Capítulo 12 #2
Se estaba arreglando el cuello de la camisa cuando un tintineo de campanillas resonó en la casa.
Era tarde, aunque había posibilidades de que su mayordomo considerara el levantarse de la cama a atender a quienquiera que fuera, que seguramente no sería un repartidor de Amazon.
Se abalanzó hacia la entrada y se interpuso a los pasos de Jones indicándole que ya se encargaría él en persona de recibir al visitante.
—Es más, considero que se merece un descanso. ¿Por qué no se toma el fin de semana? —lo persuadió—. Entiendo que es casi medianoche. Es que no creo que vaya a requerir sus servicios.
La campanilla retumbó varias veces, luego golpearon a la puerta con insistencia.
—¿Esperaba invitados? ¿Debo preparar algo? —inquirió Jones solícito.
—No, no. Yo me encargo, usted vaya a dormir.
Cuando al fin logró sacárselo de encima, Étienne abrió componiendo su peor gesto avinagrado.
—¡¿Dónde están?! —gritó Tom lanzándose sobre él.
Sin perder el aplomo, Étienne se desenganchó las manos que le aferraban la vestimenta.
—No comprendo de qué me hablas, Woods.
—Mira, sé muy bien que las has raptado tú y que las estás escondiendo en alguna parte, ¡ahora, dímelo! —lo empujó Tom y aquel no se inmutó—. Odio tu maldita cara de cínico, ¡te estoy hablando!
Étienne resopló.
—Ya veo qué clase de hospitalidad brindan en Penylan a los extranjeros.
—Te lo advierto, Étienne —dijo Tom con ira contenida—, o me dices dónde las retienes o indagaré yo mismo… y me traeré a la policía.
—Creía que la policía actuaba cuando había pruebas, de lo contrario sería una acusación infundada —respondió él cruzándose de brazos, en una falsa actitud pasiva.
—Yo también me guardo unos trucos… ¿sabías que el abuelo de Guiney era el jefe de detectives de esta zona? Ante una suposición de ese hombre, el departamento entero se revolvería en un tris —sonrió recurriendo a las mismas tácticas que Étienne.
—Eso si estuviera implicado en los hechos que me imputas, Woods —remarcó el apellido, dándole a entender que no le agradaba que empleara su nombre de pila.
—¿Qué pasa, Crow , es que tienes algo que temer? ¿Te molestaría que revisara tu casa de arriba abajo?
—Eso ya lo hicieron tus amigas y no hallaron nada, lo cual era de esperar. Te ruego que te retires.
Étienne le señaló la ruta por la que había venido. Los sanglent no tardarían en llegar y no le convenía que los viera. Tampoco Woods le resultaba tan desagradable como para desear que los sanglent lo asesinaran.
—Tú lo has querido —amenazó Tom sacando el móvil del bolsillo del vaquero al tiempo que salía al jardín, en el que descargaba la tormenta.
Aguardó a que respondieran los servicios de emergencias bajo la atenta mirada de Étienne, que veía que el chico se adentraba en el patio y se acercaba a la entrada del sótano.
—¿Te vas ir de una vez de aquí? —lo increpó con un atisbo de temor.
No era probable que sospechara que las chicas estaban allí abajo y menos que consiguiera romper el candado, pero estaba llamando a la policía, y si ellos oían algo raro enviarían a una patrulla de inmediato… con una orden de registro.
—Hola, mi nombre es Thomas Woods, quiero poner una denuncia —sonrió triunfal degustando el brillo de crispación y el instante de duda en el semblante de Étienne.
—Por favor, déjalo. No quiero dar lugar a escándalos, ya bastante preocupante es que todo Penylan crea que los Crow somos una especie de familia siniestra —quiso parecer inquieto.
—Sí, señora; espero.
Tom ya se encontraba a pocos pasos de la portilla, pronto se la chocaría y el grueso candado le haría darse cuenta. Étienne cerró los ojos brevemente, arrepentido de lo que vendría a continuación.
—¿Qué es esto?
Tom se acuclillaba junto al enorme candado, al que sujetó.
Probó quitarlo de las anillas de hierro de la vieja portezuela.
Estaba a punto de girarse hacia Étienne cuando este lo lanzó contra un árbol enviándolo a unos cuantos metros.
El móvil voló por los aires y Étienne lo cogió, convirtiéndolo en pedazos con solo apretarlo entre sus manos.
—Siento que esto acabe así. Seguramente en otras circunstancias me habrías caído muy bien —se excusó Étienne yendo hacia el chico, creyendo que estaría inconsciente.
No obstante, Tom aún se movía.
—Eres más resistente de lo que uno pensaría a simple vista.
No es conveniente que vayas a ninguna parte.
No es conveniente para mí —Étienne le pisó la pierna derecha, que crujió quebrándose en dos, causando que Tom lanzara un terrible estertor de dolor que desgarró el sonido cadencioso de la lluvia.
Tom respiró ahogado y gimió apoyándose en el tronco, en un desesperado intento por defenderse. ¿De dónde provenía la fuerza descomunal de ese individuo?
Entonces recordó las manchas de sangre en la habitación de Guiney y vislumbró al resplandor de un rayo que murió en el campo la sutil marca de una gota roja en su blanco cuello.
