Capítulo 12 #4
Las chicas se pusieron de pie y se distanciaron de la zona en la que se encontraba Aimee, quien debió perseguirlas rodeando la esquina. Volvió a entreverlas justo cuando se paraban a revisar lo que había en el suelo. Aguzó el oído para captar sus conversaciones.
—¿Está muerto? —decía la rubia punki sin dejar de echar miradas furtivas.
—Eso hace tiempo —le contestaba la bajita de pelo castaño.
—Larguémonos de aquí —resolvía la enjuta, la que se llamaba Daphne.
De repente, Aimee divisó la figura de Crow.
Se había producido un asesinato delante de sus narices y esas tres chicas endemoniadas estaban implicadas.
—No tenía idea de que esta clase de seres lloraban —oyó que agregaba la chica alta y rubia.
—No les debería de ser posible —confirmaba Hywel.
«¿Seres? ¿Qué quiere decir? ¡Es Étienne Crow!
¿Tan aborrecibles son estas tres que no lo consideran un ser humano?
Comprendo su enfado si las ha raptado, pero ellas no son mejores que él», pensó Aimee sin perder detalle.
Y luego atajó una frase que le recalcó que estaba acechando a personas muy extrañas.
—¡Daphne, por favor, léele la mente para entender por qué siento un recuerdo doloroso de Tom! —exigía la que identificaba como Guinevere White.
Un portazo enconado la distrajo y se halló registrando a un grupo que surgía de la mansión Crow precipitadamente. Aquellos tipos se veían amenazadores y le resultaban similares a los cinco suicidas. Su experiencia le sugería que pertenecían a la misma banda y que su objetivo eran las tres chicas.
Abrió el plano unos milímetros para que cupieran los trece personajes. Seis de ellos formaron una media ronda acentuando aún más la desventaja. Solo dos de las niñas se irguieron a oponer resistencia, la que supuestamente leía las mentes estaba ocupada con Étienne.
Preveía una masacre, aunque, si habían derrotado a cinco… nueve tampoco harían mucha diferencia.
Se sorprendió de estar calculando quinielas favorables a White y Annwyl.
—Las auras de los tres que están en medio son demasiado fuertes —dijo White—. Los otros carecen de ellas. Deben de ser vampiros, igual que Étienne… ¡Maldita sea, por eso no lo sentía nunca!
Aimee contuvo una palabrota. Lo que estaba presenciando carecía de sentido lógico, ¿qué eran las auras? ¿Vampiros? Estaban todos como cabras.
—¿Posibilidades? —sondeó Annwyl dando un corto paso hacia atrás.
—Bajas —respondió la otra—. El mejor ataque es una buena defensa, en estas circunstancias.
—Entendido.
Un enorme despliegue de energía ondeó las copas de los árboles y zarandeó a Aimee, que hubo de asirse a uno de los barrotes.
Annwyl desplegó lo que parecía una cúpula de protección, circundándolas.
Uno de los hombres corrió en dirección a ellas y asestó un puñetazo a la campana, que al principio rebotó el impacto.
Él sonrió al notar la falsa confianza de la pareja, quienes en unos instantes fueron embestidas por el enorme poder que había traspasado la valla de Annwyl.
Se desplomaron a un costado de Daphne en trance y del cuerpo del heredero Crow, malheridas. El hechizo a su torno se desvaneció, tras lo que los seis altos sujetos se desplazaron hacia ellas enseñando los largos colmillos con rostros de avidez.
—Matadlas. Antes de que a alguna se le ocurra expeler al Guía —ordenó el que Aimee fichó como el cabecilla.
—¡Jamás! —rugió White componiendo una cara rara, dejándolos fuera de combate al derribarlos en un vendaval que otra vez casi expulsa a Aimee.
La chica tornó a desplomarse en el suelo, exhausta; los atacantes se repusieron.
Annwyl extendió los brazos con un rostro fiero y estos cesaron su andar del mismo modo que si se hubiesen petrificado.
—¿Planeas inmovilizarlos? —azuzó el más gordo—. Los vampiros están fuera de esas reglas, se sacudirán tu encantamiento.
Y así fue. Tornaron a moverse al cabo de aquella frase. Y a aproximarse.
—Me estoy cansando de estas tonterías —vociferó el tercero, quien con un parpadeo había reunido una cantidad considerable de guijarros a su alrededor, que fueron a estrellarse contra las dos chicas causándoles múltiples golpes.
Llenas de hematomas y cortes, se arrastraron en una vana tentativa por cuidar de la integridad de la tercera de ellas.
—Daphne… —la llamaron con voces desmayadas.
Pero ella estaba ausente.
—De nuevo —resolvió su atacante animado por las carcajadas de los demás, y en esta ocasión les arrojó astillas de la corteza de los árboles añosos.
Las chicas aullaron de dolor. Sus enemigos se estaban divirtiendo a costa de su situación, las estaban torturando. Aimee no soltó la cámara, a pesar de ver a través de ella los infructuosos intentos de White, que quiso levantarse.
—Acabemos con esto —determinó el individuo enviando un puñado de esquirlas directo a su corazón, que Annwyl, de algún modo, detuvo en el último milisengundo.
—¡Daphne! —la llamó ella sacudiéndole el hombro.
—Es inútil —se lamentó White arrodillada—. No aguanto más.
—¿Te doy una mano, Lothar? —ofreció con entusiasmo asesino el más ancho, quien reunió una inmensa cantidad de energía en su regordete brazo y golpeó el aire en un derroche de electricidad estática y viento que atizó también a Aimee, cuya cámara emitió solamente en franjas diagonales de gris, dejando de grabar.