Capítulo 11 #3
Solo obtuvo como respuesta una risa baja y el tacto de una mano helada que le tapó la boca impidiéndole gritar.
Lo siguiente fue un dolor agudo en la garganta, su propia sangre derramándose en el cuello de la camisa y el olor acre del veneno que se esparcía en su torrente sanguíneo.
El mundo se sumergió en una niebla oscura y los párpados se derrumbaron.
Étienne cargó el cuerpo de Guiney y saltó limpiamente a través de la ventana abierta, sin ningún sonido delator. Guiney se fundió en la neblina hasta que esta se fue dispersando en volutas.
—Bienvenida —la saludó Daphne, apoltronada en un tronco petrificado, con cara de fastidio
—Ya estamos las tres. Nos han vencido —resopló Belle a su lado apoyando la barbilla en la palma derecha.
***
Aimee esperó en la esquina de Noble & Probyn con el motor en marcha.
No pensaba darle lugar a Chris Meilyr a que se entrometiera en sus pesquisas, él no se sometía a plazos que cumplir ni su trabajo pendía de un hilo.
Ni tan solo ejercía una ocupación verdadera más que reunir a un puñado de amantes de lo escabroso y paranormal en un canalsucho de cincuenta mil seguidores que discutía información de dudosa autenticidad.
La niña esa, la amiga de Daphne, lo había desenmascarado y quizás fuera una de las razones que conducían a Chris a detestarla lo bastante para pasarle datos a ella.
Oteó la hora en la pantalla del móvil, que iluminó de color salmón la cabina.
Ya eran las 09:02 PM y su chivato no se presentaba, detestaba que la hicieran esperar.
Se arrellanó en el asiento en busca de calor, pues la lluvia que arreciaba traía consigo un viento poco veraniego.
Alguien golpeó la ventanilla despertándola de la cabezadita y, sobresaltada, presionó el botón, que la bajó en un ruido de succión.
La cara lechosa de barba rubia del youtuber la recibió.
—Señorita Rhys, soy Chris Meilyr. Disculpe la demora, he estado atendiendo una llamada de Robert Gideon —deslizó él en una media sonrisa.
—Sí, lo imagino —respondió Aimee con su mayor frialdad. «Y tú también».
—Ermmm… —titubeó Chris—. Está lloviendo, ¿le importaría que nos resguardáramos bajo el saliente del local?
—señaló estremeciéndose levemente y la reportera desmontó de su confortable Ford—.
He visto el programa esta noche y he notado que ha elaborado una teoría muy convincente acerca de las actividades de estas tres chicas, cuyos nombres no ha desvelado.
—Solo conozco el de una de ellas —admitió—. No obstante, recuerdo bien sus apodos —añadió salvaguardando su orgullo de periodista.
—Son Daphne Hywel-Loraine, Belle Annwyl y Guinevere White —listó él—. Me dediqué a investigarlas cuando fueron a una de nuestras reuniones afirmando ser seguidoras.
—¿Qué buscaban allí?
—Habíamos ido a contactar a los espíritus de Ginger Hayes, Tammy Stevens y Dolly Benson.
—Un momento, ¿dices que estuvisteis en el cementerio en una sesión de espiritismo? —quiso corroborar Aimee, escéptica.
—Eso intentábamos, pero Hywel, Annwyl y White nos lo arruinaron todo —Chris guardó las manos en los bolsillos y miró de soslayo.
—¿Cómo? ¿Cómo demonios se arruina eso y por qué demonios afirmas que fueron ellas? —se precipitó Aimee.
—Debido a sus energías negativas. Los fantasmas surgieron causando una manifestación ectoplásmica que las rodeó y se esfumó.
A partir de allí, ni con la Spirit Box conseguimos un contacto.
Por eso me propuse vigilarlas y desentrañar qué hacían ese día allí realmente.
¿Le gustaría enterarse de qué es lo que conseguí?
—sonrió Chris acercando la cara de ojos desorbitados.
—Dímelo —ordenó Aimee hipnotizada por la historia, persuadida de que destaparía una vendetta o algo similar.
—Primero lo primero. Cuénteme qué es lo que discutió con ellas el día en que los secuestradores aparecieron muertos en sus celdas. Un trato es un trato.
—¿Por qué te interesa? —se escudó Aimee sondeando cuál sería la clave de esa conversación para que él la anhelara, si era factible usarla a su favor debía guardársela.
—Si me lo dice, entonces el resto de lo que le revele cobrará sentido —captó la treta Chris, que como negociador era igual de cauto que ella.
Aimee se cruzó de brazos.
—Las invité a que vinieran a mi programa… oferta que declinaron.
—¿Y eso fue antes o después de que Robert Gideon recibiera esa llamada de la policía? —deslizó él.
—Antes… Hey, ¿cómo es que estás al corriente de esa llamada?
—Simple. Porque cuando usted iba detrás de Gideon, Daphne Hywel y sus amigas se marchaban del local y pasaban justo por donde yo me había escondido. Ellas ya estaban al tanto de la noticia. Daphne le leyó la mente a ese hombre —reveló Chris aportando un brillo insano a la mirada.
