta. Nadie con dos dedos de frente se mete con Danny.

Mi apartamento está como lo dejé. Persianas bajadas, impecable y vacío. Nunca he sido de acumular cosas. Aparte de un sofá y una mesita, no hay nada más en el salón. Y nunca he dejado que ninguna mujer se acerque lo suficiente como para intentar cambiar eso.

La verdad es que Gray es la primera mujer a la que he dejado entrar aquí.

Con los brazos cruzados, se queda de pie en medio de la habitación y observa las paredes desnudas y el espacio desolado. La camiseta amarilla de tirantes que lleva es como un rayo de sol que ilumina las sombras lúgubres de mi apartamento.

Cierro el puño. No pinta nada aquí, joder. Más le vale a Danny hacer pagar a quien la metió en esto.

Mi chaqueta de cuero todavía cuelga de sus hombros.

Su pelo castaño se extiende sobre el cuero, un poco salvaje pero brillante.

Esa chaqueta va a oler a ella y no sé cómo cojones voy a aguantar eso.

Quizá tenga que quemar la maldita cosa. Reconocería su olor en cualquier parte y es como un detonante para mí.

Un soplo de su fragancia a coco y ya estoy pensando en esas largas piernas doradas, esas tetitas respingonas que probablemente todavía van a crecer y esa cintura esbelta que prácticamente podría rodear con las manos.

—¿Esta es tu casa?

Asiento.

Se muerde el labio.

—No estoy segura de qué esperaba, pero...

Me encojo de hombros.

—Nunca estoy aquí. No tiene mucho sentido amueblarlo como es debido.

Y además no tengo intención de echar raíces. Nunca. Sé lo que pasa cuando te acomodas. Te lo arrebatan todo de golpe.

—Siéntate. —Señalo el sofá.

Un leve temblor le recorre el cuerpo, pero obedece. Me gusta eso. Sin discusiones, sin pelear conmigo. Sabe que está en peligro tanto como yo y, gracias a Dios, no es de esas mujeres estúpidas que creen saber cómo protegerse mejor que yo.

Claro que su obediencia también me vendría bien en otros sitios. En la cama, quizá. O en el sofá. Podría hacer que abriera las piernas. Que se bajara las bragas. Que me enseñara ese coñito.

Inspiro hondo por la nariz y me vuelvo hacia la cocina. Saco una botella de whisky, me sirvo un vaso generoso y un chupito para Gray. Se lo llevo y ella arruga la nariz.

—Es bueno para el shock. —Se lo pongo en la mano y espero hasta que suspira y se lo bebe de un trago.

Se estremece y hace una mueca.

—Puaj.

—Ya me lo agradecerás.

—¿Y ahora qué?

—Nos quedamos aquí esta noche y mañana te llevo a un piso franco fuera de la ciudad.

—¿Hay un piso franco?

—Claro.

Me mira.

—¿No puedes sentarte? Me va a dar tortícolis.

Y probablemente todavía la estoy asustando.

No soy precisamente un tipo pequeño. Metro ochenta y ocho y corpulento.

Me siento a toda prisa, como un monstruo a su lado.

Es tan jodidamente menuda y guapa. Todo en ella rezuma inocencia: sus pestañas oscuras y rizadas, sus grandes ojos almendrados, las pocas pecas que tiene en la nariz.

Que me aspen si no me he preguntado si tiene más pecas por el cuerpo.

—No sabía que mi hermano tenía un piso franco.

—Tiene varios.

Se cubre la cara con las manos.

—No tenía ni idea. —Las palabras salen amortiguadas—. No sabía nada. Dios, qué estúpida soy.

Meto la mano bajo la chaqueta y le froto la espalda con suavidad.

Noto las vértebras de su columna y el calor de su piel a través de la camiseta.

Aprieto los dientes mientras esa lucha habitual por el control me quema por dentro.

¿Por qué cojones tuvo que hacerse tan guapa, tan irresistible?

Nunca he deseado a nadie como deseo a Gray.

Nunca. Y mujeres sexys que se me han tirado encima he tenido de sobra, pero ninguna se le compara.

—Danny hizo todo lo posible por mantenerte alejada de toda esa mierda —le digo—. Lo de esta noche es exactamente por lo que lo hacía.

—Sabía que no era precisamente un santo. Sabía lo de los coches... más o menos. ¡Pero no pensé que fuera el tipo de persona a la que alguien querría matar! —Levanta la cara de las manos y se gira para mirarme—. ¿Quién querría matarlo?

Me encojo de hombros. Mucha gente. Rivales. Policías. FBI. Los que quieras.

—No importa. Danny los atrapará.

—¿Estará bien?

—Sí.

—¿Estaremos bien nosotros?

—No dejaré que te pase nada, Pequeña. Te lo prometo. —Aparto la mano de su espalda. Si sigo tocándola, no sé de qué seré capaz, y cuando dije que no dejaría que le pasara nada, lo decía en serio. Eso incluye protegerla de mí mismo.

Observo su perfil. Pobre pequeña Gray. No tiene ni idea de lo que me provoca.

—¿Tienes hambre?

Niega con la cabeza. —No creo que pudiera comer aunque quisiera.

—Entonces será mejor que descanses. Puedes quedarte con mi cama y yo dormiré en el sofá.

—Yo—

—Quédate con la cama, Pequeña. Te buscaré algo para dormir.

El mayor error de mi vida, lo sé, pero no puedo dejarla dormir con falda y blusa.

La llevo al dormitorio. Está casi tan vacío como el salón. Una cama extragrande y una cómoda son los únicos muebles.

—La ducha está ahí si quieres darte una. —Abro un cajón y ella se sienta en la cama.

Qué fácil sería empujarla hacia atrás. Levantarle esa falda y deslizar los dedos por el borde de sus bragas.

¿Estaría húmeda? La lamería a través de la tela hasta hincharle ese pequeño clítoris, solo para cerciorarme.

Luego hundiría mi polla en su coño virgen.

Joder, casi puedo sentirlo ahora, apretado como un guante a mi alrededor, nuevo e intacto.

Joder. Respiro hondo por la nariz y le lanzo una camiseta. Menudo hijo de puta enfermo estoy hecho, deseando a una virgen. Y sé que lo es. Nunca ha tenido novio. Está completamente intacta.

Paso de mi ropa. Tengo una bolsa preparada para emergencias y habrá de todo en la casa de seguridad. Por esta noche, me quedo vestido por si tenemos que salir pitando.

—¿V?

Me detengo en el umbral. —¿Sí?

—Tengo miedo.

Debería tenerlo. Atrapada quién sabe cuánto tiempo conmigo. Un hombre que no la merece y que parece incapaz de recordar que ella podría ser su hija.

—No lo tengas —miento.