Capítulo 14 #3
—Claro que no. Estáis cansadas, heridas, empapadas y a punto de desfallecer. No estáis en condiciones de ganar a ese hombre. A simple vista no lo parece, pero conoce artimañas contra las que no tendríais opción —las aleccionó él en un susurro.
—¿Alguna idea? —inquirió Belle—. Porque pensaba detenerlo en el tiempo un ratito.
—Su psique y su aura se moverán entre los planos —argumentó Étienne—. Opino que lo ideal sería que lo inmovilizáramos de todas las formas habidas. Yo me encargaré de la fuerza bruta. Cuando diga «ahora».
—¡Ahora! —aceleró Belle sacando ímpetu de donde no lo había y sellando el tiempo que los circundaba. Daphne persiguió la mente escurridiza del anciano entre los planos y Guiney ató su aura, Étienne le hincó los colmillos sorbiéndole la sangre.
El Regente contraatacó impidiéndoles conservar los hechizos y causándoles un agudo sufrimiento físico que los hizo retraerse. Crow vomitó la sangre negra del anciano y su boca ardió al haber probado ese líquido hechizado.
—Os dije que no os convenía instigar a mi Señor. Estáis hechas unas piltrafas —dijo el anciano en un falso aire paternal, aporreando el bastón con cabeza de dragón, cuyos ojos de gemas rojas centellaron bajo el rayo que encendió la noche.
De fondo, la amenazadora y enorme figura de humo se elevó e hinchó, absorbiendo la energía acumulada por el viejo en el bastón, robada a las chicas.
—La especialidad de los miembros de la Orden Superior: devolver el golpe —escupió Étienne restregándose la palma de la mano en los labios enrojecidos de llagas.
—Lo hubieras dicho antes —renegó Daphne, cuya visión se desenfocaba debido a los latidos en la sien.
El Regente continuaba inflándose, parecía que se nutriera de las nubes tormentosas que opacaban el cielo nocturno.
El Guía sobrevolaba a las chicas, como loba que protege a sus crías.
Ellas se apretujaron las unas contra las otras, pues el Regente era ya una horripilante masa en la que se distorsionaban los rasgos antropomórficos para ser suplantados por garras de dedos largos y afilados con uñas como dagas.
Un par de ojos estaban a punto de abrirse, dos huecos que se llenaron de unas bolas amarillentas, y una boca que enseñó puntiagudos dientes de demonio.
El anciano se encorvó, la herida del vampiro le quemaba y le había minado las ganas de hacer burlas. Extrajo un pañuelo rojo y presionó las incisiones para que no manara más sangre.
—Despedíos —tosió el viejo cogido al tronco de un árbol.
El Regente aulló un sonido sobrenatural que cortó el aire y se arrojó desde arriba con avidez sobre las muchachas, yendo a clavar las afiladas garras en sus corazones.
El Guía se interpuso dando lugar a un choque de estática que abatió a Daphne, Belle y Guiney contra el suelo embarrado.
Los dos entes se enzarzaron en una espiral que se transformó en un tornado y que fue ascendiendo hacia el firmamento.
Las ventiscas que se desprendieron del despliegue de ambos amenazaron con llevarse a las chicas y a Étienne bien lejos.
El Regente se destrabó de aquel torbellino lacerando la luz blanca con sus uñas de lanza y extendió un largo cuello dispuesto a devorar al trío. Estaban a punto de ser engullidas en la oscuridad cuando el Guía se desprendió de su adversario, que se abalanzó sobre ellas.
—¡Los aiglent…! —alcanzó a musitar Guiney antes de que la luz alba las cegara completamente.
***
Un lugar apacible, un bosque nevado y resplandeciente por acción de un sol de invierno.
—¿Hemos muerto? —consultó Belle en un hilo de voz.
Por alguna razón no sentía más que paz. No había sentimientos tristes en su alma.
—Quizás —aventuró Daphne a su lado.
—Aún estoy, ya sabéis, aturdida —afirmó Guiney acuclillada en una roca helada—. Supuse que las cosas irían de otra manera.
