Capítulo 13 #3
—Papá, mamá —gimoteó otra vez Étienne—. Ha sido Valkowski. Él me ha hecho esto. ¡No estoy muerto! Me habéis enterrado; creíais que ya no respiraba, y en parte es así. Pero soy yo, y he venido a advertiros…
—¡Atrás, monstruo! —vociferó su padre tomando un atizador del costado de la chimenea, con el que desafió a su hijo—. ¡Étienne ha sido asesinado, no intentéis suplantar su identidad!
—¡Papá, soy yo! —lloró Étienne con los brazos extendidos en súplica—. ¡Creedme! ¡Mamá! —se volvió hacia ella, que no despertó de su posición indiferente.
—¡Déjala, animal del infierno! ¡Eres otro como ese Valkowski, un muerto-vivo!
—¡Por Dios, padre! —pidió Étienne, que fue duramente golpeado con el utensilio hasta sangrar de dos profundos cortes en la cabeza.
Chloe berreó de miedo y Patrick se amparó en los cortinados. La sombra del señor Crow apaleó a un Étienne encogido que rogaba piedad en francés, que se arrastraba apartándose de la filosa punta del instrumento y se iba cual perro amedrentado.
Étienne abandonó la mansión trastabillando, aferrándose a los troncos de los árboles.
—¡ Mon père ! —lloró cargado de impotencia y desilusión—. ¡ Mon propre père ! —resonó su desgarrador sollozo en el campo.
Apenas unos rayos de tibio sol penetraban en aquella zona boscosa.
Una figura se apartaba de la luminosidad del mismo modo que si esta fuera verdadero fuego a punto de hacerlo arder.
Sus ropas estaban estropeadas y manchadas de lodo, podredumbre y sangre seca.
Sus cabellos eran un remolino azabache y los brillantes ojos verdes se veían hundidos e inflamados.
Étienne se arrebujó bajo una capa de hojas de arbusto, camuflando los brazos repletos de magulladuras y rasguños.
Exhaló un gruñido lastimero similar al de un gato herido.
Aguzó el oído, adoptando una expresión de hambre.
Hincó los dientes en el cuello peludo de una liebre, cuyas patas dejaron de moverse después de unas convulsiones.
Étienne lamió los restos de sangre y arrojó la carne a un lado. No entendía por qué ya no le gustaban su sabor ni su textura, únicamente deseaba el cálido tacto del líquido rojo resbalando por su faringe, que se esparciera en su barbilla en un cosquilleo.
Tornó a arrellanarse en la espesura, emitiendo unos sonidos graves.
Había perdido la cuenta de los días que había pasado escondido allí, temeroso de instigar la ira de sus parientes.
Cada tanto concentraba sus esfuerzos en escuchar los sonidos de la mansión, especialmente por la noche, cuando sus sentidos aumentaban prodigiosamente.
Creía que podía apreciar los pasos de Patrick en su cuarto y las canciones que Chloe le dedicaba a su muñeca favorita. O tal vez no fuera más que un recuerdo.
Étienne entrecerró los ojos, anhelando un sueño que hacía mucho que lo había abandonado. Quería soñar con ellos, con la voz de su madre llamándolo a la mesa en Navidad, con…
Étienne se irguió en posición de ataque al presentir su llegada.
Valkowski avanzaba velozmente surcando el cementerio y enfilaba hacia la morada de los Crow.
El joven se lanzó como una flecha, enredándose entre las ramas y las raíces, pero estaba a bastante distancia.
No se explicaba de qué manera sus piernas lo habían transportado con tanta celeridad a través de los campos de oro.
Derrumbó la puerta de un golpe, olisqueando el aroma de fresias frescas recién cortadas. Sus pies desnudos se mojaron en el charco de sangre que fluía desde la cocina.
—¡No! —clamó adivinando lo que se proponía aquel ser abominable y se precipitó al interior de la habitación. Valkowski desprendió los labios escarlata de la fina y pequeña oreja de su hermana menor, a la que arrojó detrás de un gran saco de harina.
—Pensaban que iban a librarse de mí… —señaló en un pestañeo el rincón en el que yacía Patrick, blanco como el papel, sosteniendo un mazo de ablandar la carne que habría empleado a modo de defensa.
Étienne emitió un sonido animal grave y triste, y besó las caras de sus dos hermanos exangües intentando tapar con manos temblorosas las horribles cicatrices.
Una ira incontenible hervía en lo más profundo de su estómago, a punto de estallar descontrolada.
Las lágrimas cristalinas flotaron en el aire en el instante en el que hundió los dedos en las pétreas clavículas de Valkowski, quien se lo sacudió de un puñetazo.
El chico no cejó, persiguiéndole a lo largo de los corredores vacíos de toda actividad.
Sus padres, queriendo evitar la vergüenza y las preguntas sobre él, habían despedido al numeroso servicio contratando apenas servidumbre de día, y eso los había expuesto al silencio.
Nadie había podido escapar y pedir ayuda.
Los dos permanecían tendidos en el suelo del salón. Habían sido los primeros en morir.
Valkowski resurgió en los patios envuelto en su capa oscura.
