Capítulo 13
Recuerdos
Un leve resplandor primaveral doraba las puntas de las anémonas que crecían bajo los árboles de la vereda y llenaba de radiantes tonos las verdes plantas florales.
Un carruaje pasaba lentamente esparciendo tierra seca a ambos lados del camino, los caballos resollaban de puro gozo más que de agotamiento.
Todo era paz en esa pequeña porción de la campiña galesa donde una imponente mansión construida según la moda georgiana se erguía en aquella colina de césped esmeralda, con las blancas cortinas de lino ondeando por la delicada brisa.
Los altos setos de la propiedad la hacían apenas visible a los ojos de los escasos paseantes que usaban la senda cercana.
Unas risas infantiles rompieron la monotonía y, de repente, un enorme pastor inglés peludo y casi ciego a causa de la mata de rizos que le tapaba los ojos asomó rodeando los cuidados y tupidos jardines delanteros, con unos niños a la zaga.
Al frente del grupo iba una niña de unos doce años luciendo un impecable vestido amarillo pastel y un sombrerito del mismo color adornado de una ramita de lavanda fresca; detrás, los hermanos mayores, un chico pecoso de oscuros cabellos negros como la brea y vivaces ojos verdes, y un adolescente alto, espigado, muy parecido a él, pero que ya lucía los rasgos de un apuesto caballero.
El perro se detuvo a olfatear un rastro, tras lo que el mayor indicó a los otros mediante un gesto que se callaran y lo siguieran a prudente distancia.
—Debe de ser una liebre, hay muchas por aquí —cuchicheó el menor de los varones, haciéndose el entendido, sujetándose los tirantes que le sostenían los pantalones.
—Acabamos de mudarnos, ¿qué sabes tú? —disputó la chica echándose el largo y negro cabello hacia atrás, arreglándose el sombrerito que se le había deslizado por los cabellos al correr.
—Me lo ha dicho padre —le sacó él la lengua, lo que le reportó un manotazo del mayor.
—No seas maleducado. ¡Mirad, está olfateando! —dijo el mayor alcanzando al animal, que ladraba apuntando a un hueco en la tierra.
—¡Es una topera! ¡Vaya birria! —resopló el menor al examinarla cuidadosamente, acuclillándose y metiendo la mano en busca de alguna presa.
—¡Étienne, Chloe, Patrick! —grito una voz a la lejanía—. ¡Volved a la casa, vuestros padres están a punto de llegar!
—La pesada de Helga —volvió a quejarse el niño poniéndose de pie y pateando guijarros.
—No es pesada, es que tú no eres capaz de entender ni una lección… eres bruto como una mula —dijo su hermana acariciando el duro pelaje de la mascota, que trotaba a su lado mientras emprendían la retirada.
—Basta, Chloe, deja a Patrick en paz —le advirtió el mayor frenando un golpe que iba directo a ella.
Étienne se situó en medio de los dos y presionó sus hombros contra su cuerpo, conduciéndolos por el sendero. Chloe se apretó contra el flanco de su hermano mayor con holgazanería y Patrick, viéndose desplazado en cariño, le puso a Étienne el brazo en la espalda.
—Sí que estáis bien avenidos hoy, ¿o lo hacéis para que mis reportes a vuestros padres les parezcan una mentira?
—sugirió una alta y gruesa mujer teutona de gesto severo que los aguardaba en la puerta principal—.
He visto la berlina desde la planta superior, ¡ah, ahí vienen!
—señaló haciendo un vago ademán—. ¿Dónde está tu chaleco, Patrick? ¡Póntelo!
Los tres niños se apostaron junto a los surcos que el ir y venir de los carros había forjado en la tierra, y pronto se apaciguaron a centímetros de sus cabezas los pechos de un par de briosos corceles blancos moteados.
El cochero se quitó el sombrero saludándolos cordialmente, al tiempo que un hombre bajaba con agilidad y ayudaba a su esposa.
—¡ Maman, papa ! —exclamó Chloe en francés, yendo a fundirse en un abrazo con ellos. Los varones permanecieron cerca de la escena, manteniendo las formas.
—¿Ha sido un viaje placentero? —preguntó Étienne a su padre dándole la mano y besando en la mejilla a su madre, a la que se parecía asombrosamente. Patrick no pudo resistirse y se echó al cuello de ambos.
—Hemos tenido un viaje rápido, eso anula cualquier comodidad —respondió el hombre, que era casi tan alto como Étienne, y del que este había heredado los rasgos bondadosos y elegantes.
Salvaron el trecho que los separaba de la mansión y fueron recibidos por el servicio al completo, a las órdenes del mayordomo. Entraron en la espaciosa sala de matices cálidos y se sentaron en los sofás. Chloe se pegó a su mamá, que le acarició la cabellera dulcemente.
—Ya preguntaremos a vuestra institutriz cuál ha sido vuestra conducta en estas semanas —dijo la madre con un gesto suspicaz—.
En unos días brindaremos una recepción a nuestros nuevos vecinos, ¿verdad, James?