—Únicamente puedo pensar en las personas que nos echarán de menos —sollozó Daphne escondiendo la vista del sol tibio y velado—. Les hemos hecho un gran daño, deberíamos haberles dicho lo que nos estaba pasando, sin importarnos el secreto de lo clanes.
—No… peor habría sido que lo hubieran sabido —suspiró Guiney—. Pobre Tom, cargando siempre con esto. A él sí que le he causado un daño irreparable contándoselo —extendió una mano temblorosa que acarició una figura en el aire.
Belle se acurrucó entre las piernas de sus dos amigas, en la nieve blanda.
—Si se pudiera volver el tiempo atrás… cambiaría unas cuantas cosas. Para empezar, impediría que Cinnamon nos hubiera encontrado.
—Te habría encontrado igual —dijo una voz de acento americano que se acercaba desde el bosque—. Por tu aura, ya lo sabes —completó descubriéndose en el fulgor.
—Cinnamon —pronunciaron las tres chicas al unísono—. Dawn, Cassandra —añadieron en cuanto las nombradas asomaron de detrás de la primera con sendos halos luminosos.
Estaban distintas de como las habían visto aquella vez en el lago congelado, en la etapa de curación. Esa fase habría llegado a su término.
—Al fin nos conocemos —subrayó Cassandra llena de curiosidad—. No supuse que fuerais tan jóvenes, la verdad.
—Cinnamon fue la única a la que la Profetisa le confió su predicción, así que nosotras no teníamos ni idea de vuestras apariencias —expuso Dawn aproximándose y acabando de formar un círculo.
Se sentaron todas juntas en el mullido suelo como si no fuera de nieve, como si no se estuviera librando una batalla en ningún lugar del mundo y como si las preocupaciones por resguardar al Guía fueran menores.
—Sentimos mucho no haber hecho nuestro trabajo, no hemos alcanzado a delegar los poderes —se excusó Belle de inmediato, considerando que la reprimenda no tardaría en caerles—. Y ni hablar de proteger al Guía.
—Tranquila, él sabe arreglárselas solito cuando está lo bastante fuerte —le restó importancia Cassandra.
—Pero… —titubeó Daphne oteando a sus amigas—. ¿No os importa que hayamos perdido y que encima estemos… pues…?
—No vivas al cien por cien —concluyó Guiney en un levantamiento de cejas.
—¿De dónde habéis sacado eso? Estáis aquí porque el Guía os ha enviado para cuidaros y porque ya es la hora —dijo Cinnamon poniendo los ojos en blanco.
—Perdona, no entendemos… ¿la hora de qué?
—La hora de que recibáis los dones plenamente, Guiney —remató ella y cedió la palabra a Dawn.
—El Guía fortalecido no es una preocupación, vosotras en cambio… —la frase quedó en el aire—. Habéis estado por debajo de vuestras capacidades porque no habíamos terminado de curarnos. Es increíble lo que habéis resistido a pesar de ello.
—Una vez que os traspasemos el resto de poderes haréis cosas que antes ni os imaginabais, aunque será preciso que os enseñen a controlarlos.
¿Os dais una idea de lo que ocurriría si unas jóvenes sin experiencia recibieran todos los dones de una vez?
Eso sería un caos emocional para vosotras.
Porque sospecho que ya habéis comprendido que los dones arraigan en las emociones —dijo Cassandra.
—Es decir… que aún no hemos pasado al otro lado —quiso asegurarse Belle, sin evitar un atisbo de sonrisa aliviada.
—Me temo que te quedan largos años de servicio al Clan de Aiglent —sonrió Dawn, meciendo su cabellera de torzadas Marley.
—¿No nos castigaréis por haber querido entregar al Guía a cambio de Daphne… hipotéticamente? —deslizó Guiney.
—Hay muchas maneras de hacer lo correcto si hay voluntad —la tranquilizó Cassandra.
—¿Y qué os ocurrirá a vosotras? —consultó Daphne preocupada.
Si la curación se había acabado, eso significaba que se iban de manera definitiva.