—¿Qué tonterías son esas? —chistó Aimee—. ¿Me has hecho venir aquí para decirme esa idiotez sin sentido? Te arrepentirás de esto —emprendió la retirada, mas Chris la retuvo por el hombro.
—Señorita Rhys, comprendo que considere más plausible que esas estén metidas en una banda de narcotraficantes o de terroristas, pero lo cierto es que poseen poderes sobrenaturales…
y lo peor no es eso. Los tipos que se suicidaron seguramente eran como ellas.
Usted está en lo correcto al aseverar que hay una venganza de por medio y que ellas han sido las culpables de las calamidades que atravesamos.
—¿Te piensas que la gente va a tragarse eso? —se liberó Aimee, que volvió a la protección del techo.
—Le digo que hay una organización detrás de esto, que ellas no son otra cosa que la punta de un ovillo que hay que desenmarañar. Sería la exclusiva de su carrera —intentó convencerla.
—¿Qué ganarías tú con ello? —enfatizó Aimee.
—Los youtubers vivimos de la publicidad… cuantas más visitas reciba, mayor será la inversión de los anunciantes. Le propongo compartir la investigación… y sus beneficios.
—Entiendes mucho más de lo que aparentas —entrecerró los ojos ella, pensando que, a pesar de todo, quizás había en el fondo algo realmente interesante—. De acuerdo. Mañana a las seis nos reuniremos en Stardust a comparar notas —mandó Aimee encaminándose hacia su cálido coche.
—¿A las seis? —se quejó Chris.
—Si quieres mi público, tendrás que hacerlo a mi manera —advirtió ella dando un portazo.
Unos minutos más tarde, Aimee aguardaba a que el semáforo de la calle principal cambiara a verde con los limpiaparabrisas a plena potencia.
Apretó el acelerador y derrapó un trecho al dar la vuelta por donde había venido.
No iría a su casa todavía, era preciso no malgastar el tiempo, regresar a la redacción a buscar el material que archivaba.
Presionó el interruptor de la lámpara y hurgueteó en los cajones de su mesa, de los que extrajo decenas de actas policiales del caso del acosador y kilos de transcripciones de entrevistas. Su vieja agenda de fuentes rebosaba papeles agregados por doquier con nombres, direcciones y teléfonos.
Sacó un manojo de llaves de un portalápices en forma de rana y se encaminó al archivo.
Puso en funcionamiento el ordenador en el que se mantenían a buen recaudo las grabaciones digitales.
A continuación, envió a través de intranet a su portátil las noticias y reportajes que habían realizado ella o sus colaboradores.
Dejó la estancia como estaba al principio, salió del edificio llevándose la información en un gran bolso que depositó en el asiento del acompañante de su Ford y condujo hasta su apartamento.
Una vez allí, dispersó el material sobre la mesa de la sala-comedor, ordenándolo de manera cronológica.
Quitó una pizarra blanca de la pared de su pequeño estudio y la dispuso entre dos sillas.
Fue leyendo los informes y rebobinando los vídeos, adaptándose a la pauta temporal que se había marcado, y bosquejó unos cuantos esquemas en la pizarra de los conceptos.
Estaba en un callejón sin salida.
Bebió una coca cola light de un sorbo y arrojó la lata contra la pared, llena de frustración.
Tendría que volver al principio, esta vez aislando la información que resultaba dudosa, ciñéndose a lo que no eran simples testimonios de avistamientos, sino a los hechos comprobados por la policía.
Borró lo que había escrito recomenzando de memoria y se encontró a sí misma escribiendo sin parar.
Luego de un cuarto de hora de frenética actividad neuronal se paró a contemplar su obra de arte de flechas y palabras clave.
El asunto había iniciado con la denuncia de una chica en junio que aseveraba que una persona, cuyo rostro era incapaz de describir, la había dejado inconsciente en medio de la calle al salir del trabajo.
El atacante le había producido una herida de escasa consideración en el codo.
Este patrón se había repetido en varias ocasiones, siempre en víctimas femeninas.
Le habían llegado rumores de chicos y ancianos, aunque no constaban denuncias.
Esto indicaba que, fuera quien fuese el culpable, si era una sola persona, correspondía al perfil de agresor masculino.
Lo que lo convertía en un caso extraño era que el agresor no demostrara el habitual deseo de destruir a la víctima, que era lo que esos delincuentes suelen pretender.
Y, si hubieran sido varios los implicados, se trataría de una organización bien aceitada cuyo fin debía de ser ganar algún beneficio.
Las pruebas de laboratorio no probaban la presencia del supuesto narcótico que las afectadas aseveraban que les inyectaba su atacante, lo que hacía suponer que fuera un veneno que el organismo metabolizaba bien.
¿Las narcotizaban con el propósito de obtener algo que los laboratorios pasaban por alto o estaban probando una sustancia en mujeres al azar?
Si los cinco individuos aquellos eran los culpables, ¿por qué exponerse y cambiar de táctica secuestrando y asesinando niñas? Eso no les convenía en absoluto.