Capítulo 12
Intereses
Tom miraba las gotas que repicaban contra el cristal en un juego de colores y caían dentro del cuarto, mojándole las zapatillas. Durante medio minuto la mente se le quedó en blanco, y en el medio restante pensó en un millón de cosas a la vez sin sacarle sentido a nada.
La gata de Guiney maulló a su lado, como llamando a su dueña perdida, y saltó a la cama dedicándole un manifiesto gesto inculpador al chico, que le acarició las orejas.
—La traeré de vuelta, lo prometo —se levantó él con más brío que ideas claras y salió a la calle corriendo.
Se detuvo junto al poste del alumbrado, empapándose de arriba abajo, dudando.
Hasta que se determinó a ir a la casa de Belle, consciente de que las estaban secuestrando por turnos y de que había una posibilidad de atrapar al autor antes de que fuera tarde.
Subió al coche y arrancó sacudiéndose el agua que le chorreaba de los cabellos color almendra. Condujo sin respetar los semáforos ni los pasos peatonales, aunque de todas formas no andaba nadie a esas horas y que le quitaran el carnet no era una de sus preocupaciones en ese momento.
Las conversaciones se amontonaban en su cabeza, los nombres, las suposiciones, los lugares que solían frecuentar, la impotencia de no haberla podido cuidar bien.
Eran buenos, eran condenadamente buenos, Guiney no había tenido oportunidad ni de sentirlos…
sus auras no… ellos no habían hecho ruido…
ella había notado algo en el jardín trasero…
sin embargo, no estaba segura… o fueron muy rápidos, o sus auras no eran perceptibles…
Guiney le había explicado que todo el mundo poseía una, si bien la suya era extraña, y la de Crow…
Frenó haciendo chirriar las llantas sobre el pavimento mojado, justo frente al hogar de los Annwyl.
Dio un portazo y pasó por delante de los faros, que emitían guiños de espera.
Cruzó el caminito de grava en dos trancos y rodeó el parterre de flores embarradas situándose debajo de la ventana a oscuras de Belle, que también estaba abierta.
Tom arrugó el entrecejo y abrió los ojos respirando aire con fuerza. Marcó el número de la chica, previendo el desenlace. La melodía sonó sin que nadie respondiera, la oía desde allí abajo. El viento agitó las cortinas llevándoselas fuera del cuarto.
Regresó a su coche más calado, si cabía esa posibilidad, y posó la frente sobre el volante, bañándolo de lluvia. Echó la cabeza hacia atrás y ahogó un sollozo al quitar el punto muerto y darle a la primera marcha con dirección a la mansión de los Crow.
***
Guiney se sentó en el tronco congelado al lado de Daphne, entornando la mirada.
Las habían derrotado por su culpa. En teoría, una del trío debía permanecer viva con el fin de transmitir los poderes a la siguiente generación y ella no había consumado su cometido.
Lo extraño era que no sentía que hubiera fallecido todavía, a pesar de recordar el dolor y la sangre empapando el suelo.
Tampoco el sitio en el que estaban se asemejaba a la imagen que se había creado del Cielo.
—¿Dónde estamos?
—En auralandia —respondió Daphne empleando un tono agudo.
—Me gustaría que fuera Disneylandia —acotó Belle con la vista perdida—, pero no veo a Mickey Mouse por ningún lado…
—Es como tenía que ser… íbamos impelidas por la necesidad de supervivencia, sin alternativa; nos confiamos y así terminamos.
Pobre Tom… —hipó Guiney— debe de estar pasándolo muy mal…
Espera, ¿has dicho auralandia? —reaccionó de pronto apartando la autocompasión—.
A ver, si nuestras auras están aquí, eso quiere decir que nuestros cuerpos aún están vivos, por lo que podremos reintegrarnos a ellos.
—Ya lo hemos probado todo… —informó Belle—. Y continuamos igual de atrapadas.
—Ahhhh, os faltaba la chica de las auras —sonrió ella con los ánimos renovados—. A la carga.
—¿Qué te propones? —interrogó Daphne advirtiendo que su amiga se internaba entre los árboles despejando un sendero.
—Estoy buscando una frontera… Sabéis, me da que este bosque no es más que una ilusión, un pequeño plano de la existencia en el que únicamente estamos nosotras, y una ilusión no puede crear un mundo alternativo completo.
Hay que hallar la ruta de vuelta a nuestro plano habitual.
¿Alguna vez os hablé de los diferentes planos de la energía?
—¿Dónde aprendiste eso? —receló Belle con una risita, yendo tras ella.
—Recuerdos adquiridos de Cinnamon, y quizás de muchas otras predecesoras. Se supone que en el universo hay infinidad de dimensiones y que los humanos conectamos nuestra energía vital, el aura, con los otros planos y con el mundo que nos rodea.
—También está la conexión temporal —ilustró Belle—. El tiempo es la amalgama que mantiene a esas dimensiones unidas, es la ley que me permite manipular los acontecimientos.
—La psique humana se mueve entre algunos de esos planos —agregó Daphne, titubeante, sin entender por qué había afirmado cosas que hasta hacía cinco segundos desconocía.
