Penylan I: Incógnito Capítulo 14
86%

Capítulo 14

El Regente

—¿Qué es eso? —se le escapó el alarido a Aimee al advertir, todavía a través de la pantalla rota, la aparición de un espectro blanco que se interponía al ataque del hombre ejerciendo de protección de las chicas y de Étienne Crow—.

¡Maldita sea! —agregó al darse cuenta de que ya no estaba grabando, por lo que retiró con manos torpes el móvil del bolsillo—.

¿Por qué ahora, por qué? —se preguntaba irritada colgándose la cámara rota del cuello.

Los sanglent retrocedieron ante el advenimiento del Guía, que emanaba un poder inmedible.

—¿No habías dicho que estaba débil? —el gordo riñó al enlace de Étienne, quien le devolvió el mohín hostil.

—Eso creía.

Los vampiros rehuyeron la luz gimiendo y alejándose a grandes trancos hasta refugiarse en el interior de la casa. Una vez dentro, pegaron sus rostros delgados y pálidos a los cristales, que se empañaron de sus alientos gélidos.

Guiney cayó desvanecida en el suelo, despatarrada como un muñeco al que le sacaran las pilas. Belle gateó chillando su nombre, temiendo que fuera tarde.

—¡Guiney! ¡Despierta, por Dios!

Daphne abrió los ojos en el instante exacto en que lo hizo Étienne y tardó una fracción de segundo en separarlos de él en busca de sus amigas.

El panorama era radicalmente distinto al que había dejado unos minutos atrás.

Los sanglent ya estaban ahí, sobrecogidos ante la presencia de un fantasma luminoso en el que reconoció al Guía.

La chica se maravilló de su extraña corporeidad, era como ver a un hombre cuya piel hubiera sido trocada en seda blanca.

—¡Guiney! —volvió a sacudirla Belle, con el corazón encogido de miedo. Levantó la mirada al cielo, del que manaban gruesas y persistentes gotas—. ¡Para ya! —berreó en el vano intento de separar las nubes—. ¡Para ya! —repitió izando un brazo tembloroso que iluminó otro rayo.

—¡Belle! —exclamó Daphne aproximándose a ella y comprobando los signos vitales de la tercera—. Está viva, pero sus latidos son casi imperceptibles.

—¿Qué haremos? —gimoteó Belle echando una ojeada a los sanglent y al Guía, que se sondeaban sin ejecutar ningún signo de lucha, ni de otro tipo.

—No lo sé —admitió Daphne—. Quiero irme.

El frufrú del caminar de Étienne a su lado desvió su atención. Aquel pasó con andar decidido dispuesto a encararse a los sanglent.

—¡Étienne! —lo nombró Daphne comprendiendo que quizás planeaba un sacrificio personal. Él la miró con sus ojos penetrantes y luego giró la cabeza en dirección a sus enemigos.

Guiney exhaló profundamente acompañándolo de un quejido.

—Vámonos de aquí —propuso el gordo, emprendiendo la retirada.

No obstante, no lograron dar las pisadas pretendidas porque el Guía se los impidió. Étienne fue hasta ellos desde el otro lado, cercándolos contra la mansión.

Guiney se recobró murmurando en voz muy queda, lo que atrajo nuevamente a sus amigas.

—¡Guiney, nos has asustado! —la reprendió Belle ayudándola a enderezarse.

—El Guía me ha dejado seca —gruñó ella sujetándose la barriga—. Me ha quitado incluso la energía que había acumulado después de la invocación de auras.

—¡Étienne, no! —rogó Daphne.

En esa ocasión, él no consintió en voltearse hacia la chica. Continuó expulsando a los sanglent al interior de la mansión con la asistencia del Guía.

—¡Estúpidas! Esto no os durará mucho, el Regente ya está de camino y cuando os venza nos rescatará —amenazó Lothar sin éxito, puesto que Étienne repelió a los sanglent contra la pared a base de increíble y sobrehumana fuerza.

Los levantó tomándolos de las chaquetas y los arrojó en el corredor de su casa.

Los vampiros, agazapados en la ventana, se apretujaron unos contra otros, temerosos de la reciente autoridad del joven Crow. Este envió a los sanglent de un puntapié al rincón en el que los vampiros se apelotonaron exclamando vituperios en tonos agudos.

Étienne se alzaba imponente mientras ellos se asemejaban a un abigarrado friso barroco. Él observó de reojo las caras expectantes de las tres chicas, que permanecían bajo la lluvia sin perder detalle de la escena. Cerró los cortinados en un violento ademán.

***

Frío. El agua recorría las facciones enlodadas de Tom, que iba percibiendo cada vez más conscientemente el dolor de las quebraduras. Su pierna y su brazo se quejaban en violentos pinchazos de músculo desgarrado que hacían trabajar denodadamente a su cerebro en la producción de endorfinas.

Las lágrimas de sufrimiento resbalaron de sus pestañas, que fueron elevándose paulatinamente. Las nubes negras de esa tormenta eterna le impedían divisar una salida a su situación. Tampoco tenía mucha libertad de movimiento, roto como estaba, en una fosa de dos metros de profundidad.

Notó con un espasmo que la pierna se encontraba en una posición antinatural y que la muñeca carecía de vida.

El acuciante dolor no le dejaba pensar, le enturbiaba incluso la vista.

