Penylan I: Incógnito Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

—Afortunadamente, ya tengo lista la coartada —suspiró él, y con el dedo índice recorrió la mejilla de Guiney—.

Deja de pensar en si tienes o no culpa de algo, porque no es así.

Nos conocemos desde que éramos bebés, podría dar por ti un riñón, ¿qué es un poquito de espacio entre mis intestinos para el Guía?

Además, conmigo estará más cómodo, al menos no tan comprimido como en tu cuerpo de metro y medio —rio secándole las lágrimas a su novia—. ¡Ay, qué dolor!

—Suben la escalera —se fijó ella en la puerta—. Dime tu coartada ya.

***

Los rayos de sol matinales lamieron el rostro de Aimee, que yacía despatarrada en el suelo empapado. Alzó lentamente los párpados, atontada. No se acordaba de cómo había ido a parar a donde estaba, ni por qué había una cámara rota en su cuello.

Se sentó apoyando la espalda contra el muro de piedra de la mansión Crow. Su mente estaba muy turbia, apenas la reminiscencia de haber salido del trabajo por la noche y haberse ido a casa. Se levantó tratando de orientarse con la ligera idea de estar en un lugar conocido, sin poder aseverarlo.

Caminó parcamente hasta su coche, cavilosa de hacia dónde encaminarse.

Cerró la puerta y se sacó como pudo el impermeable, que arrojó sobre el asiento del copiloto.

Una libreta y una tarjeta de memoria cayeron de los bolsillos.

Aimee se quedó un rato contemplándolos detenidamente, no lograba recordar aquello tan importante que su mente le exigía cumplir.

El espejo retrovisor reflejaba la herida rodeada de sangre seca en la cabeza que ennegrecía sus cabellos rubios.

Encendió el motor y se trasladó despacio sobre las calles todavía desiertas; el reloj declaraba que eran las seis y media de la mañana en brillantes números verdes.

Aimee paró en un semáforo y aprovechó a hojear la libreta.

No descifraba lo que ponía, era un relato impreciso acerca de una luz.

Se mantuvo largo rato abstraída en aquello, mientras los cambios del semáforo se sucedían.

No acceder a esa zona de su memoria era frustrante.

El móvil sonó cortando sus pensamientos.

—Señorita Rhys, soy Chris… la estoy esperando.

Aimee vaciló antes de contestar al extraño.

—Yo… ¿dónde nos habíamos citado? —inquirió aturdida.

—En Penylan, en Stardust. ¿Se encuentra bien?

—No, Chris. Me encuentro bastante mal —respondió sinceramente.

—¿Quiere que lo aplacemos?

Aimee guardó silencio mientras se retorcía las neuronas cuestionándose si le convenía o no, pero era como si su cerebro se hubiera declarado en huelga.

—No, estoy cerca. Allá voy.

Los empleados de Stardust limpiaban el local, que ostentaba el cartel de «cerrado». Chris aguardaba en la puerta, sujetando un bolso de ordenador portátil que le colgaba del hombro izquierdo.

—Lo siento, es que… —se excusó ella al llegar—. ¿Por qué habíamos quedado?

Chris dibujó una media sonrisa juzgando que era una treta de la artera periodista con el fin de obtener algún beneficio de su respuesta. Hasta que reparó en la sangre encima de la oreja. Tomó su cara entre las dos manos y la revisó.

—Esto no tiene buena pinta —declaró, y añadió: —La herida es superficial… si ha habido un golpe es normal que sufra una pequeña amnesia temporal. Le aconsejo reposo y unos estudios para descartar lesiones internas.

Aimee se retiró con algo de inseguridad en las facciones.

—Tranquila; aunque no lo crea, soy enfermero. De modo que no recuerda nada. Yo le refrescaré la memoria —dijo extrayendo el portátil del bolso—. Aquí están los detalles del caso del acosador.

—Caso del acosador —repitió Aimee.

Una aguda punzada presionó sus sienes, una corriente eléctrica que la sacudió de arriba abajo. Montones de noticias e imágenes regresaron a ella en un torbellino. De inmediato, extrajo la libreta del bolsillo del pantalón rojo y pasó las páginas frenéticamente.

—¿Ha recordado ya?

Sí, así era. Se acordaba de cómo, en medio de la disputa entre el humo negro y el blanco, había caído y se había golpeado la cabeza contra el suelo.

Al levantarse había visto al humo blanco inundar la casa de luz hasta cegarla, tras lo que había quedado inconsciente.

Aimee echó a Chris uno de sus gestos de superioridad.

—Por supuesto. Será mejor que oigas lo que voy a contarte.