—¡Exacto! Eso quiere decir que si nos unimos encontraremos el punto de sutura, romperemos la cadena que lo une a los otros planos y trasladaremos nuestras psiques de vuelta a casa, y a nuestras auras con ella.
—Lo ves demasiado fácil —renegó Belle.
—Sabes perfectamente que psique y aura no son lo mismo —aleccionó Daphne.
—No volvamos a enzarzarnos en discusiones terminológicas, Dawn —soltó Guiney con ansiedad.
—¿Dawn? —la miró Belle de hito en hito, parando la procesión en la nieve.
—Ha sido un lapsus.
—Nuestras psiques están uniéndose a las de las predecesoras —remarcó Daphne igual de asombrada—. Incluso más que cuando recibimos los dones.
—Los confines estarán cerca y pronto toparemos con un plano distinto.
Una luz brillante las cegó al dejar atrás el último círculo de árboles. Delante, una vasta extensión de hielo y montañas blancas.
—¿Decías? —exclamó Belle mordaz.
—¿Será que nuestras psiques se están integrando a las de ellas porque se preparan para la siguiente generación…
porque estamos muriendo? Las psiques mueren con las personas; las auras perduran en los planos.
¿Cómo podrían estar relacionados los recuerdos de ellas y el límite de esta dimensión?
—retrucó Daphne, patinando ligeramente en la cristalina superficie del hielo.
La respuesta le sobrevino de una manera inesperada. A través de la gruesa capa congelada vio los espíritus aprisionados en un sueño eterno de tres mujeres de alrededor de cuarenta años, vestidas con albas túnicas de diminutas rosas bordadas.
Se arrodillaron a contemplar sus rostros detenidamente, aunque no había dudas de que se trataba de Dawn, Cassandra y Cinnamon.
A las dos primeras nunca las habían conocido en persona, pero era como si compartieran una parte de sus almas con ellas.
Cassandra era alta, tenía la cara redonda llena de pecas y un largo cabello ensortijado negro azabache que resaltaba unos cautivadores ojos color lavanda.
Dawn, en cambio, era muy menuda, su suave piel oscura contrastaba con los gruesos labios rojos que exhibían una sonrisa beatífica.
—¿Qué es esto? —chilló Belle, horrorizada.
—Ellas no lograron salir.
—Todavía no —reveló Guiney posando su mano en el frío hielo, cerca del corazón de Cinnamon—. Aparentemente, este es un plano de curación en el que las psiques de las miembro del trío son retenidas para preservación de la sabiduría acumulada por ellas durante siglos.
—De esta manera, los saberes se transmiten de generación en generación, porque están ligadas —explicó Daphne, si bien no se hacía necesario porque las tres eran partícipes de esa misma disertación en sus mentes.
—Nuestras psiques, junto con nuestras auras, han acabado aquí como medida preventiva, por si pasábamos al otro lado.
En nuestro caso, dado que eso no ha ocurrido todavía, nos movemos libremente.
En cambio, ellas aguardan como si fuesen unos espectros estancados —asintió Belle irguiéndose y echándose aliento a las manos entumecidas.
Daphne exhaló formando nubecitas y Guiney se sacudió un poco de nieve de la ropa. Una inspiración repentina agitó a Belle.
—¡Nos congelaremos! ¡Si nos convertimos en témpanos, entonces habremos muerto!
—Mierda, estás en lo cierto —concordó Guiney con naturalidad.
—Esperaba una reacción más dramática, la verdad —agitó la cabeza Belle.
—Pongámonos en marcha —las urgió Daphne—. Belle ha de hallar la vía a través de los planos, tú y yo tendremos que concentrarnos en que nuestras auras y psiques traspasen las dimensiones hasta casa.
Se cogieron de las manos formando una ronda y dedicaron su empeño a abandonar ese lugar horrible al que aspiraban no retornar nunca más, al menos hasta que les tocara verdaderamente el turno.
Juntas, el poder se multiplicaba; sentían los dones de las otras fluyendo en sus venas, ciñéndolas.
Belle levantó la vista hacia el cielo encapotado escudriñando por si había una fisura.
Las nubes se apartaron y un jirón de espacio azul marino se fue tornando cada vez más grande, hasta que una explosión de añil desbarató la luminosidad gris y las tres traspasaron el umbral.
Se abatieron sobre sus cuerpos, que rebotaron contra los colchones. Abrieron los ojos entre dolores y mareos terribles que las obligaron a permanecer reclinadas unos minutos.
—¿Cuánto tiempo habremos estado fuera? —se preguntó rápidamente Guiney.
—Tiraré esa puerta abajo ahora mismo —anunció Belle elevando el puño en una fanfarronada—. O en un rato.
—¿Por qué siempre terminamos agotadas? —dijo Daphne—. Me apuntaré a un gimnasio o algo.
—Algo —contestaron las otras dos al unísono.
—Sí, con lo buenas que somos para los deportes…
***
Étienne estudió su reflejo en el alto y antiguo espejo oval de sus aposentos, revisando que no hubiera quedado ningún indicio de sangre que hubiera pasado por alto después de cambiarse la ropa. No era cuestión de dar malas impresiones a Jones.