—¿Por qué? —gritó Étienne—. ¿Por qué les has hecho esto? ¿Por qué has vuelto? ¿No te bastaba con haberme despojado de todo lo que amaba?
—Mi querido niño —recurrió a su voz persuasiva—, lo he hecho por ti.
Ellos te impedían ser quien eres. Mírate, te he bendecido con la verdadera eternidad y tu estúpida familia no lo aceptó, me echaron de aquí en cuanto oyeron tu estertor.
Te constriñeron a malvivir como un salvaje, siendo que ya formabas parte de mis criaturas.
Ellos no te querían, de lo contrario habrían acatado tu decisión.
—¡Fuiste tú quien decidió por mí! ¡No te pedí subsistir apresado en este cuerpo, ni que me arrancaras del seno de mi familia! —lo enfrentó en una danza acechante—. Los vengaré.
—No hay alternativas. Soy tu amo, te he creado, te he dado las alas de la noche para que te eleves por encima de la corruptible humanidad. Serás libre de verdad, harás tu voluntad porque no habrá nadie más fuerte después de mí.
—No —contradijo Étienne endureciendo el ceño—, estás en un error. Ni soy libre ni eres más fuerte. Encontraré la forma de que pagues lo que has hecho.
—No eres más que un niño, Étienne. Y yo soy un anciano de los tiempos —Valkowski enganchó al muchacho de la mandíbula empujándolo contra un muro. Cuando este quiso quitarse la mano de encima, solo halló el aire en su lugar. Valkowski se había esfumado.
Étienne contrajo aún más su maltrecho corazón y reconstruyó los acontecimientos paso a paso recorriendo las habitaciones de la mansión.
Había asesinado primero a su madre, que habría luchado para proteger a sus hermanos.
Ellos habrían escapado escondiéndose en las cocinas.
Su padre habría oído el jaleo y habría intentado pararle los pies al asesino, al igual que había hecho con él, muy inteligentemente.
Ahora que estaba al tanto de lo que podía ser capaz siendo el monstruo que era, no juzgaba ese comportamiento.
El cementerio acogió cuatro cruces nuevas. Étienne echó flores en las tumbas antes de que los peones hicieran descender los ataúdes. Se veía igual que antes de la transformación, parecía ser el mismo joven, si bien el sello de la melancolía le grababa la frente.
—Señor Crow —le habló un hombre que le acompañaba—, es innegable que no es la situación más oportuna; no obstante, debería considerar que el bufete de abogados al que su padre designó albacea de la fortuna en caso de fallecimiento prematuro está en la obligación de ponerse en contacto con usted con el fin de formalizar el traspaso de la heren…
—Lo sé —lo cortó Étienne en seco, la vista clavada en las paladas de tierra que lo alejaban de los suyos trazando una barrera infranqueable. Habría escarbado hasta llegar a ellos, hasta tocar sus rostros cadavéricos a los que no habían logrado borrar la expresión de horror.
La noche cerrada lo recibió en la misma postura. La luna nueva ascendió imperceptible en el cielo.
Los canales de Venecia en una noche ominosa.
Las calles más sórdidas del Berlín industrial.
Las frías estepas rusas. Los acantilados y fiordos puntiagudos de Noruega.
Las mareas de acero que bañaban las costas de Portugal.
El cambio de siglo, las luces de la Torre Eiffel cual largas y sedosas manos enguantadas que acariciaban el firmamento de París.
Una figura harapienta se escurrió entre las callejuelas embadurnadas de podredumbre de una ciudad.
Se confundió en las sombras en un sutil desplazamiento y penetró en un hueco en un edificio ruinoso, ínfimamente iluminado por un cirio medio consumido de flama oscilante.
Allí había otros de su tipo, seres hermosos encogidos en los rincones, ataviados en ropajes pasados de moda carcomidos por las polillas y la intemperie.
—Os he buscado —dijo Étienne echando un rápido vistazo alrededor.
—Para ingresar aquí debéis pagar un precio —le recordó una dama pelirroja que vestía de luto.
—Ya he pagado uno muy alto, como vosotros. Pero decidme en qué podría serviros —respondió él acercándose a la luz de la vela.
—Para uniros a la resistencia contra Valkowski habréis de probar vuestra lealtad, debemos asegurarnos de que no sois un soplón —informó ella—. Tendréis que matar a una de sus criaturas.
—¿Y qué ganaremos con eso? Al fin y al cabo todos somos sus víctimas, a todos nos ha engañado y martirizado —razonó Étienne con un dejo de hiel.
—A algunos no. Hay quienes adoran permanecer a su lado a pesar de la maldición. Ellos son los que lo salvaguardan de nosotros, los que entorpecen nuestro éxito —prosiguió la dama.
—¿Y por qué no matar a Valkowski directamente?
La dama sonrió dejando entrever unos blanquísimos dientes perlados salpicados de hierro.
—Porque es imposible.
El viento se coló a través de una rendija apagando la vela. Una nueva llama encendió el rostro de Étienne, quien discutía rodeado de un apretado círculo de rebeldes.
—Esta lucha no finaliza. Si persistimos en limpiar el mundo de los secuaces de Valkowski, que se incrementan en número día a día, en lugar de atacarlo a él, jamás terminaremos —arengó.