Capítulo 13 #4
—Crow, eso que propones es inviable. Valkowski es el último vampiro noble que ha quedado en este continente gracias a que se ha encargado de eliminar a la competencia. Además, aunque tuviéramos éxito, de morir el amo también sus siervos lo harían —refutó un anciano barbudo.
—¿Y qué más nos da? ¡Sería nuestra liberación definitiva! —clamó Étienne mirando a los presentes, que revelaron gestos de horror.
—¡No! ¡Morir es un tormento! ¿Os parece que habrá lugar en el que reposar en paz? ¡Estamos condenados al Infierno! Si perduramos aquí, al menos no pagaremos nuestras culpas más que en la mente —lloró la dama pelirroja asiéndose del brazo del joven.
—Creí que anhelabais su fin, costara lo que costara —la observó Étienne—. ¿Qué queréis en realidad?
La dama sonrió extraviada.
—¡Un nuevo líder! Si un vampiro superior lo mata, entonces sus criaturas pasaremos a ser del asesino. Debemos asegurarnos de que él muera a manos de otro noble, uno que esté dispuesto a liberarnos. Hasta que eso ocurra, resta esperar y eliminar a sus protectores.
—Habéis dicho que ya no hay otros de su clase —refutó Étienne.
—No, hemos dicho que él ha eliminado a los que le suponían una amenaza en este continente —aseveró el anciano.
—¿Pretendéis que vayamos en su busca? ¿Qué exploremos largo y ancho del mundo en pos de un ser que podría sentirse tentado de traicionarnos luego?
—dijo Étienne desembarazándose del brazo de la pelirroja—.
Lo siento, vuestras ideas me parecen irrealizables.
Preferiría morir ahora mismo, hundirme en la lava ardiente del Infierno por la entera Eternidad si con eso obtengo que Valkowski ya no pise la Tierra.
La capa negra de Étienne ondeó tras su salida, tapando los rostros decepcionados de los miembros de la resistencia.
Matar a Valkowski. Matar a Valkowski. Matar a Valkowski.
Las ruedas del tren traqueteaban sobre el puente. Debajo, Étienne se acurrucaba en un saliente rocoso. Liberarse de él, pero antes perpetrar su venganza. La única vía de escape de ser su títere era poseer un alma otra vez.
—¿Quieres qué? —rio un hombre calvo y de malas trazas que se sentaba frente a él en un burdel decorado en rojo y negro del peor barrio de la peor ciudad del peor país.
—Un alma. He estado averiguando con todo tipo de sujetos: chamanes, curanderos, adivinas…
—Esos no entienden nada —lo cortó el hombre, arrogante—. Son farsantes. Los verdaderos poderes del mundo están…
—En los aiglent y los sanglent —lo interrumpió Étienne, demostrándole que no toleraba su descaro—. Tardé mucho en recabar información acerca de vosotros.
—¿Y por qué no acudiste a los aiglent primero? Si deseas redimirte, ¿no son ellos tu mejor alternativa? —le tomó el pelo el calvo bebiendo su rancia cerveza.
—No. Ellos desprecian a los de mi casta, no consentirían ni que les dirigiera la palabra. Desconocen el sinsabor de esta vida errante, creen que los vampiros lo somos por vocación o algo así.
—Pues no te lo pondremos fácil. Si quieres algo de nosotros, te comprometes a darnos algo tú también —su grueso dedo calloso se hincó en la clavícula del chico.
—Sí, estoy familiarizado con los códigos de los bajos fondos —entornó los ojos Étienne—. ¿Qué debo hacer?
—¿Te suena el trío aiglent? ¿Las que protegen al Guía? —el hombre aguardó al silencioso asentimiento de su interlocutor—. Hemos matado a una de ellas. Según la tradición, una ha de sobrevivir para transmitir los poderes a la nueva camada.
—¿Y yo qué puedo hacer?
—Mucho. Si te he citado después de tus decenas de intentos por hablar conmigo es porque esta vez sí que tienes alguna utilidad para nuestros planes. Hay cientos de vampiros mucho más sanguinarios que tú de nuestro lado, ¿para qué íbamos a necesitarte?
—¿En qué radica mi valor diferencial?
—Eres el dueño de una casa en el norte de Gales.
—Sí. Y de un ático en París, y de tres propiedades más. ¿Es un asunto inmobiliario? —bromeó Étienne percatándose de que sabían demasiado acerca de él.
—Creemos que la sucesión ocurrirá allí. Desde que nos cargamos a la guardiana de la mente hay una pulsación que proviene de esa zona.
De acuerdo con los antiguos mapas, ahí hubo un bosque de poder.
Nos hace falta un rastreador que localice a la aiglent restante cuando llegue, sin despertar sospechas de la policía, alguien que borre las huellas de nuestras acciones. Y que detenga la sucesión.
—¿De modo que me pedís que desintegre el trío antes de que uno nuevo se forme?
—No será muy difícil. Y si no lo consigues, las novatas suelen ser muy ineptas y requieren la protección de las anteriores.
Gánate su confianza, espíalas, descubre sus puntos flacos y atrápalas.
Cuando estén listas, iremos a por ellas y te entregaremos el alma que tanto deseas.