Nada demasiado pomposo. Ah, y vendrá aquel hombre que conocimos en el cumpleaños de la tía Odette. ¡Era encantador! —resumió ella.
—Bueno, no me aventuraría a denominarlo encantador, querida —sonrió él—. Ciertamente, es una persona de gran intelecto y cautiva la atención de la gente. A ti que te fascina tu adorado Schelling, Étienne, él te gustará. Fueron íntimos amigos.
—Debe de ser alguien interesante —estuvo de acuerdo su hijo, adquiriendo un repentino brillo en la mirada—. Me agradaría debatir acerca de los grandes filósofos alemanes.
—Podrías dedicar el mismo empeño a los franceses, ¿o es que Helga te lo prohíbe? —insinuó su madre—. He notado que ya te has acostumbrado a hablar solo en inglés.
—Y he aprendido algo de galés. Es esencial tener un buen dominio del idioma si voy a ir a la universidad —respondió él con naturalidad—. Además, es mi segunda lengua —dirigió su semblante hacia su padre, que no dejaba de sonreír, lleno de orgullo y paz.
—¿Tocarás el violín para tu madre esta noche, hijo? —se arrellanó ella lánguidamente.
—Por supuesto, mamá —asintió él.
Las iridiscencias del atardecer inundaron la habitación como el lecho caudaloso de un río, bañando los rostros de la familia que saboreaba la quietud de la tarde. Lentamente, el frío azul de la noche dominó la estancia, cuyo resplandor se extinguió igual que la llama de una vela.
Las nubes formaban un manto uniforme y gris en el firmamento, el viento estremecía las ramas de los sauces produciendo un sonido de fricción entre las hojas.
Étienne hallaba problemas en evitar que las páginas del libro que estaba leyendo plácidamente entre las enormes y retorcidas raíces se pasaran solas.
Entornó la mirada en un esfuerzo por que los mechones de pelo no se le enmarañaran en la frente impidiéndole proseguir la lectura del párrafo en el que estaba enfrascado.
Era una estrofa particularmente enrevesada de un poema de Goethe que trataba de traducir y le estaba ocasionando un buen dolor de cabeza.
Finalmente, optó por cerrar el libro y concentrarse en el paisaje que había ante sus ojos. Aspiró el aire cargado de aromas con deleite, sintió el fluir de la sangre en sus venas al ritmo de los armoniosos latidos del corazón. Garabateó una frase en un rincón de un papel de dibujo:
«¿Sabré reconocer la felicidad si nunca he conocido la desdicha?»
Al instante levantó la vista, un tanto ruborizado por su insolencia de intentar plasmar pensamientos elevados de una manera tan torpe y superficial.
No había nadie, por supuesto. La colina sobre la que se erigía su casa estaba alejada del resto de las casas de la villa y enfrente solo se recortaban dos o tres cruces y lápidas del cementerio civil que habían establecido en tierras cedidas por su padre.
En el horizonte, las nubes se apretaron aún más y las primeras gotas empezaron a derramarse a puñados. Enseguida el rostro del muchacho experimentó el escalofrío del aguacero que arrecia antes de lo calculado, así que se apresuró a recoger sus libros y bártulos.
—¿Te ayudo? —inquirió una voz sedosa de acento eslavo que surgió de detrás del árbol.
Étienne ahogó un respingo en consideración al desconocido, un hombre bien parecido de blanquísima piel y largos cabellos igual de pálidos que lo observaba en una expresión de cortés indiferencia.
—No hace falta, señor, muchas gracias —respondió turbado Étienne, persuadido de que esa persona no estaba allí unos segundos antes y de que si continuaba perdido en su mirada dura y del color del hielo no sabría de qué manera excusarse.
Hizo una reverencia a la que el hombre respondió con una media sonrisa altanera y caminó rápidamente hacia su hogar, acobardado de que pudiera haber atisbado lo que escribía en el pliego de papel.
Entró en su habitación con el corazón latiéndole contra el pecho y arrojó las cosas encima de la cama.
Por alguna razón, durante los instantes en los que sus miradas habían chocado, había sentido una irremediable atracción, un deseo de que aquella persona le fuera familiar.
Entreabrió los cortinados y escudriñó a través de un resquicio la figura del desconocido, seguro de que andaría en las inmediaciones, de que la lluvia lo habría forzado a refugiarse bajo las acogedoras ramas.
No obstante, no lo distinguía en la inmensidad de los campos.
Tal como se había manifestado se había desvanecido.
Étienne se recostó y bajó los párpados con el aliento en la garganta.
Los convidados, unas veinte personas, departían amigablemente en distintos rincones de la sala.
Los niños habían sido enviados a la cama temprano.
Étienne se repantigaba solo en un canapé, demasiado grande para jugar con sus hermanos y todavía inmaduro como para integrarse en una conversación de adultos.
La música del piano, tocado delicadamente por las suaves yemas de las manos de la señorita Bennet lo distraía lo suficiente de sus pensamientos oscuros.