Entonces, le narró lo ocurrido desde que se había despedido de él el día anterior en Noble sin embargo, lo único que se veían eran trozos de colores acompañados de un ruido de estática.

—Será el reproductor —aventuró Aimee.

—No lo es —gruñó Chris probando otros tantos softwares. A continuación, presionó hacia dentro y le echó una ojeada a la tarjeta—. No se ha grabado bien, la cámara estaría rota. O eso o se ha borrado. Incluso estaría dentro de las posibilidades la fisura de aquí.

—¡Joder! —maldijo Aimee reparando en la raja. Debía de haberse caído encima al volar por los aires—. No importa, hay notas, lo que te he enseñado —se restregó la cara desesperada.

—Eso a mí me sirve, no obstante…

El móvil de Aimee sonó cortando la paz dentro en la cafetería. Ella se percató del nombre que titilaba en la pantalla. Era el número de la redacción del programa. Inspiró hondo y cerró los ojos al responder.

—Aimee, soy Moore —saludó la autoritaria voz del productor—. No te molestes en conseguir nada.

—Cuento con unos datos… —quiso interrumpirlo ella.

—No serán necesarios. Ya te he explicado que no interesan los datos , sino las caras. Mientras tú dormías, atraparon al tipo ese y nos quedamos sin imágenes. La chica apareció sana y salva; y el acosador, muerto. Lo mismo que nuestra paciencia con tu programa.

—¡Mi share es el más alto de la cadena! —se irritó ella respaldando su trabajo.

—Estoy seguro de que Corney el perrito cantante hará el mismo porcentaje que tú.

Al público no le importaba lo que tuvieras que decirle, solo eras un producto de verano con el que rellenar las horas de aburrimiento.

Cuanto antes aceptes las reglas del negocio, Rhys, antes te adaptarás.

A la gente no le apetece ver chicas inteligentes, tú sabes qué clase de mujeres les gustan.

Aimee ahogó un sollozo, que recubrió de amargura.

—Vete a la mierda —le espetó y colgó. Aferró el móvil con tanta fuerza que su mano fue perdiendo color.

—Lo lamento —dijo Chris

—No lo hagas.

Se produjo un silencio que Chris utilizó en cerrar su portátil.

—Lo que me ha comentado me ha hecho reflexionar.

He relacionado muchos casos inexplicables sucedidos en Gales con el del acosador a partir del factor común de que la policía carecía de pistas sobre los motivos, los autores y las formas de las muertes.

¿Y si, después de todo, hubieran sido ellos los que han estado detrás de esto desde un principio?

¿Y si estamos frente a una trama de escala mucho mayor de lo que pensábamos?

¿Y si hay grupos antagónicos luchando desde el inicio de los días con poderes sobrenaturales?

Debería estar abierta a estas cosas, hay muchos misterios para los que el ser humano no halla respuestas, ¿por qué habría de tenerlas de una manera que pudiéramos hacerla encajar en nuestros esquemas?

—Aceptar eso equivaldría a creer en lo opuesto a lo que he creído toda mi vida.

—Usted lo ha visto con sus propios ojos.

Lo sobrenatural existe, esas tres chicas están librando una batalla contra individuos muy chungos.

Recapacite. Nosotros seríamos quienes desveláramos el complot.

El mundo debería dejar de mirarse al ombligo un rato y enfrentarse a esas experiencias que te demuestran que no eres solo un trozo de carne que nace y muere.

—¿Por qué alguien les otorgaría poderes a los seres humanos y solamente a algunos de ellos? —porfió Aimee—. No me trago esas tonterías de elegidos y salvadores.

—¿No le gustaría comprobarlo usted misma? —convidó Chris persuasivo.

—¿Qué me propones? —le siguió la corriente Aimee.

—Trabajar juntos. Renovaremos el canal con nuevas secciones. Simplemente se trata de grabar un videoblog y subirlo. ¿Qué le parece? —garabateó su propuesta en una servilleta.

—¿Las noticias, de dónde saldrán? —se cruzó de brazos Aimee.

—¿Bromea? La materia prima está en este pueblo. Vigilaremos a las tres chicas, sus maniobras, las personas con las que tratan; ellas nos conducirán hasta el fondo de la historia —se emocionó Chris.

Aimee entornó los ojos y sonrió.

—Conocen tu canal. En cuanto se den cuenta de que las espías, te harán algo.

—No hay por qué hablar de ellas, sino de los casos extraños a los que nos guiarán. Esas seguro que continuarán metiéndose en líos. Y nosotros estaremos allí dándoles cobertura, anexándolos a nuestros archivos hasta desenmascararlas.