Capítulo 14 #2
—¡Apresuraos, usad la puerta principal! Yo me haré cargo —apremió Étienne empujándolas.
—Ven con nosotras —le pidió Belle—. No te abandonaremos a tu suerte.
Étienne sonrió de una forma triste.
—Vosotras corred —dijo empleando un acento autoritario, aunque la voz se le estremeció un poco.
Las chicas penetraron en la mansión, procurando evitar reparar en las señales de la matanza de sanglent y vampiros, cuyos cuerpos se enredaban en un rincón de la pequeña salita trasera.
—Están cerca —informó Guiney mientras sus amigas pateaban puertas a la vanguardia.
Daphne giró el picaporte de la entrada y este no cedió. Belle se ofreció a echarle una mano, luego Guiney.
—Es inútil —suspiró Belle repentinamente.
—Salgamos por la ventana —propuso Daphne encaminándose con premura.
—No. Es inútil. Le han lanzado un hechizo a la casa, un «círculo de sal». Quienquiera que sea el enemigo que viene, no desea que nos escapemos —aclaró Belle recostando la espalda en la pared, resbalando al suelo.
—¿No hay manera de…?
—Si hubiera manera de romperlo, ya lo habría hecho. Es curioso, puedo saber qué es pero no cómo deshacerme de él.
—Ya casi está aquí.
—¡Étienne! ¡Él sí logrará huir, los vampiros están fuera de las leyes del tiempo! Los sanglent lo dijeron —recordó Daphne reanimada—. Que al menos él tenga una oportunidad.
Las otras dos se miraron entre sí y luego a ella. Asintieron silenciosamente, poniéndose de pie.
—Tú no —Belle paró en seco a Guiney—. Tú has de sobrevivir y pasar los poderes y al Guía.
—Ni lo sueñes, o todas o ninguna. Además, trabajamos mejor juntas —se negó ella echando a correr de vuelta al jardín en cuanto estuvieron desprevenidas.
Aimee Rhys vio a las chicas asomar de nuevo, justo cuando Étienne Crow se giraba hacia ellas demostrando preocupación e incertidumbre por lo que se desatara ante el arribo del anciano de larga barba gris y manos arrugadas llenas de anillos que portaba un bastón con empuñadura en forma de dragón.
Ese individuo no inspiraba tanto horror como se vislumbraba en sus semblantes; era un tipo estrafalario, sí, pero parecía más bien un viejo rockero de antaño, pensó Aimee. La cosa blanca seguía sobrevolando, ahora se interponía entre las niñas y el abuelo desatando un vendaval furioso.
—Vete, Étienne. Esto no es asunto tuyo. Sálvate —lo exhortó Daphne con un matiz de súplica en las palabras.
Aquel sonrió de forma despreocupada.
—De ningún modo.
—Se confirman mis suposiciones de que eres imbécil.
—Aquí están, Señor. Son el trío del Clan de Aiglent —profirió el viejo. Sus bigotes se menearon en la sacudida de una risa.
Aimee se preguntó con quién demonios hablaba aquel carcamal. Estaban todos tan irremediablemente chalados que empezaban a desquiciarla a ella.
—¿Cómo? ¿Estáis seguro?… el Guía… Está bien, Señor.
Lo que vos digáis —resolvió el anciano entre titubeos—.
¡Preparaos, aiglent! —desafió blandiendo su bastón, y a continuación proyectó los hombros hacia atrás, como si fuera a prorrumpir en un descomunal bramido.
Al hacerlo, miles de puntos negros como pequeñas moscas empezaron a surgir de su boca convirtiéndose en un aliento de humo que iba tomando la consistencia del bicho blanco.
Aimee abrió aún más sus cuencas y sintió arcadas. Aquello no solo era horroroso e inesperado, sino que le producía verdadera repulsión.
Las dos figuras de aire se enfrentaron cara a cara, traspasadas por la lluvia.
—Dad la bienvenida al Regente.
***
Con unas últimas gotas aisladas, cesó la lluvia.
Tom se sacudió ligeramente el agua enlodada de la piel.
El dolor remitía en latidos más espaciados y él recuperaba algunas funciones mentales.
El viento traía hebras de sonidos que le llegaban muy amortiguados a su hueco acolchado en tierra, si bien cualquier tentativa de hacerse oír resultaba infructuosa.
—Por aquí.
—¿Segura?
—Por supuesto.
—Si tú lo dices.
—Espera… he sentido algo. Hay un herido. En el cementerio.
—Dirás un muerto.
—No, ya sabes que no soy como mi madre.
—Oriéntame.
—Detrás de ese mausoleo.
—Hay una tumba abierta.
Tom alcanzó a escuchar el murmullo de voces, sin aventurar si se trataría de amigos o de enemigos. Un rayo surcó la porción de cielo que había a la vista y el torso de una chica asomó en lo alto, luego los anchos hombros de un varón.
—¿Estás bien?
—Es obvio que no, Lawrence —regañó la chica al hombre—. Te has hecho dos fracturas: una de peroné y otra de cúbito —se dirigió a Tom.
—Esto va a dolerte un poco, chico —advirtió Lawrence descendiendo de un brinco.
—No sois de aquí —exhaló Tom, convencido de que las personas normales no realizaban escáneres o radiografías en el aire. La chica había sido demasiado precisa con sus heridas.
—Es verdad, somos americanos —rio Lawrence pasándole los brazos bajo el cuerpo para auparlo y sacarlo del suelo de barro.
