Penylan I: Incógnito Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

La señorita Bennet era una gran pianista y poseía una belleza arrolladora.

Todos los jóvenes ─y no tanto─ la admiraban.

Admiraban sus ojos color lavanda, sus mejillas rosadas, sus descubiertos hombros redondeados y estrechos, sus labios rojos…

y la señorita Bennet consentía dedicarle a él, al aturdido joven Crow, al que carecía por completo de buen juicio, unas cuantas miradas tímidas.

Y él, por supuesto, adoraba a la señorita Bennet igual que el resto, subyugado ante su feminidad.

Al terminar la composición, Étienne tuvo el arrebato de acercársele y ofrecerse a escoltarla a la terraza a descubrirle las maravillosas vistas.

La señorita Bennet asintió demostrando una adorable candidez y ambos emergieron al frescor de la noche, con los ojos de la carabina de la joven pinchando sus espaldas.

—Desde aquí verá su casa —le dijo Étienne conteniendo el ardoroso cariño que le despertaba.

—También desde allí se ve la suya —contestó la señorita Bennet en tono sereno.

—¿Perdonaría mi descaro si le pregunto su nombre?

—Me llamo Anne. Y usted es Étienne, ¿verdad?

El aludido sonrió ampliamente, ilusionado por que la muchacha hubiera estado interesada en su persona. Quizás había posibilidades de entablar una amistad.

—Hace frío, ¿le molestaría que regresáramos?

Étienne condujo a Anne Bennet de nuevo a la fiesta y percibió un cambio sustancial en la atmósfera.

El silencio ocupaba el lugar de la música, los invitados se revolvían incómodos, como si hubiera allí una presencia que los hiciera sentirse menos interesantes.

Estudió la dirección de los rostros hasta dar con el semblante pagado de sí mismo del desconocido de aquella mañana, lo que provocó que esa emoción inexplicable retornara a su ánimo.

Su madre se apresuró a presentar al hombre, contrariada ante el clima desapacible que su irrupción había creado, y a solicitarle a su hijo mayor que interpretara alguna pieza.

Étienne estuvo de acuerdo, alentado por el deseo de impresionar a Anne Bennet.

Deslizó el arco sobre las cuerdas doradas del violín interpretando una melodía de su propia invención, triste, grave y compleja.

Su padre le hizo una seña de que cambiara el repertorio hacia algo más alegre, tras lo que él trajo del estudio las partituras de la Sérénade de Charles-Auguste de Bériot y le pidió a la señorita Bennet que lo acompañara al piano.

Derrocharon virtuosismo durante unos tres minutos de intensa contemplación, hasta que el desconocido, del que ahora sabía que se apellidaba Valkowski, fue aproximándose a ellos.

Una columna mediaba entre ambos; no obstante, el magnetismo del extranjero se esparcía trazando una especie de bóveda a su alrededor.

Anne Bennet perdió el ritmo y espiró un suspiro de desaliento, luego de lo cual asió la tapa del piano y se retiró disimulando los ojos llorosos tras sus guantes de satén color marfil.

Étienne la vio irse e hizo el amago de acudir en su consuelo, pero tropezó con la figura de Valkowski.

—Es usted un gran músico, joven; sus padres no mentían. Le ruego disculpe mi trato familiar de esta mañana.

Étienne se asombró de que ahora se dirigiera a él como a un igual. Lo hacía sentirse adulto.

—He oído que le gusta la filosofía y que tiene intenciones de estudiar en la Universidad. ¿Le apetecería que habláramos? —Valkowski apuntó ligeramente a un rincón en sombras, al que se encaminaron.

Palabras. Étienne oía al noble Valkowski conversar de sus obras favoritas con lucidez y soltura.

Los momentos y las horas del día se sucedían e intercambiaban, los espacios cambiaban, la actitud del muchacho se volvía más y más abierta, hasta que la llegada de su maestro era un acontecimiento sobre el que pivotaban el resto de las ocupaciones de la jornada.

El verano ya tocaba a su fin y la noche se derramaba cuando el carruaje del aristócrata Valkowski entró en los jardines. La familia a pleno lo recibió, aunque ninguno mostró el ferviente interés de Étienne, más bien se mantuvieron bajo una discreta urbanidad apabullada.

—De tu ceño infiero tribulación, amigo mío. ¿Qué te preocupa? —inició la charla el extranjero una vez se instalaron en la terraza principal, aquella desde la que Étienne seguía buscando la figura de la señorita Bennet en su hogar a la distancia.

Étienne negó en un cabeceo.

—Soy feliz… si bien hay una cuestión que perturba mis pensamientos. Algo que mi familia no es capaz de aportarme.

—¿Qué es? ¿Qué te inquieta? —sonsacó Valkowski presionando su hombro en ademán cordial.

—¡Quisiera saberlo todo! —exclamó Étienne cerrando los puños con frenesí—.

¡Querría ser el hombre más sabio del mundo, viajar, aprender, conocer…

es mi único anhelo! Mas debería vivir mil vidas para ello.

