Penylan I: Incógnito Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Étienne obvió su insolencia.

—Están a resguardo.

—¡¿Dónde?! —arremetió el hombretón nuevamente, enseñando unos afilados dientes amarillentos.

Sin perder la paciencia, pero determinado a no dejarse intimidar por esa troupe sin cobrar su precio, Étienne ladeó el rostro impávido.

—Primero lo primero. Quiero mi alma.

Su contacto rio con unas carcajadas cortas y desdeñosas.

—¿Te piensas que crecen en los árboles? ¿O que las podemos llevar en los bolsillos? Tendrás que esperar a que el Regente la adquiera para ti. Y no lo hará a menos que le muestres tu fidelidad entregándonoslas.

—Yo no le debo fidelidad a nadie. Soy libre —siseó él notando la leve mueca que el tercero de los hombres le dedicaba al sexteto de vampiros, quienes lo cercaron en un santiamén.

—Habla, o te harán algo muy feo —dijo en un falso acento cariñoso.

Étienne elevó las cejas en un gesto arrogante y eso bastó para que se le echaran encima. Pronto lo habían cogido.

—¿Me lo dirás? ¿O habré de torturarte? —a una señal, los largos colmillos de una vampira desgarraron la epidermis de Étienne—. Un solo guiño mío y ella te matará, su veneno quemará cada una de las vetustas células de tu organismo.

—¿Conque, no hay alternativa? —sonrió él aguantando el escozor de la ponzoña royéndole la herida—. Ya sabéis que están aquí. Buscadlas.

***

Permanecieron unos segundos tumbadas en el húmedo sótano sin apenas verse debido a la falta de luz.

Oían el ruido amortiguado de la tromba sobre el techo y el aire gélido que se colaba a través de algún resquicio.

Belle tanteó la pared en busca de un interruptor con el que encender la electricidad; no obstante, lo único que sus yemas tocaron fue una cascada de lluvia que se derramaba desde arriba.

Un rayo se filtró entre las corroídas tablas de la portezuela enseñándoles dónde se encontraban y de dónde provenía el agua.

—Parece que hay una salida —dijo Daphne al captar la silueta de la portezuela.

—Está un poco alto —observó Belle, a quien secundaron las otras.

—Daphne es la que pesa menos, podrías levantarla —sugirió Guiney entrelazando las manos con la intención de que la chica hiciera pie.

A pesar de los esfuerzos, había un objeto tintineante que impedía la apertura. Y Daphne se estaba empapando en el afán por forzar las hojas de endeble madera hacia fuera.

—Nos frena un simple candado, ¿podría ser más irónico? —se quejó Guiney—. ¿Te apetece destrozarlo, Belle?

—No me especializo en romper lo que no sea mi tobillo —se encogió de hombros aquella—. Si envío una ráfaga de aire nos volverá y nos hará más daño.

—Habrá que hacerlo a la vieja usanza —Guiney investigó por medio de su sexto sentido si había algún elemento que les sirviera para quebrar las tablas de la salida—. ¿Sería mucho pedir un hacha?

—La madera está hinchada, no será muy resistente —aclaró Daphne—. Imagino que con un mínimo de impulso… si le arrojamos cualquier cosa… se romperá.

—¿Planeas tirarle una bota de Belle? Porque por aquí no hay nada más —bromeó Guiney, quien únicamente había detectado los viejos colchones—. ¡Esperad! ¡Un ariete!

—Tú sí que flipas, ¿de dónde diablos sacamos un tronco o algo que se le parezca? —rio Belle.

—De aquí.

—Erm… no vemos nada, ¿recuerdas? —puntualizó Daphne.

—Enderecemos un colchón y golpeemos la puerta. Son viejos, de los de muelles; son resistentes.

—Ya, he percibido el pinchazo de uno de esos muelles en la espalda —coincidió Daphne agachándose cuidadosamente para levantar junto a sus amigas uno de los colchones.

—Pesa demasiado —jadeó Guiney.

—Tú has sido la de la brillante idea —aspiró Belle al incorporar el improvisado ariete.

—A la de tres —suspiró Daphne.

—¡Tres! —gritaron al unísono, incapaces de aguantar el peso. El colchón golpeó con inusitada potencia, las tablas crujieron y el candado osciló.

—A ver, vosotras levantadlo —propuso Belle acopiando el escaso aliento que le quedaba.

Repitieron la acción anterior con mucha menos energía y Belle detuvo el movimiento en el aire.

Las otras dos se alejaron a una indicación de esta, que se concentró en hacer que el colchón volviera a empujar la portezuela una y otra vez a tal velocidad que se perdía de vista.

Las astillas de la maltrecha madera caían al suelo acompañadas de un mayor caudal de agua.

