Penylan I: Incógnito Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

—Nos toca un merecido descanso —dijo Dawn—. No os preocupéis, nuestras psiques continuarán en la memoria del trío histórico.

—¿Y no estáis tristes por todo lo que dejáis atrás? —averiguó Belle con tacto.

—Estamos para servir a un fin superior, esa es nuestra misión. El Clan de Aiglent se formó para proteger a la gente del Clan de Sanglent y, hasta que no cambien sus intenciones, nos toca oponer resistencia —recitó Dawn como si fuera un mantra bien aprendido.

—No podemos interferir en las decisiones de las personas sobre el empleo de sus dones, así que nos queda guardar la esperanza de que elegirán el uso correcto —especificó Cassandra.

—Cassandra, Cinnamon: es el momento —comunicó Dawn superando un estado de trance fugaz.

—Es hora de partir —estuvo de acuerdo Cassandra, ensimismada en la contemplación del horizonte—. Recordad: no permitáis que los sanglent empañen vuestra felicidad, sois libres de llevar la vida que deseéis.

—Será un poquito más complicado que de costumbre. Sin embargo, ahí estaréis las unas para las otras —dijo Dawn abriendo el sendero del bosque.

—Mirad —Cassandra llamó la atención de las chicas señalando una planta de la que solamente permanecían sus yemas—, sois como las rosas: de aspecto frágil, pero llenas de espinas que las resguardan del invierno y los depredadores.

Como ellas, floreceréis una y mil veces a pesar de las adversidades.

No despreciéis los dones con los que habéis sido bendecidas.

—Adiós, sucesoras —se despidió Dawn agitando la mano.

—Ah, Guiney, lo olvidaba. Si ves a mi hija… dile que lo malo pasará. Y que la quiero. Por siempre —le pidió Cinnamon con los ojos brillantes antes de sumergirse en la negrura.

—Lo haré —balbuceó aquella.

Las tres mujeres penetraron el bosquecillo umbrío y se desvanecieron en un simple rumor de nieve pisoteada.

—¿Quiere decir eso que tengo que localizar a su hija? Si no sé ni su apellido.

—No debe de haber muchas personas llamadas Cinnamon —terció Belle.

—Hay más de trescientos millones de habitantes en Estados Unidos.

El radiante sol arrancó destellos al suelo nevado. No se sentían mucho más fuertes que lo habitual, si bien ya no tenían el típico cansancio ni las agujetas; quizás a partir de entonces fueran un poco más resistentes.

Aguardaban con el aliento contenido la invocación del Guía a su lado. Se preguntaron cómo le estaría yendo sin ellas, ya que Guiney había asistido a una muestra de su poder pero no había estado lo suficientemente espabilada.

Hablar con Cinnamon, Dawn y Cassandra no había disipado su confusión.

Comprendían que hubiera personas que pretendieran usar sus dones en beneficio propio; de cualquier manera, seguían sin entender cuál era la razón de fondo que llevaba a los sanglent a querer pervertir el mundo.

Tampoco estaban seguras de si aún había miembros del clan aiglent, o si, por el contrario, las tres y los que estaban llegando serían como el tímido fulgor de una vela encendida en una noche de oscuridad infinita.

Con cada respuesta surgían mil preguntas.

De repente, oyeron un clamor lejano que aumentaba de intensidad, como si uno a uno los sonidos del mundo real fueran resucitando luego de un largo período de silencio.

—Chicas, despertad —las llamaba Étienne con el dejo de impaciencia propio de los que están en aprietos.

—Cállate, vampiro —le respondía una mujer.

—Están regresando —acotó un vozarrón varonil.

La noche se había puesto fría y nubosa, casi otoñal.

Los jardines de la mansión Crow estaban a rebosar de huéspedes, muchos de los cuales eran del Clan de Sanglent.

Afortunadamente, otros individuos de aspecto más apacible y que irradiaban auras afables los retenían, incluso el viejo era mantenido en un aparte, traspuesto, por un hombretón que les recordó a un actor de Hollywood.

A Étienne lo sujetaba una joven alta, esbelta y de cabellera lisa rubia cuyos rasgos les resultaban familiares.

—Soltadle, él es inocente —lo respaldó Daphne poniéndose de pie de un salto—. Nos ha salvado.

La joven que lo retenía dudó en un gesto de desconfianza y al fin lo liberó. Étienne se abrió paso haciendo gala de sus andares elegantes, aunque su aspecto estaba francamente desmejorado. Se acercó a Daphne, Guiney y Belle incorporando a las dos últimas.

—Ya no estamos heridas —observó Belle al percibir que los rasguños que les habían causado Lothar y los suyos y las marcas de los mordiscos de su compañero de clase se habían borrado sin huella.

—Willow os ha curado —dijo el hombretón esbozando una sonrisa—. El problema es que no es muy dada a admitir sus buenas acciones.

—No hacía falta la aclaración, Lawrence —lo silenció la chica en un gesto reprobatorio a prudente distancia de la reunión.

—¿Qué ha ocurrido? ¿El Guía ha derrotado al Regente? —preguntó Guiney buscando en el cielo al que había sido el inquilino de su cuerpo durante un mes.

—Os debemos unas cuantas explicaciones —Lawrence se aproximó a las chicas arrastrando al viejo, que se bamboleó como un costal de patatas—. Sentimos habernos retrasado tanto, las cosas no nos han ido muy bien a los aiglent últimamente.