Quería aullar, pero el cansancio de estar conteniendo tantos impulsos neuronales se lo ponían difícil.

Creía que iba a morir allí, sin que nadie lo supiera, sepultado por la inundación del camposanto o por los mismos trabajadores del cementerio.

Sus pensamientos volvieron a Guiney y a las chicas y derramó más lágrimas, temeroso de que todo estuviera perdido, de que ahora ellas también yacieran en otras tumbas abiertas como Tammy, Dolly y Ginger. El viejo dogma de que los buenos siempre ganan le resultaba de una ñoñería insoportable.

Probó desplazar los miembros que le quedaban sanos, mas estos se habían contagiado de sus gemelos. La falta de un suelo duro le impedía erguir la espalda.

—Guinevere, maldita sea. Siquiera hubiéramos podido morir juntos —susurró.

Un pájaro pió y remontó el vuelo, aterrorizado. Al instante, un rumor de conversación llegó al oído de Tom.

—Es por aquí. Los nuestros las han atrapado. Espero que no hayan sido tan estúpidos de robaros la posibilidad de matarlas personalmente.

Nadie respondió a esa frase; sin embargo, el emisor prosiguió:

—Por lo que me han dicho hace unos minutos, una de ellas es la portadora del Guía, y este está en baja forma. ¿Las sentís, mi Señor? Están en esa casa solariega. El dueño es el espía que enviamos, un vampiro de poca monta.

La voz se fue amortiguando. Tom actuó rápido con la intención de distraerlos lo suficiente para que las chicas escaparan de ellos.

—¡Vosotros! ¡Sanglents! —chilló.

No obstante, el sonido rebotó en las paredes de la fosa, sofocándose en un ronco murmullo. Gritó nuevamente y nada oyeron los individuos.

—No, mierda —sollozó Tom al ver que su táctica no daba ningún fruto—. ¡Dios, que esto sea una pesadilla!

***

El iPhone de Aimee temblaba en sus heladas manos grabando unas imágenes movidas.

Por alguna razón esa tormenta no tenía fin, era como una banda sonora incesante y los truenos y rayos ya la exasperaban.

Las luces de las farolas parpadearon hasta extinguirse en un chasquido.

La electricidad se había ido del pueblo.

La periodista resopló de rabia y un mechón de su lacio pelo rubio ondeó en el aire.

«Por suerte está el espectro este alumbrando el lugar», pensó. «¿Qué es? No voy a creer en fantasmas, no es una cuestión que quepa en mis marcos mentales. Tampoco tiene apariencia de ser el… alma de White.»

Daphne se levantó y fue hacia su amiga… y lo mismo Crow. Lo que veía desconcertaba a la reportera. El súbito temor de los agresores al muchacho y las caras de horror de las tres niñas al escuchar los berridos tras las cortinas cerradas le revelaron que se preparara para lo peor.

Por unos momentos, reinó el silencio. Con un chirriar de goznes oxidados, la puerta se abrió lentamente. La figura de Crow salió despacio, tapándose los restos de sangre que aún goteaban de su barbilla, como si ese hecho indecoroso lo perturbara.

—Lamento que hayáis presenciado mi penosa exhibición —murmuró en un tono de disculpas.

Las chicas se fueron despegando del suelo con cautela. Solo Daphne remoloneaba sin señas de apartarse ni de pasar miedo.

—Ahora podéis iros, ya no os molestarán. Y yo tampoco —prometió dando un paso vacilante del que rehuyeron Belle y Guiney.

Aimee aferró los barrotes de la valla en la que se amparaba en un intento por captar mejor lo que susurraban.

Ya no era sencillo deducir quién era el malo y quién el bueno en una trama que no había estado muy definida desde el principio, pero en la que jamás hubiera contemplado una masacre y un bicho brillante.

Quería irse de ese sitio tanto como esas niñas; sin embargo, su nombre y su honor estaban en juego.

La máxima del periodismo, estar en el lugar indicado en el momento indicado, retumbó en la corteza de su cráneo.

—Gracias —musitó Daphne bajando la mirada, yendo a unirse a las otras dos en la escapada por entre las plantas del enorme jardín.

Crow permaneció observándolas unos instantes, tamborileando los dedos en una superficie imaginaria, como si cavilara en llevar o no a cabo una acción.

—¡No! —bramó repentinamente Guiney, logrando que a Aimee se le erizara el vello de la nuca.

Étienne corrió hasta ellas, al tiempo que Guiney se agitaba quejándose de malestar y el Guía se trasladaba igual que lo haría un borrón de nube.

—¿Qué te pasa?

—Es una presencia —dilucidó Étienne señalando un punto oscuro en el cementerio que avanzaba a grandes trancos.

—Es muy fuerte —jadeó Guiney prendiéndose al brazo de Belle—. Es lo más horrible que he sentido en mi vida… ¡hay que darnos el piro de aquí! —gañó.

—Étienne, por favor —imploró Daphne con lágrimas en los ojos y aspecto exhausto—. Te resarciremos luego, lo juro. No estamos en condiciones de luchar contra nadie.

Étienne atravesó un instante de indecisión al responder:

—Probaré a entretenerles… de todas formas me temo que esta vez se trata de un rival que está más allá de nuestras posibilidades.

—Debemos proteger al Guía, es nuestra responsabilidad —Guiney señaló al espectro que sobrevolaba sus cabezas.