Pero no las mates tú. Siempre podemos sonsacarles datos que nos ayuden a desactivar a otros de los suyos.
—De acuerdo.
La antigua mansión Crow lucía tan imponente y gallarda como siempre, a pesar de que ya no dominaba la colina, sitiada por las casas de reciente construcción y el cementerio local.
El jardín parecía una selva y las enredaderas habían campado a sus anchas en las duras paredes del edificio.
Étienne traspuso el umbral, la puerta chirrió.
Contuvo un suspiro esperando recibir a los fantasmas de su familia en su imaginación.
Afortunadamente, y a pesar de su luctuoso fin, se habían ido en paz.
—¿Todo bien, señor? —inquirió Jones surgiendo detrás.
—Sí —ocultó una lágrima —Apenas… unos cuantos recuerdos.
Étienne se revolvía en el sofá, hambriento. Encima de la mesa auxiliar había un surtido de sándwiches que no había tocado. Se enderezó precipitadamente y se echó en los hombros su vieja capa de lluvia. Salió a la noche limpia de estío, olfateando presencia humana entre tanto aroma de flores.
Una esencia taconeaba en la calle, una chica.
La siguió. Ella aparentó darse cuenta porque apretó el paso.
El ansia se le arremolinaba en el cuerpo.
Quería sangre, anhelaba la sangre de esa chica que olía tan bien.
Saltó desde las alturas y la retuvo contra el muro.
Era una jovencita delgada, tiritaba de miedo, no sería complicado beber hasta saciarse.
—¡Déjame! —le dijo, y sintió como si lo hubieran quemado vivo.
Étienne se acercó más, había un rasgo en ella aparte de su olor que lo cautivaba. Tenía un don, y antes de darse cuenta cometió el error de hablarle, lo que lo podría haber incriminado luego.
—Solo hay una cosa que deseo de ti —le respondió en una voz grave y suave hecha de seda cogiéndole las dos manos con excesiva violencia.
Su presa se debatió y rugió:
—Fuera.
Fue como si hubiera pulsado una fibra de su cerebro, percibió un terrible poder advirtiéndole en las profundidades de su mente, una barrera psíquica.
La desasió rápidamente, sus tobillos se ablandaron.
Quiso volver a intentarlo, pero la barrera continuaba allí, así que escogió la retirada.
Se amparó en las ramas de uno de los árboles de la mansión.
Esa chica tenía que ser una miembro del clan. Así que, desde ese momento, era su objetivo.
Las imágenes se disolvían en una espiral, pasando a una velocidad vertiginosa.
El primer día de clases en Santa Perpetua.
Los cadáveres del bosque que él se ocupó de ocultar.
La fiesta de Jennifer a la que no fue, pero que le proporcionó la sangre de Lilah.
Un altercado con los cinco sanglent, que presionaban para que les dijera quiénes eran las tres chicas y que decidían obrar por su cuenta ante la reticencia de Étienne, que les pedía su alma.
Los cinco utilizando a un espíritu como informante, que los guiaba hasta el pueblo vecino.
Étienne, consumido por el remordimiento del error cometido con Tammy, Dolly y Ginger, revelaba los datos de las verdaderas aiglent y los otros ideaban la forma de atraerlas.
A él le parecía una idea pésima y se preparaba para deshacerse de ellos en el descampado, pero las aiglent aparecían.
Ante el fallo de los cinco, el Clan de Sanglent le ordenaba al vampiro suministrarles su veneno en las bebidas, del mismo modo que había introducido una versión del narcótico menos mortífera en la limonada que le había servido a Daphne en la mansión.
La destrucción del sistema de domótica de la casa de Belle para retenerla.
La emboscada fallida en Warlow’s para forzar a un debilitado Guía a manifestarse.
El plan para raptar a las chicas al darse cuenta de que no tardarían en descubrir que lo de Paul había sido una estratagema.
Étienne miraba desde las alturas la ventana de la habitación de Daphne, en la que esta entretenía a Alis y Dywel. Oía las risas, que se mezclaban con las que, más de cien años atrás, compartía con sus propios hermanos.
Se apretó contra el tejado vecino, oculto entre las copas de los árboles.
Sí, era igual que entonces.
Extendió el brazo queriendo tocar la mejilla de Chloe y revolver los tirabuzones de Patrick…
Daphne levantó la mirada en su dirección durante un segundo, luego tornó a centrarse en colocarle a la coneja el vestido de muñeca que su hermana le entregaba en una floritura desmañada. Las entrañas de Étienne se congelaron.
—Buscadlas —decía Étienne, insolente.
Los vampiros lo cercaron mostrándoles sus dentaduras manchadas de rojo. Un único pensamiento revoloteó en su mente: darles tiempo de escapar a las tres muchachas, que enfrentaran a los sanglent. Impedir un mundo regido por ellos en el que Valkowski se entronizara como amo y señor de los vampiros.
—¡Vete!
Las imágenes se difuminaron. Únicamente quedó el espacio vacío y Étienne gritándole a Daphne que se largara de sus recuerdos.
—Has visto demasiado.
Daphne fue despertando poco a poco de su trance, en el preciso instante en que su mirada chocaba con los ojos abiertos de Étienne y una luz los envolvía.