—¿Sois de la CIA? —arriesgó Tom a modo de estrategia, al tiempo que el enorme Lawrence le depositaba sobre la grama, lo que le obligó a aguantar el pinchazo de los miembros rotos. Tom espiró arrancándose la claustrofobia de encima.
La chica se acercó a él. La oscuridad y la bruma cerebral que le había producido la brusca sacudida le impidieron divisar sus rasgos.
—Me gustaría curarte, amigo. Pero ahora nos llueven los problemas. Llamaremos a una ambulancia —le dijo ella secamente.
—¡No, espera! —reaccionó de pronto él al darse cuenta de que debían de ser aiglents—. Mi novia y sus amigas… están en peligro.
—¿Dónde? ¿Quién te ha dejado así? —inquirió la chica apoyando una mano en su hombro. Al instante, un extraño calor empezó a recorrerle el cuerpo.
—En la mansión de la colina. Ellas… han sido raptadas.
Lawrence y la chica se miraron.
—Dime… ¿ellas son tres? —indagó Lawrence con su cadencia grave.
—Sí —Tom arrastró la palabra inseguro de si debía o no revelar más. El calor seguía dispersándose por sus venas y le estaba causando sopor.
—Te estoy sedando —le comunicó la chica—. Llamaremos a una ambulancia —repitió.
—¡No! No lo hagáis —se sobresaltó él. Si hacían eso, los del hospital contactarían de inmediato a su familia y no contaba con una explicación convincente de los acontecimientos.
—¿A quién llamo? —Lawrence agitó el móvil en el aire.
—A mi amigo Jack… —contestó Tom a punto de perder la consciencia nuevamente, lo que sucedió tan pronto terminó de dictar el número.
***
Daphne, Belle y Guiney se retrajeron. Étienne se plantó en su sitio, sirviéndoles de escudo. El Guía y el Regente se escrutaban en el aire, emanando grandes oleadas de viento y estática. El anciano extravagante golpeó la tierra con el bastón, divertido.
—Su Señoría el Regente desea retar al Guía, una revancha que ansía desde hace mucho. ¿Quién iba a decir que los aiglent estarían tan diezmados que no serían capaces de brindarle un escondrijo mejor que este pequeño pueblo y al cuidado de tres campesinas?
—Oye, un respeto —protestó Belle—. Si nosotras somos unas campesinas, tú eres un vejestorio de museo.
—No es hora de ponernos a insultar, Belle —le recordó Daphne.
Belle dio una ojeada a su alrededor. La coraza temporal se había desvanecido tras un coletazo de viento proyectado por el Regente. Si lo deseaban, eran libres de irse. El Regente se mostraba muy confiado de sus perspectivas.
—Dime, ¿quién es más fuerte de los dos? —preguntó ella a su amiga lectora de auras. Esta puso cara de concentración y de duda.
—No podría afirmarlo —negó con la cabeza—. Ambos parecen igualados, pero su magia es superior a una cuestión de energía.
—Idos ahora que estáis a tiempo —apremió Étienne—. Salvad vuestras vidas y las de los habitantes de Penylan. Que se las arreglen entre ellos.
—Lamentablemente, esto también es nuestro asunto —replicó Daphne resignada, extendiendo una mano a sus amigas, que se unieron al saludo.
—Jovencitas, dejad el arrojo a otros —se mofó el abuelo—. Los aiglent han sido casi aniquilados en su totalidad, no os queda nada que hacer ni conmigo ni con mi Señor.
—Lo importante es el «casi», Matusalén —dijo Belle de malas.
—No sois una amenaza, el pueblo ha sido asediado por mis hombres. No hay escapatoria, os convertiréis en vapor igual que vuestro Guía —retrucó el viejo.
—¿Y debemos creerte? —porfió Daphne.
—Pregunta a tu sónar particular si quieres comprobarlo.
Instintivamente se dirigieron a su compañera, quien expandió su sexto sentido en busca de auras de sanglent en los alrededores.
Era difícil debido a la cantidad de auras que sentía, debía individualizar a las que fueran de los enemigos.
Y las halló. Apenas ostensibles; no obstante, cuantiosas.
Seguramente más de cien de ellas en un área de seis kilómetros a la redonda.
Pero también… ¿era posible que…? hizo un esfuerzo por contener la sonrisa que pugnaba por escapársele de la comisura.
—Es cierto.
La confirmación les cayó a sus amigas como un mazazo en el estómago. De modo que ni siquiera iban a conseguir cumplir el acuerdo de retirarse por el resto de sus días de Penylan si escapaban con vida de la pelea. Había que admitir que esta vez los sanglent lo habían planeado bien.
—Vale, presentaremos batalla. No hay nada que perder —se encogió ella de hombros.
—Salvo la vida —dijo Belle irónica sin vislumbrar lo que se proponía.
Guiney echó una mirada significativa a Daphne y ella adivinó que la estaba instando a que le leyera la mente. Dominando el embarazo de entrometerse en sus pensamientos, buceó en el interior de su cabeza y halló lo que ella deseaba comunicarle. De inmediato, se lo transmitió a Belle.
«Hay que entretenerlos lo suficiente para que los aiglent que están llegando neutralicen a los sanglent que nos acorralan.»
Las chicas se reanimaron. Esperarían a que los aliados derrotaran a los enemigos mientras ellas se encargaban del viejo estrafalario y ayudaban al Guía a contener al Regente.
—Étienne, vete ya —dijo Daphne—. Por tu bien.