El alma se me agita cuando contemplo la grandeza del universo y entiendo que somos simplemente un instante en el curso de la Historia —se derrumbó en la barandilla de hierro de la terraza, las palmas abiertas hacia la luz de la luna.

Valkowski inhaló profundamente a su lado, danzando a su alrededor subrepticiamente.

—¿Querrías vivir más? —susurró ladeando el rostro de manera intrigante.

—¡Querría vivir eternamente! —clamó Étienne, la brisa dándole de lleno en la cara.

—Entonces… —sugirió Valkowski empleando un acento persuasivo— te instruiré en mi secreto.

—¿Tu secreto, maestro? —dudó el joven.

Sin embargo, su frase se ahogó en un grito de dolor que no brotó de su garganta, que fue lacerada violentamente.

Los colmillos de Valkowski se apretaron contra la carne haciendo manar una sangre bermeja.

Étienne fue perdiendo la conciencia segundo a segundo, la luna fue dejando una estela que se convirtió en una mancha difuminada bajo una negrura intensa.

Todo desapareció, incluso el sufrimiento físico.

Se sentía atrapado, sus hombros apenas encontraban espacio para moverse.

Había un material acolchonado que lo ceñía, y la sensación de claustrofobia y de olor a tierra húmeda le indicaban que estaba encerrado.

Abrió los ojos, aunque únicamente se topó con la más absoluta oscuridad.

Sus manos estaban cruzadas en el pecho, por lo que no le resultó complicado rozar lo que había encima.

Era satén. Y los dibujos que formaba eran rombos, lo que le recordó aquella ocasión en la que había acariciado el ataúd de un viejo tío paterno.

Las puntas de los dedos temblaron al palpar nuevamente el patrón, pronto se pegaron a la tapa del féretro con desesperación.

Étienne rasgó la tela y gritó lo más fuerte que sus pulmones toleraban.

Aun así, si estaba ya enterrado, nadie lo oiría.

Iba a morir de cualquier forma, solo que de un modo asfixiante.

Quiso contener el aliento al golpear la tapa en su afán por levantarla y se dio cuenta de que era capaz de estar sin respirar un largo rato.

¿Y si ya era un fantasma que no requería que el aire llenara su tórax? Eso parecía.

Las lágrimas empaparon el fino género. ¿Cómo había muerto?

¿Había sido Valkowski? ¿Por qué lo habría hecho?

Su propio llanto enloquecido lo ensordeció.

Era un espíritu atrapado, su cuerpo no daba señales de fatiga a pesar del esfuerzo y de la tensión.

Su familia… debía avisarles, debía decirles que Valkowski era una amenaza si lo había asesinado.

Tal vez esa era la razón que lo retenía en el mundo.

Reunió fuerzas encogiéndose y desplazando los antebrazos a una mejor posición y aplicó presión a la tapa del ataúd, creando un intersticio por el que entraron tierra y piedrecillas.

Empleó un poco más de energías y efectuó un salto hacia adelante en el momento en el que la tapa volaba, permitiendo la caída de kilos de barro en el sarcófago de lustrosa madera.

Resopló a causa de las gotas de lluvia que se habían arremolinado en su perfil, alzó la cabeza a un firmamento negro surcado de brillantes y atronadores rayos. Los campos se sacudían en bailes del color del betún y el viento corría arrancando los pétalos de las flores tardías del verano.

Caminó pesadamente en dirección a la sombría mansión de piedra, vacilante.

Los pasos se hicieron eternos, lentos, como si se le hubiera olvidado andar.

No había existencia en su cuerpo. Sentía que le habían quitado lo más importante, que su corazón no solo no latía, sino que era una botella vacía.

Se frenó a unos metros de su casa. Era eso.

No estaba muerto.

Al contrario.

Le habían robado el alma.

Se obligó a emprender el sendero nuevamente, la vista fija en el portal, en las tenues luces de gas, en las cortinas cálidas, en los semblantes familiares que vería.

Quizás ellos colaboraran en su recuperación, ellos debían solucionarlo.

Su padre increparía a Valkowski, le ordenaría que se la devolviese.

Valkowski se echaría atrás, desharía su encantamiento de brujo malvado y al romperse el hechizo él tornaría a ser un hombre.

Le extrañó que la puerta estuviera entreabierta.

Empujó la hoja. Sus pies descalzos saborearon la suavidad de los suelos de mármol metro a metro, milímetro a milímetro.

La sala iluminada estaba cerca, el silencio era exiguamente cortado por los lejanos truenos y el tic-tac del reloj.

No había servicio, no había siquiera un lacayo o una escurridiza criada

—Papá —gimió Étienne cogiéndose del marco de la entrada.

La escena se congeló. Su padre, de pie, oteando el cielo de tinieblas, se giró hacia él.

Su madre, cuyo aspecto era desolador, permaneció extraviada en algún remoto sueño que no requería bajar los párpados.

Patrick y Chloe chillaron y fueron a ampararse detrás del hombre, quien los protegió tras su ancha espalda.