Finalmente, la puerta estalló y el colchón salió despedido hacia el cielo ennegrecido de nubes.

—¡Hemos puesto el primer colchón en órbita! Toma esa, NASA —se emocionó Guiney usando la mano a modo de visera para seguir la trayectoria de su cohete casero.

Ella y Belle ayudaron a Daphne a emerger primero, aprisa por si el estruendo convocaba a su captor. Belle hincó la rodilla en tierra asistida por las otras dos y respiraron unos segundos antes de escapar.

A pesar de la lluvia, la noche estaba en calma.

Se lanzaron a franquear el jardín en busca de la salida, bajo truenos amenazadores.

—¡Ay, madre! —se frenó Guiney apretándose el pecho—. Están aquí, del otro lado de la mansión, los sanglent… Y Tom también ha estado…

—¿Qué hay ahí? —señaló Belle un bulto entre los árboles, al que se acercaron con recelo.

Yacía boca abajo, si bien no necesitaban darle la vuelta para reconocer a Étienne.

—¿Está muerto? —se asustó Belle echando miradas furtivas sobre el hombro, rogando que los sanglent no hubieran advertido su presencia todavía.

—Eso hace tiempo —dijo Guiney.

—Larguémonos de aquí —apremió Daphne, no muy dispuesta a conmiserarse de él.

Un rayo surcó las nubes iluminándoles la entrada de hierro abierta de par en par. Y las lágrimas en el rostro del vampiro.

—No tenía idea de que esta clase de seres lloraban —observó Belle, atenta a cualquier indicio de los enemigos.

—No les debería de ser posible —confirmó Daphne, ahora interesada.

—Daphne, por favor —suplicó Guiney en un susurro—, ¡léele la mente para saber por qué siento un recuerdo doloroso de Tom!

—No hay tiempo, Guiney. Ya lo verás al llegar a casa.

—No iremos a casa, Belle, nos largaremos —porfió ella—. Daphne… —imploró.

—Nos han pescado —gruñó Belle viendo a los tres enormes sanglent y la escolta de espigados vampiros, que bajaban los escalones de la entrada.

—Está bien —resolvió Daphne en ese instante colocando su blanca mano en la frente igual de marmórea de Étienne.

—¡Ahora no! —gritó Belle enfadada, pero la chica ya se había sumido en un profundo trance del que no despertaría a menos que ella misma lo deseara.

Belle y Guiney se situaron a los costados de Daphne y Étienne formando una exigua protección. No habría manera de vencer a esos sanglent únicamente con los poderes de ellas dos, ni aun sumando el de su amiga. No obstante, no podían huir ni hacer otra cosa que lo que determinaba su terrible destino.

—Habéis sido hábiles escapando. Probablemente vuestro raptor no ha obrado muy inteligentemente poniéndoos en una celda de poca monta —dijo el contacto, tras lo que los seis vampiros avanzaron en una danza hipnótica alineándose en un semicírculo de cara a las chicas.

—Entregadnos al Guía —impuso el otro sanglent—. O estos se encargarán de desollaros vivas.

—Vale, habrá que esforzarse; es algo tímido —presumió Guiney. No iba a morir sin al menos haber sido valiente.

—Tú lo has querido —escupió el último con un gesto de pocos amigos.

***

Aimee Rhys aparcó en las inmediaciones de la mansión y descendió de un salto, inmune a las gruesas y heladas gotas de lluvia que mojaban su pantalón de chándal rojo al caminar.

Llevaba la cámara DSLR bien protegida en una bolsa de plástico y una linterna a pilas con la que pretendía alumbrar la escena nocturna.

Se deslizó por la calle a la que daba la parte trasera de la mansión Crow cubriéndose con las enormes ramas de las plantas que sobresalían del enrejado.

Un sonido de explosión la alertó y encendió de inmediato la linterna y la cámara, grabándose a sí misma en un remedo de documental.

—Acabo de escuchar un ruido muy fuerte, posiblemente como el que hubo de oírse en el rescate de las jovencitas secuestradas —relató enfocando y dándole al zoom a toda su potencia para enseñar un plano corto del pedacito de mansión que se colaba a través de los matorrales.

Caminó procurando una mejor perspectiva que le aportara una escena más jugosa.

—Quiero averiguar qué ha producido el sonido… —reprodujo metiendo la mano libre entre los barrotes, cortando ramas bajas y haciendo un hueco desde el que vigilar. Entonces, la cámara encuadró a Hywel, White y Annwyl brotando de una especie de habitación subterránea.

—Como era de suponer, las tres chicas están relacionadas con esta estampida. ¿Por qué están en la mansión de Étienne Crow? ¿Las ha retenido él? Esa parece ser la respuesta. El acosador del norte de Gales no es ni más ni menos que el atildado Étienne Jean Gabriel Crow VI.