Todo cobró sentido en los segundos previos a perderlo nuevamente cuando Étienne le partió el brazo izquierdo y su cerebro dejó de funcionar para evitarle el sufrimiento.
Al notar que finalmente se había deshecho de él, el vampiro cargó el cuerpo roto de Tom y atravesó los jardines rumbo al cementerio.
Vadeó las lápidas lavadas por la lluvia y ennegrecidas de barro buscando una tumba inconclusa en la que depositarlo.
Localizó lo que buscaba y arrojó a Tom como si fuera un desperdicio humano, entre el lodo y la podredumbre.
Otro rayo encendió el cielo unos instantes, durante los cuales Étienne se aseguró de que le resultaría imposible escapar de allí.
La lluvia limpiaría cualquier rastro de él, sería complicado culparlo de su muerte…
el asesinato de Tammy, Dolly y Ginger le había dado la idea, iban a pensar que era una nueva víctima del acosador.
Además, cuando encontraran a Woods, él ya se habría marchado de la mansión.
Desanduvo el camino con los músculos aún tensos por la pelea, temiendo que Jones hubiera oído el aullido; ya había debido cometer demasiados delitos en un corto lapso y no deseaba hacerle a su mayordomo lo mismo que al amigo de Guinevere.
Se arrellanó en uno de los sofás de la enorme sala en plena oscuridad, apenas iluminada por los rayos azul eléctrico, con los dedos cruzados. Jones asomó en el corredor.
—Si me permite, señor, me parece que su propuesta de tomarme el fin de semana es muy aprovechable. Hace bastante que quiero ir a ver a mi hermana a Swansea. Si salgo ahora, llegaría bien pronto por la mañana.
—De acuerdo —asintió aquel sin cambiar de expresión.
—¿Podrá arreglárselas sin mí? —Jones le echó un vistazo, preocupado.
—Podré.
—He oído… un grito, señor. ¿Ha sido usted? —vaciló Jones asiendo la maleta y colocándose un anticuado sombrero.
—No. Nuestro inesperado vecino se indignó cuando le dije que no compraría ninguno de sus peines imaginarios —mintió hábilmente Étienne.
—Muy bien —se contentó el mayordomo, dedicándole una breve reverencia y dirigiéndose a la salida.
Al fin lo dejaban solo.
Los truenos retumbaban estremeciendo la noche, las gruesas gotas repiqueteaban contra los cristales como miles de puños enfurecidos que pugnaran por entrar en la estancia en la que el vampiro reposaba inmóvil meditando, aborreciéndose a sí mismo, a la persona en la que se había convertido.
Su corazón, que ya no guardaba la costumbre de latir, se había tornado finalmente de piedra.
Dañaba a la escasa gente que lo había hecho parte de su grupo por primera vez en muchos años, quizás en toda su larga existencia.
¿Valía la pena aquello para conseguir un alma, para volver a ser mortal?
Las campanillas sonaron en la casa nuevamente. Parecía que se hubieran propuesto no permitirle reposar.
Se levantó con un gruñido maldiciendo interiormente a Jones por haber vuelto y avanzó hacia la puerta.
A los pocos metros percibió la presencia de unos personajes indeseados que en nada se asemejaban a su dedicado y no muy astuto mayordomo: sus socios se presentaban antes de lo que él hubiera previsto.
Los rostros mojados y serios de tres hombres, secundados por otros seis que se mantenían a prudente distancia, fueron lo que Étienne distinguió al arrimarse a la mirilla.
Trabó la mandíbula en un espasmo de terror.
De todos modos, estaba seguro de que si no les daba la bienvenida limpiarían el suelo con él.
—¿No nos harás pasar, Crow? —subrayó en un tono de suficiencia el que era su contacto telefónico. Étienne se apartó y aquellos camparon a sus anchas en la sala, prescindiendo de los seis sanglent restantes.
—¿Y ellos? —observó Étienne
—No les hace falta.
—Ya veo —comprendió él al olisquear el aire fresco y sentir el aroma que despedían los vampiros que sellaban el pacto, mucho más fuertes, sanguinarios y faltos de humanidad que los de su clase. De inmediato, intuyó que estaba en grandes aprietos.
—No os esperaba tan pronto.
—Ha habido excesivos fracasos en este tema y ya hay suficientes problemas en otros frentes. Los inmundos aiglent han impedido la apertura de la Dimensión de la Sombra, aunque con más bajas que las nuestras, afortunadamente —informó su contacto.
—Destruir al Clan de Aiglent sería muy beneficioso en esta coyuntura.
Si pierden al Guía, estarán en una mala posición —reconoció Étienne, a quien la perspectiva de vivir en un mundo gobernado por las tinieblas comenzaba a sonarle horrible.
Nunca habría creído que la balanza se inclinase a favor del clan de los sanglent; bajo ese estado de las cosas, su pequeña traición se tornaba enorme.
—El Clan del Tiempo ansía el final de esas tres mujeres tanto como nosotros —dijo otro.
—¿Se han sumado a vosotros? —se inquietó Étienne—. Tenía entendido que no intervenían, que su premisa era no interferir en el decurso de la Historia y por esta razón odiaban a la controladora del tiempo, por manipular…
—¿Dónde las escondes? —rumió el más grueso de los tres, quien se había mantenido callado.